El 100% de los hombres uruguayos tiene conductas domésticas violentas
Según el especialista, el fenómeno de la violencia de intramuros tiene su origen en el proceso de socialización a través del cual durante miles de años de historia, se educa bajo la superioridad masculina.
Parrado consideró que es «imposible la recuperación total de aquellos que inician un tratamiento de rehabilitación, puesto que si bien se recuperan en cuanto al tipo de agresión que practicaban, adoptan otro de diferentes características. Además, el 60% de los que inician un tratamiento lo abandona».
En Uruguay, hay dos lugares en donde buscar ayuda para personas con conductas violentas. Uno de ellos es el Programa de Tratamiento para Hombres con Problemas de Conducta Violenta del Ministerio del Interior, que opera según modelo norteamericano. El otro es el de la Organización No Gubernamental Renacer, una de las tres instituciones de América Latina que aplica igual metodología –en Argentina y Chile están las otras–. Los dos centros funcionan con grupos de agresores coordinados por un sicólogo. Aunque la modalidad de trabajo difiere de una institución a la otra.
Prisión o rehabilitación
La participación de los victimarios en Renacer responde –en muchos casos– a derivaciones judiciales, que se presentan como una opción para el hombre, entre la prisión o la asistencia y participación en el programa. Se controla mediante informes judiciales.
Parrado manifestó que hasta la ONG también se acercan personas por su propia voluntad, por prescripción de un profesional o porque la situación familiar llegó a un punto en donde la pareja no plantea más posibilidad que el cambio o el divorcio.
A la dependencia del Ministerio del Interior acuden frecuentemente voluntarios u hombres que van luego del acercamiento de sus esposas –víctimas– que lo hicieron anteriormente en busca de ayuda para ellas y sus hijos.
«Nosotros consideramos que no habiéndose constituido un delito, lesiones graves u homicidio, la persona puede recibir un tratamiento ambulatorio, sin perder el trabajo que es el ingreso económico y sustento de la familia. Pensamos que el sistema penitenciario no ofrece respuestas para la recuperación de las conductas violentas e intentamos demostrar que se puede recibir este tratamiento como pena alternativa», expresó la sicóloga Gabriela Fulco, directora del Programa del Ministerio.
Mientras que para Parrado esta es una elección que debería venir después del castigo. «Creo que se debe castigar como un crimen, primero transitar los caminos judiciales y después sí, ir en busca de la rehabilitación. La violencia doméstica no es un conflicto, es un crimen».
Distintas metodologías
Si bien los métodos utilizados por los centros son distintos, intentan lograr un mismo objetivo. «Renacer» trabaja en sesiones semanales de una hora y media. Los temas abordados surgen en el grupo o son planteados por el coordinador y giran en torno a los géneros femenino y masculino, familia, mitos, roles.
La persona puede ingresar a este grupo en cualquier momento y dentro del tratamiento hay cuatro niveles. En los dos primeros se encuentran sólo hombres, en el siguiente se trabaja junto a mujeres maltratadas –que no son pareja de los participantes– y en el último se integra a las esposas. El paso de un nivel a otro está dado por una evaluación a cargo del coordinador, basada en la total certeza de que no hubo agresión en el tiempo que lleva de tratamiento. A la ONG asiste un promedio de 15 a 20 hombres por mes, Parrado afirma que si bien este número es alto, es poco significativo ante la magnitud de casos que existen y de los cuales no se lleva registro.
«Al principio es muy difícil trabajar, los hombres creen que no tienen nada para cambiar, vienen obligados», sostiene el sicólogo.
El Programa del Ministerio se extiende durante 12 sesiones, también semanales y de dos horas. Allí se forma un grupo que es cerrado, es decir, no se puede ingresar una vez que comenzó y superó la segunda reunión. Se tratan los diferentes temas que hacen la conducta violenta, los vínculos, lo que pasa actualmente a la persona y adónde quiere llegar; así como también se intenta que el participante se haga cargo de lo que ocurre previo a la agresión y posteriormente.
«La persona sabe lo que va a suceder, hay señales previas que indican que es posible tener una actitud violenta, Es necesario reconocer esas señales, tomarlas como propias y a partir de ahí asumir la responsabilidad», asegura Daniel Pellejero, coordinador del grupo. Aquí ingresan en cada grupo entre 12 y 15 agresores.
En ambos hay un porcentaje de deserción, que Parrado ubica en el 60%.
Micromachismo
Ya que todos los hombres son violentos, el delito se da en todos los estratos sociales. A los grupos se acercan principalmente hombres entre 35 y 45 años, aunque también van de 18 o de 72 años.
El alcohol está presente en un 30%, el 20% son universitarios y el nivel de desempleo de los concurrentes es también de 20%.
Los sicólogos especializados de los programas, encuentran dos causas que desencadenan conductas violentas. Por un lado el proceso de socialización, en el cual son educados los niños y que les enseña desde temprano una visión del género masculino superior y cargada de poder sobre el sexo femenino. Y por otra parte se considera que la violencia doméstica es aprendida como forma de vincularse en generaciones anteriores. Física, sicológica o en la forma que tome, seguramente el agresor la vivió anteriormente en su familia.
«El problema está en el incorrecto proceso de socialización. El que no golpea igual ejerce violencia», explica el coordinador de la ONG.
El habla además de micromachismo, lo que define como todo aquello que sustenta en forma sutil la violencia y que es el inicio de toda situación violenta. «Son pequeñas partículas del gran patriarcado».
Dentro del micromachismo Parrado cita ejemplos, como el caso de hombres que no castigan, pero hablan mal de las mujeres, o las subestiman, las ven como objeto sexual o las juzgan por la ropa que usa. Habla de los casos en que tratan bien a su esposa, pero maltratan a su secretaria.
Más fácil
Para Parrado es imposible lograr la rehabilitación total, ya que si bien el agresor se recupera en cuanto a la forma de violencia que ejercía, adopta otra igualmente violenta.
«El 100% de los hombres es violento, salvo alguna excepción. La recuperación total es muy difícil. Algunos cambian mucho en cuanto a la violencia física, pero practican la sicológica o económica. Se rehabilitan en función a que no pegan más. Erradicar la violencia familiar es un proceso muy lento, que se verá en otras generaciones, con una sociedad más igualitaria, un cambio de cabeza y un compromiso de los hombres con el cambio».
En Renacer, los integrantes del grupo de rehabilitación nunca son dados de alta. Lo único que se hace es un informe riguroso en los casos en que los pide el juez. La dependencia del Ministerio da por finalizada la recuperación una vez finalizado el ciclo de 12 sesiones y evalúa los resultados como muy aceptables, con muy bajos niveles de reincidencia. *
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