PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

Mercado del Puerto

LUIS GRENE

 

Ahora, el agite en el Mercado es el sábado a media matina. Sin olvidar, por diciembre, los tradicionales 24 y 31. Un par de manijazos a la matraca de la memoria. Ya estamos por mediados del viejo siglo. Cuando en ese rincón de la Ciudad Vieja la cosa pintaba linda todos los días. Las sirenas de los buques y el chirriar de las grúas de carga, justo enfrente. Por la entrada de la rambla portuaria, entraban y salían los estibadores. Parados, en la puerta del Mercado, siempre estaban «los pintas» que ofrecían relojes de bolsillo, juegos de té o botellas de importado. Si había guita, se compraba y chito de preguntar de donde salían esas mercaderías. En su interior abundaban los puestos de verduras, carnicerías y pescaderías con bichos enormes colgados de los ganchos. Unos locales hacían saltar la majuja y el pejerrey en aceite hirviendo. Todo se impregnaba de un salado aroma a fritura. parrilladas, apenas si había dos o tres. Muchos mostradores para darle de punta al alpiste. En el medio, pisaba fuerte Roldós y se empezaba a hacer famoso el medio y medio. Rematadores, políticos y artistas como Margarita Xirgú entre la clientela. En diagonal, estaba Carlitos, atendiendo los dos mostradores de su popular picada. En la solitaria mesita que tenía adentro, siempre recalaba D’Arienzo cuando tocaba en el Chanteclair. Cerveza de barril, una Bilz Sinalco para los pibes y los sabrosos chorizos al vino blanco, bajo la batuta de Carlitos, serio pero fraternal detrás de sus gruesos lentes. Como duendes, aparecían por todos sus rincones personajes que fueron leyendas urbanas. Menecucho vendiendo sus versos satíricos. Cuando le mandaban la vuelta, agradecía recitando con ronca voz y se alborotaba su blanca cabellera. Fosforito, era ritmo y mímicas. Sus castañuelas de hueso, el eterno saludo con su bombín de Chaplín. Se ganaba unos mangos repartiendo propaganda del Cambio de la esquina. Haciendo codo, con mil chistes siempre estaba el Ñato Pedreira. Una figura exquisita fue el Negro Pirulo, muy delicado y con los datos posta del Carnaval y las comparsas. Con él nadie se metía porque sabían que cuando pegaba, salute muñeco al piso. Entra Lorenzo Fernández, campeón olímpico y mundial que trabajaba en la Aduana. Mercado del Puerto del ayer, los gritos de los changadores y las jardineras que repiqueteaban por los adoquines de la rambla.

Hoy está pituco pero para que nadie se engrupa es que lo recordamos como fue, hace pila de años. *

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