Después de todo, ¿tenía razón Huntington?
JAAN KAPLINSKI(*)
Se afirma que estamos asistiendo a un conflicto emergente entre el liberalismo occidental y el Islam fundamentalista que podría desarrollarse y convertirse en una confrontación a gran escala entre las democracias occidentales y las naciones islámicas. Pero incluso ello no es en modo alguno seguro.
¿Es que son nuestras civilizaciones tan diferentes? Recuerdo los escritos del antropólogo chino-estadounidense Francis Hsu, para quien cristianos, judíos y musulmanes pertenecen a un grupo de culturas estrechamente relacionadas y que viven en la misma área. Tales culturas pueden ser caracterizadas como centrífugas y con la tendencia a dividirse en diferentes grupos religiosos, étnicos y políticos, así como en sectas. La identidad de estos grupos está casi siempre basadas en la diferencia y en el conflicto y es más excluyente que incluyente: nosotros somos lo que somos porque somos diferentes de ellos.
En el mundo occidental, como en el mundo islámico, la diferencia ha sido más a menudo más importante que la similitud. Los teólogos, los ulamas, los inquisidores y los políticos partidarios han gastado mucho tiempo y energía para buscar tales diferencias, que sirven como fundamento para teorías, acciones y actitudes.
El sectarismo y, por supuesto, luchar contra él es una de las características básicas más importantes de la gran cultura occidental. Las guerras combatidas en el mundo occidental han sido muy a menudo guerras de religión o ideológicas y la última de la serie ha sido la Guerra Fría. Es normal que un occidental tienda a creer que las otras culturas sean tan propensas a los conflictos sectarios como el Occidente. Pero ello no es necesariamente verdad.
Tanto India como China no han tenido guerras religiosas hasta la llegada de los conquistadores musulmanes y cristianos y sus diferencias culturales internas parecen importar menos que en Occidente. Los intelectuales chinos conocedores del budismo eran todos bien conscientes de las diferencias entre el budismo y el taoísmo pero para ellos esas diferencias eran menos importantes que las similitudes. De ahí que adaptaran libremente términos del taoísmo para el pensamiento budista y viceversa.
En el pensamiento religioso hindú la tendencia predominante es a resaltar las similitudes, a ver a todas las religiones como una y la misma, a minimizar las diferencias entre budismos e hinduismo o incluso entre el Islam y el hinduismo.
En cambio, uno de los objetivos del Occidente, especialmente de los misioneros cristianos tanto en India como en China, ha sido el de luchar contra ese pensamiento sincrético en materia religiosa y apuntar a la importancia de las diferencias. sin embargo, no han ocurrido conflictos importantes, no se han producido guerras religiosas entre las civilizaciones china e india.
Es normal que misioneros de ese tipo –y de cierta manera Huntington continúa la tradición de ellos– se vean inclinados a ver en cada diferencia una fuente potencial de conflictos y para evitarlos, así como para abolir las diferencias, tiendan a convertir en toda la humanidad a una sola religión o ideología (sea ella el Islam, el cristianismo, el comunismo o el consumismo) o a trazar claros límites entre los diferentes pueblos, religiones y culturas y a construir sólidos muros entre ellos.
Mientras que sus predecesores eran mayormente asimilacionistas, Huntington parece ser mayormente segregacionista y creer que es mucho mejor mantener aparte, en algo así como en guetos separados, a las diferentes culturas. Esto muestra que Occidente está perdiendo su afán de ganar prosélitos y su espíritu de asimilación, pero también que la tendencia a diferenciar, a pensar más en términos de diferencias que en los de similitudes, es todavía una de sus características básicas.
La ascensión del Islam militante y sus acciones sangrientas en Estados Unidos quizás no son el resultado de un conflicto entre civilizaciones sino una vez más una guerra de aniquilación mutua a pequeña escala como las que el gran occidente ha conocido durante muchos siglos. ¿No serán acaso los ataques terroristas sólo un intento desesperado de gente que tiene miedo de perder su identidad, sus diferencias específicas, y que quiere preservar o reconstruir su identidad de un modo tan sanguinario? *
(*) Jaan Kaplinski, escritor, poeta y ex diputado en el Parlamento de Estonia.(Servicio exclusivo de IPS para LA REPUBLICA)
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