NUEVA YORK: OCHO MILLONES DE HISTORIAS EN LA CIUDAD DESNUDA

La era del shock postraumático

Según informes médicos de los principales centros siquiátricos neoyorquinos, un millón de personas en Nueva York sufren cuadros de ansiedad y pánico. (Debe ser cierto porque se ve más gente hablando sola por la calle, que en Montevideo).

Ahora los siquiatras anuncian el shock postraumático, fase culminante en los dos meses luego del 11 de setiembre.

Ahora bien ¿todos los neoyorquinos, porque incluso quien no lo es, si vive allí, así le empieza a gustar definirse, están aterrorizados? ¿Cuáles neoyorquinos? Los neoyorquinos de estereotipo anglosajón existen sólo en las películas viejas. Con un crecimiento de la colectividad hispana del 30% en diez años, la migración (africana, asiática), ha convertido a la Gran Manzana de los años 60, en la Babel de comienzos del XXI. Con el aditamento de que la televisión anglohispana permite lo que no ocurría en el relato bíblico de Babel: acordar, para construir «una torre que llegara hasta el cielo».

Nueva York, la ciudad más cosmopolita del planeta, está con miedo. Pero el miedo más duramente castiga a sus estereotipos.

Atormenta a la liceal rubia veinteañera, cuyo mayor dolor en esta vida, ha sido el pinchazo con una tuna en una excursión a California. A su misma edad, la cholita andina, que con su hijo a cuestas emigró y vende chombas en cualquier calle siente menos miedo. Está contenta más allá de «lo horrible» del atentado. Sus buzos, a los que han sustituido el diseño de llamas o incas, por las Torres Gemelas caídas, se venden como pan caliente.

¿Cuál miedo es el que enfrentan miles de centroamericanos, escapados de matanzas, víctimas de guerrillas, de paramilitares; ahora en la misma olla, todos clande en Nueva York? El miedo a los agentes de Migración, activos como nunca desde que están «en capilla» por la libertad de acción de los terroristas islámicos.

A los sudamericanos, sin dudas que les preocupa mucho más el mantenerse en Nueva York, que el volver a sus países de origen: los efectos del 11 de setiembre están por debajo de los límites de tolerancia del riesgo que están dispuestos a correr.

A otros inmigrantes les ocurre casi lo mismo.

Centenares de asiáticos asaltaron, desde el mismo atentado, prácticamente todas las esquinas neoyorquinas vendiendo, sobre un cajoncito, sin más ni más, millones de pins, especie de escarapela plástica que aman los gringos, todas ellas con combativas alusiones patrióticas.

«One dólar, one dólar», vocean, pronunciando la «r» como «l«, estas gentes, que uno simplifica como «china», sin más argumentación.

En miles de puestitos vendieron billones en «patriotismo» a los consumidores que, ahora, comienzan a perder fervor. Parecen contentos de su supervivencia. Las grandes banderas ya fueron descolgadas.

Del patriotismo enfervorizado, lentamente, va quedando el «estado de pánico». Los gobernantes, el Estado han pedido «estar alertas, estar atentos contra el terrorismo». Pero eso: ¿qué quiere decir? Cuántas horas puede alguien estar atento contra lo que es imposible anticipar puede ocurrir. Además todos anticipan algo igual, o peor. Los nervios están tensos, pero no saben por cuánto, menos aun, contra qué.

Como panacea, un gigantesco caramelo está servido. Los intereses para compra de autos cero quilómetro y electrodomésticos de fabricación americana comenzaron a venderse con financiación sin intereses. Es una fórmula burda, pero efectiva, de estimular el consumo, y acallar la angustia.

El mundo sigue andando

Como agriadas millonarias viudas, las leyes del mercado mantienen, en el duelo, también el estandarte en alto.

Las casas de moda más refinadas de la Quinta Avenida cambiaron con el otoño encima, sus modelos para la temporada. Ahora se usan los colores blanco, rojo y azul de la bandera, mucha estrella blanca… así está en las vidrieras.

Las fotografías de las Torres Gemelas se venden encuadradas, por metro algunas, en cualquier puesto. Buscan venderlas como si fuera esta la última oportunidad.

Prensa, paredón y después

Lo anecdótico es lo que puede reproducirse de la calle: intentar generalizar por uno u otro aspecto es ridículo.

Claro que el miedo al ántrax, no es exagerado ni ridículo en absoluto. En un país donde el Correo envía millones de cheques con sueldos, cobra y paga, difícilmente extravíe algo, y menos aun, demore, las esporas de ántrax producen pavor. El sufrido gremio de los carteros, ahora, además, ha quedado tan en primera línea como bomberos o policías. Ello genera intrigas alucinantes. Cambia el enfoque del problema.

¿Quién sabe hoy dónde comenzó la infestación de cartas? ¿Qué hacer cuando hasta la CIA sospecha que grupos de derecha estadounidenses podrían haber hecho estos atentados?

Si en la calle cohabita un sentimiento coincidente de horror al 11 de setiembre, los responsables de ver y explicar esa realidad están en situación incluso más difícil. Ciertamente no serán los comunicadores estadounidenses los que en esta guerra puedan informar de algo con objetividad. Con el mismo esquema periodístico de la «Guerra del Golfo», donde los medios accesibles estaban cerca, la actual guerra no admite, pero tampoco emite, algo más que la versión oficial.

Cuestionar el más mínimo acto estadounidense contra Afganistán, emitirlo o publicarlo, es letal. Suicida.

Aunque los editores se estrujen los sesos buscando un perfil distinto, de la guerra con menos imágenes de los tiempos modernos, lo cierto es que deben limitarse a empujar. Empujar al abismo el cerebro de sus lectores o escuchas. Al abismo del belicismo. Como a comienzos de la guerra en Vietnam, ahora con mayor ensoberbecimiento, quienes están contra esta guerra, están contra los Estados Unidos. Quienes no desean plegarse a la causa bélica, están fuera de la televisión: no existen.

Algunos profesores en Velmont han sido cesados en su Universidad por haber hecho comentarios públicos en pos de la paz, del cese de los bombardeos.

Multan en 10.000 dólares a los padres de dos escolares, de 10 y 12 años, que llevaron aspirina molida en un sobre a la escuela y bromearon que era ántrax.

La Cruz Roja tiene más denuncias que nadie por el tratamiento a los dineros que los neoyorquinos donaron para ayudar a las familias de los desaparecidos en las Torres Gemelas.

Cerraba una serial televisiva de la época del blanco y negro, refiriendo a Nueva York, «hay ocho millones de historias, en la ciudad desnuda». *

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