Crónicas terrícolas

Entre Ray Bradbury y el presidente Batlle

RAFAEL SANSEVIERO (*)

 

Puede… a menos que uno abra, como hice yo, sin preocuparme por página ni índice, las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, y aterrice en lo que sigue: «Los hombres de la Tierra llegaron a Marte. Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados, porque se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como los Peregrinos. Cada uno de ellos tenía una razón diferente. Dejaban mujeres odiosas, trabajos odiosos o ciudades odiosas; venían para encontrar algo, dejar algo o conseguir algo; para desenterrar algo, enterrar algo o abandonar algo. Venían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños. El dedo del gobierno indicaba desde carteles de cuatro colores, en innumerables ciudades: ¡Hay trabajo para usted en el cielo! ¡Visite Marte! Y los hombres se lanzaban al espacio. Al principio sólo unos pocos, unas docenas, porque casi todos se sentían enfermos aun antes de que el cohete dejara la Tierra. Enfermaban de soledad, porque cuando uno ve que su casa se reduce al tamaño de un puño, de una nuez, de una cabeza de alfiler, y luego desaparece detrás de una estela de fuego, uno siente que no ha nacido nunca, que no hay ciudades, que no está en ninguna parte, y sólo hay espacio alrededor, sin nada familiar, sólo hombres extraños» (…) «… cuando los Estados Unidos son sólo una isla envuelta en nieblas y todo el planeta parece una pelota embarrada lanzada a lo lejos, entonces uno se siente verdaderamente solo, errando por las llanuras del espacio, en busca de un mundo que es imposible imaginar». Según la editorial (Minotauro) la primera edición data de 1955, y Jorge Luis Borges dice, en el Prólogo, haber leído el libro un año antes (1954).

Evidentemente en el mundo mental de Bradbury, en 1954, sólo a los hombres estaba reservada la angustia y la osadía de la expedición, y sólo a las mujeres ser odiosas; dejo constancia y sigo adelante.

No se cuántos com/planetarios sentirán que esta crónica parece escrita desde sentimientos muy actuales. Por lo menos los nacidos en el entorno de los años en que fue escrita, difícilmente encuentren palabras más elocuentes para representar una vigorosa sensación de ajenidad con respecto a los acontecimientos en los que todos estamos abismados. «… cuando uno ve que su casa se reduce al tamaño de un puño, de una nuez, de una cabeza de alfiler… (…) … uno siente que no ha nacido nunca, que no hay ciudades, que no está en ninguna parte, y sólo hay espacio alrededor, sin nada familiar, sólo hombres extraños…».

El lenguaje, los temas y hasta los nombres que han pasado a predominar en el escenario público desde el 11 de setiembre son una niebla detrás de la que es difícil ver nuestra casa, nuestra ciudad, nuestro ayer mismo.

Ya no habitamos allí. Vivimos la guerra total contra el terrorismo, que es un territorio ajeno, poblado de hombres extraños. Nuestros temas, nuestros sueños, nuestras frustraciones y batallas quedan del otro lado de la columna de humo, miedo y muerte que se levantó en donde estaban las Torres Gemelas de Nueva York. Humo y miedo que los animadores de esta guerra no dejan disipar (el gobierno británico acaba de desenterrar «nuevas pruebas» de la culpabilidad de Bin Laden).

Y no sólo carece de ciudadanía la palabra de las víctimas inocentes de esta guerra (las víctimas que ya son, y las que serán). Tampoco nuestra lejana palabra tiene lugar. Podemos pronunciarla, proferirla, repetirla. Igual no se oye. Sólo hay lugar para la voz de los caballeros de la cruzada contra el mal: no para los norteamericanos que ya se pronuncian críticamente ante la acción de su gobierno, no para los latinoamericanos, no para los africanos o asiáticos; tampoco para los europeos…

Hace algunos días comenté el discurso de Fernando Henrique Cardoso ante la Asamblea Nacional francesa, y como la suya fue una voz de vigorosa reivindicación de la independencia de los latinoamericanos rompiendo la hegemonía del discurso del fundamentalismo antifundamentalista.

La intervención del presidente Jorge Batlle ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, a pocos metros del escenario del atentado del 11 de setiembre, se inscribe en la misma dirección. Dijo entre otras cosas: «… será preciso también actuar sobre otros enemigos de la paz como son la pobreza y el subdesarrollo para llevarle al ser humano buenas razones para vivir y hacer de cada uno de nosotros activos defensores de la humanidad, como un bien común al que nadie puede sentirse ajeno, por el que es necesario luchar sin claudicaciones.

Debemos evitar que la pobreza, la marginalidad, el desamparo y la desesperanza se instalen en el alma de la gente para convertirse en el eco favorable o complaciente con las acciones criminales de las que hemos sido víctimas» (…) «Cuando mis nietos en el 2050 sean menores que yo hoy, habitarán el planeta 9.300 millones de habitantes y seguirán siendo solamente 1.100 millones los que continuarán viviendo en áreas desarrolladas. La pobreza no sólo destruye la democracia, lo que es peor, destruye las sociedades y abre el camino a la violencia, y como lo hemos visto muchas veces aun entre nosotros, a toda forma de terrorismo».

Con independencia de acuerdos o desacuerdos que, en muchas materias se puedan tener con las ideas del presidente uruguayo, su discurso apunta a un tipo de seguridad humana basada en el desarrollo y la inclusión, como clave de la ciudadanía planetaria.

El suyo fue un discurso que no pega con la consigna de las fortalezas culturales ni se ilusiona con los resultados del zafari antitalibán.

Parece creer menos en las virtudes de la caza que en construcción de una casa común. Porque dijo también: «Todos estamos envueltos en lo que sucede, de una manera más profunda que nunca, porque lo acontecido no sólo afecta la seguridad de las personas, sino que nos plantea preguntas mucho más simples y a la vez más complejas: ¿cuál será mi vida de ahora en adelante? ¿Cuál la de los míos, mis hijos, mis padres? ¿Cuál la de los demás, mis vecinos, mis amigos? ¿Cómo serán los actos simples de mi vida?».

Dice Bradbury que también los expedicionarios despegados desde la plataforma de su imaginación, en el Illinois de 1954, andaban errando por las llanuras del espacio, en busca de un mundo que es imposible imaginar.

En todo caso, en momentos como el actual, resulta saludable que en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas se escuchen preguntas; no sólo ecos y certezas. *

 

(*) Periodista de Bitá[email protected]

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