Emulando a Italia y a Colombia

Un juez en la mira de la mafia

La imagen estereotipada del funcionario encargado de administrar justicia es un hombre de rostro adusto y severo, vestido con una toga negra y tocado con una peluca blanca, y que, con un martillo como de rematador en la mano, dispone de la libertad y la vida de los demás mortales: te puede mandar en cana e incluso, a la horca. Casi nada.

Desde tiempos remotos, los jueces han inspirado más que respeto, temor entre los humildes; no era para menos siendo que se trataba de hombres que parecían haberse arrogado la divina función de juzgar a los hombres; a los hombres de las clases bajas, vale aclararlo, porque no solían meterse con los bacanes. Y por ello al juez, tal vez más que al propio monarca, se lo identificaba con el poder represor y arbitrario.

Una imagen parecida del magistrado judicial es la que José Hernández nos transmite a través del Viejo Vizcacha, esa curiosa mezcla de sabiduría popular y de inmoralidad: «El manda la gavilla; allí sentado en su silla ningún buey le sale bravo»; para terminar con el ya célebre consejo que recomienda hacerse amigo del juez «pues siempre es bueno tener palenque ande ir a rascarse».

Como puede apreciarse, una valoración bastante pobre del magistrado judicial es la que nos ha legado la tradición: casi la quintaesencia del poder discrecional y de la arbitrariedad; complaciente con el poderoso e implacable con el chinchaje; en definitiva, una reverenda porquería.

No obstante, a medida que el estado de derecho se fue afianzando y en Occidente se consolidó la institucionalidad democrática, una aureola de dignidad y de prestigio fue envolviendo la imagen del juez hasta convertirlo en una suerte de supremo garante de los derechos individuales. Y es así que el siglo XX exhibe numerosos ejemplos de incorruptibilidad y coraje de los magistrados. Recuérdese cómo en pleno ascenso del nazismo en Alemania se pudo decir «todavía hay jueces en Berlín»; o el juez de la película ‘Z’ de Costa Gavras, encarnado por Trintignan, que no vacila en procesar por homicidio premeditado a altos jerarcas castrenses, los mismos que tiempo después protagonizarían el golpe en Grecia. E incluso en nuestro país, los jueces de instrucción que actuaban a fines de los sesenta y comienzos de los setenta representaron la defensa de la institucionalidad frente a los desbordes autoritarios del Ejecutivo y la complicidad pusilánime de la mayoría del Legislativo. También por aquella época, cuando todavía no se había dado oficialmente intervención a la justicia militar para juzgar los delitos cometidos por la guerrilla urbana, los miembros del MLN sabían que la justicia penal ordinaria ofrecía las necesarias garantías de imparcialidad, de equidad y de respeto por sus derechos.

El atentado mafioso perpetrado contra un magistrado judicial introduce en el país una forma de terrorismo que exige una respuesta inmediata, firme e inequívoca de parte del gobierno y de la sociedad toda.

Muy contadas veces que en Uruguay se atentó contra la vida de un juez. Un juez que no ha hecho sino cumplir a cabalidad con su función y que, en cumplimiento de ese deber, ha asestado un duro golpe a una organización criminal dedicada al contrabando.

Es cierto que los magistrados –en tanto funcionarios que deben desempeñar la delicada tarea de aplicar castigos a los infractores o absolverlos– están sometidos no sólo al juicio de la opinión pública, sino también a las represalias que puedan tomar los delincuentes.

Respecto de esto último, bueno es tener presente que quienes atentan contra los jueces con el propósito de intimidarlos –o directamente de eliminarlos– suelen ser o los grandes delincuentes de cuello duro o las organizaciones mafiosas con vínculos en el poder político, y no los simples ladrones o rapiñeros. Creo que los ataques más notorios contra jueces tuvieron lugar en Italia, donde actúa una mafia implacable, y en Colombia, un país asolado por los narcos.

Los uruguayos, que estamos asolados por la desocupación, la marginación y la pauperización, lo que nos faltaba era esta globalización de prácticas del crimen organizado. ¿Será ésa la manera de integrarnos al mundo? *

Periodista del diario LA REPUBLICA

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje