Golosina o susto: esta globalización es de terror

El terror (o el placer morboso de asustar y asustarse) parece ser un componente insoslayable de la condición humana. Creo, empero, que esta comprobación no habilita la importación de más costumbres foráneas.

Sábado 03 de noviembre de 2001 | 12:00
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En los dorados años sesenta ningún uruguayo de izquierda hubiera dudado en denunciar –lleno de indignación patriótica– la fiesta de Halloween como colonialismo cultural. Claro, a la sazón los uruguayos no celebrábamos la Noche de Brujas y sólo muy pocos sabían de la existencia de esa fiesta que la tradición irlandesa había impuesto en EEUU. Altri tempi; época de euforias e intransigencias. Tiempos sin Internet.

Ahora que ya nos resignamos a no esperar la llegada del mesías conocido como El Hombre Nuevo –ni a toparnos con la revolución a la vuelta de la esquina–, y que nos hemos conmovido hasta las lágrimas con el interminable replay del espectáculo de las Torres ardiendo y derrumbándose, hoy en día digo, nos parece natural que los gurises festejen Halloween, se disfracen con máscaras horripilantes y salgan por las calles a pedir golosinas so pena de darnos un susto.

Obviamente que la fiesta de origen celta –muy pagana, por cierto, y muy respetable como toda tradición folclórica– se convirtió en un buen negocio y que la expansión mundial de la Noche de Brujas se debe a razones puramente comerciales. Pero no es ese el motivo de esta nota: que cada cual saque provecho de lo que pueda, marketing mediante. En definitiva, en Navidad compramos arbolitos, los adornamos con nieve artificial, deglutimos cenas pantagruélicas, nos hacemos regalos; del mismo modo que aceptamos celebrar –a lo largo del año– una sarta de días de parentescos varios.

Sin caer en el prurito infantil sesentista que condenaba indiscriminadamente todo lo que venía del norte, confieso que empieza a alarmarme esta invasión de pautas culturales estadounidenses. Claro que los países jóvenes y sin cultura indígena sólida, como el nuestro, andan medio jodidos de tradiciones: no tenemos un stock abundante de referentes propios que conformen nuestra identidad. Por algo Eladio Linacero decía que miraba para atrás y veía “un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos”, y nada más. Tal vez por eso durante el siglo XIX y buena parte del XX, estuvimos ‘culturalmente colonizados’ por las potencias del momento: Inglaterra y Francia. Y sobre todo esta última. Los uruguayos mirábamos embobecidos hacia París: su bohemia, sus perfumes, sus pintores, sus intelectuales. Desde el más exquisito refinamiento hasta el bajofondo canalla de putas y de rufianes, Francia era el paradigma. Pero desde un tiempo a esta parte la influencia de Estados Unidos se ha ido tornando avasallante y desplazó a los franchutes de manera irreversible (si hasta se eliminó la enseñanza del idioma francés en Secundaria). Ahora la globalización (se podría hablar de estadounidización o directamente de estupidización) nos lleva a postrarnos ante otros altares, a adorar otros íconos, a mudar los tótem. Ya no se trata solamente de la Coca-Cola o el ratón Mickey; de los cowboys, los gangsters u otros estereotipos. Ahora es grave: hemos incorporado una ‘tradición’, violentando groseramente la semántica del vocablo, en la que está presente el concepto de transmisión de una generación a otra. Pues no se trata de una tradición gastronómica o religiosa legítimamente heredada de inmigrantes, como los ravioles o San Cono el 3 de junio. No, nos han impuesto una fiesta: en el fárrago de productos importados que inundan la plaza, se coló el Halloween, y nosotros –consumidores juiciosos y obedientes– lo festejamos como se debe.

Si seguimos así, vamos a terminar comiendo pavos el día de Acción de Gracias, y de ese modo nos convertiremos en pavos definitivos. Y ya que estamos, podríamos suprimir el feriado del 18 de julio y correrlo unos días para atrás hasta hacerlo coincidir con el 4, ¿no le parece?

También se podría eliminar el estudio de la Guerra Grande y sustituirlo por el de la Guerra de Secesión, una guerra mucho más conocida, más paqueta: una guerra que está ‘de más’. Propongo asimismo olvidar definitivamente a Martín Aquino, un oscuro delincuente (el último matrero, según dicen) y remplazarlo por figuras más presentables como Jesse James o Billy The Kid.

Total, si ciertas maravillas gastronómicas como el asado y las achuras están siendo implacablemente desplazadas por hamburguesas, ¿qué puede sorprendernos? ¿Que aparezcan los mac-chinchulines? ¿Que untemos las tortas fritas con salsa golf?

En las salas cinematográficas –donde asesinatos en serie con muchos efectos especiales ocupan el lugar de Bergman, Truffaut o Fellini– cada vez más uruguayos engullen pop y beben gaseosa abandonando la saludable práctica de los bizcochos comprados en la panadería de la esquina entre una y otra película de la matinée dominguera.

Y así vamos, globalizando nuestras costumbres, pero no en un intercambio enriquecedor sino en la uniformización y emulación de las conductas que el imperio nos impone.

En fin, todas estas amargas reflexiones que anteceden fueron escritas antes de ver la foto de un acto sandinista en Managua, donde –junto a un retrato del candidato Daniel Ortega– flamea la bandera de las barras y las estrellas. Con honestidad debo reconocer que, al lado de esto, mis preocupaciones han quedado bastante devaluadas. *

*Periodista de LA REPUBLICA

 

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