¿Rivalidad o complejo de inferioridad?
JUAN MENDIETA*
Es ya un lugar común la afirmación de que la selección argentina de fútbol «se dejó empatar» o jugó a media máquina permitiendo de ese modo un resultado no natural y la obtención de un miserable punto que nos permite abrigar la esperanza de ganar a Australia y lograr la tan ansiada clasificación para el Mundial nipocoreano. También hay que agradecer a Dios –Ãl no quiere cosas chanchas– que a pesar del notorio arreglo entre Colombia y Paraguay, los colombianos no pudieron llegar al quinto gol que nos habría eliminado irremediablemente.
Creo que la performance de nuestra selección a lo largo de toda la eliminatoria fue lo suficientemente pobre como para no hacernos acreedores a un lugar en el próximo Mundial, pero el hinchismo es más fuerte, y debo reconocer que en cada partido que jugó la Celeste, grité los pocos goles, festejé los triunfos (cosa que no pude hacer con demasiada frecuencia) y sufrí con las derrotas.
Todavía nos quedan algunas horas de angustia e incertidumbre hasta el 25 de noviembre, fecha en que se jugará el último y definitivo partido. Inevitablemente recuerdo aquellos exámenes en que uno había patinado como chorizo en fuente de loza, y le hacían un ‘segundo llamado’, un último recurso para no bocharlo que solía consistir en una única pregunta, una especie de penal que, si lo atajabas, salvabas, y si no, marchabas. Este intento de clasificación jugando contra la selección australiana se parece demasiado a esa instancia de evaluación estudiantil. Ahora, eso sí: si salvamos el examen, salvamos raspando o, para emplear una expresión telúrica, en el anca de un piojo.
Pero estos temas los dejo para los colegas de la sección Deportes, que saben mucho más que yo, un simple aficionado sin condiciones para jugar al fútbol ni credenciales para opinar sobre él.
Lo que me ha llamado la atención es cómo a raíz de la ayudita de Verón, Ortega y otros, la vieja rivalidad entre orientales y argentinos –y hasta la inquina que los uruguayos les tenemos a los argentinos en general y a los porteños en particular– se borró de golpe, y los jugadores albicelestes pasaron, sin solución de continuidad, de ser la última mugre a ser los hermanos argentinos.
En esa rivalidad mucho tiene que ver probablemente la vieja lucha de puertos de la época colonial; y también los enfrentamientos entre el Jefe de los Orientales y el Directorio bonaerense. Tal como se nos enseñaba la historia en la escuela, Uruguay había tenido varios enemigos: los españoles, conquistadores colonizadores opresores, los portugueses invasores dominadores convertidos en brasileños después del Grito de Ipiranga, y los porteños enemigos de Artigas. ¡Como para no tenerles bronca!
Después que los ingleses trajeron la novedad del fútbol al Río de la Plata, introdujeron sin proponérselo un nuevo elemento para abonar la rivalidad. Pero en realidad, entre el lugar de nacimiento de Gardel, el origen del tango, la nacionalidad de Florencio Sánchez, Horacio Ferrer, Quiroga y Leguisamo, ya hay suficientes elementos irritativos. Claro que a todo eso se suma una forma de ser, un cierto estilo porteño, en el que prima una inocultable soberbia y que provoca un rechazo casi visceral. En definitiva, lo que se critica a los porteños es su falta de humildad, su engreimiento; ser agrandados en una palabra.
Pero a poco que uno se pone a analizar la cosa, advierte –aunque le cueste reconocerlo– que motivos no les faltan. ¿O no es cierto que cada vez que podemos cruzamos el charco para disfrutar de todo lo que nos ofrece esa espléndida ciudad que es Buenos Aires?
¿Será el complejo de enano, de país insignificante? Muchas veces me pregunto si en el fondo de todo no habrá envidia. Para mí que esa tirria que les tenemos es porque no le perdonamos al gobierno argentino que haya cedido a las presiones de la corona inglesa permitiendo que Lord Ponsonby se saliera con la suya.
Que nos haya abandonado, que haya renunciado a mantener la Provincia Oriental como parte integrante de la Confederación; que se haya producido nada menos que una secesión sólo querida por Inglaterra. Porque por más autonomista que haya sido Artigas, por más levantiscos que hayan sido los orientales de principios del siglo XIX, por más que se haya combatido el centralismo porteño, nadie soñaba con hacer de la provincia un país independiente como pueden quererlo hoy los separatistas vascos, por ejemplo. Mucho criticamos a los argentinos, nos burlamos de ellos y los denostamos. Sin embargo copiamos conductas y vocabulario propios de la vecina orilla. Ya el término botija tan entrañable y exclusivamente uruguayo, ha sido desplazado por el porteño pibe; y si oímos a alguien referirse a un chiquilín con esa palabra, seguro que es un veterano, porque los botijas uruguayos de hoy definitivamente no la usan más. No sería de extrañar que dentro de poco tiempo todos dijéramos lolas en vez de tetas, para referirnos a los senos.
Del mismo modo, muchos comunicadores televisivos incorporan hábitos y tics porteños.
Y ni qué hablar del embelesamiento con la farándula y otras cholulerías de dudoso gusto. ¿No es esto contradictorio con la bronca que decimos tenerles?
Así vamos, con nuestro complejo de inferioridad a cuestas, tratando de disfrazarlo con atributos como la supuesta garra merced a la cual logramos los laureles sobre los que aún dormimos como lirones.
Vamos a dejarnos de pavadas, a asumir nuestro provincianismo y reconocer los reales valores de los argentinos. *
*Periodista de LA REPUBLICA
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