¿Y si Oriana Fallaci tuviera alguna razón?

Asimetrías del miedo global

RAFAEL SANSEVIERO (*) – [email protected]

 

Tan diversos son los tópicos que recorre la escritora en sus notas, que resulta imposible y pretencioso razonar o refutar cada uno de ellos. Tampoco es importante hacerlo. Para quien tenga interés en leer y valorar, aquí dejo la dirección electrónica. (**)

Sí me interesa señalar un aspecto no expresado a lo largo de sus muchas miles de palabras, pero que constituye el alma del llamado que formula: escribe aterrada; desde sus rabias y orgullos escribe para difundir un gran temor.

 

Asimetría 1: Estoy en peligro porque soy feliz

«Estamos en guerra estúpidos», proclama Fallaci. «Esta guerra que ellos llaman Jihad, no mira a la conquista de nuestro territorio, sino a la conquista de nuestra libertad y nuestra civilización. (…) No se dan cuenta de que los Osama bin Laden se creen autorizados a matarnos porque bebemos vino o cerveza, porque no llevamos barba larga o shador, porque escuchamos música o vemos la televisión, o porque hacemos el amor cuando nos parece y con quien nos parece. ¿No les importa nada de eso, estúpidos?» (…) «O gana EEUU o perdemos todos. Si se hunde América, se hunde Europa, nos hundimos todos (…) y en vez de campanas encontraremos muecines; en vez de minifaldas, el shador; en vez de coñac, leche de camello. ¿No entendéis ni siquiera esto?»

De más está decir que los estúpidos son todos quienes no han reaccionado ante el 11 de setiembre en la clave del Departamento de Estado.

Su razonamiento, además de trajinar con nostalgias de un occidente que, ella misma, reconoce lejano y pretérito, excluye sin poder ocultarlo, que las acciones terroristas de setiembre son el resultado de diferentes políticas desplegadas por los países occidentales, en particular los EEUU, para la construcción de su actual poderío y su proclamada superioridad; tanto la económica, la social, la cultural, la política, o la ética: «Cuanto más democrática y abierta es una sociedad más expuesta está a sufrir un ataque terrorista. Cuanto más libre es un país y menos gobernado está por un régimen policial, más sufre o se arriesga a sufrir las matanzas…».

(…) «Cuando un mustafá o un muhamed viene (a EEUU), por ejemplo de Afganistán, a visitar a un tío, nada le impide ir a una academia y aprender a pilotear un 757. Nadie le impide inscribirse en una facultad (costumbre que espero que cambie) para estudiar química y biología, las dos ciencias necesarias para desencadenar una guerra bacteriológica».

Pasemos por alto que desde hace varios días se insinúa persistentemente que los autores de los ataques con carbunclo no serían personas vinculadas a Bin Laden. Dejemos de lado que nada en la historia del Siglo XX avala la afirmación de que las naciones más democráticas han sido las más castigadas por acciones terroristas, y sí lo han sido las más débiles, periféricas o que tuvieron radicados en su territorio intereses económicos o geopolíticos de los estados más poderosos, fueran estos últimos democracias, dictaduras o autocracias.

Lo significtativo del nuevo ánimo, que Fallaci pone en contundentes palabras, es, al decir de un escritor español, cómo los extremistas dentro del mundo islámico han conseguido cambiar el «mapa espiritual de toda una civilización instalada en la comodidad y el consumo». Oriana Fallaci, reclamando una reacción radical («…a Osama bin Laden hay que matarlo», indica. «Es imposible dialogar con ellos. Razonar, impensable. Tratarlos con indulgencia, tolerancia o esperanza, un suicidio»), y denunciando una guerra de religión que amenaza todas las conquistas espirituales y sociales del occidente, señala precisamente esos mismos valores espirituales, materiales y culturales como los responsables de la indefensión de occidente. En esta línea de respuesta, lo vivido por Fredy Lima, nuestro compatriota detenido en Miami por una ironía a destiempo, su poco inglés o su mucho hastío, y acusado: «poner en peligro la seguridad de un aeropuerto, perturbar la paz, hacer reportes falsos, dar información incorrecta a un oficial de policía, interferir con la ejecución de la ley, interferir con la conducta en la tarea policial o resistirse al arresto, se transformará en el riesgo global de los viajeros». Por decir la menos grave entre las restricciones que amenazan los derechos civiles si predomina la orientación Fallaci.

 

Asimetría 2: La pérdida de la hegemonía de la violencia

Orientación aquella que está lejos de ser apenas un alucinado grito de miedo bajo el impacto del atentado de setiembre. El director de la CIA ante el Comité de Inteligencia del Senado Norteamericano, reconoció lo que más impresiona en su trabajo actual: «…son los cambios en diversos sectores que afectan nuestros intereses nacionales». Tales cambios, dijo, guardan relación, entre otras cosas con las guerras «asimétricas», concepto que no refiere a la diferencia de poderío militar o económico de los contendientes (asunto al que los EEUU están absolutamente habituados) sino a las diferencias cualitativas en los medios empleados, en el estilo y en los valores de los nuevos enemigos. «Esto es, cuando una potencia como EEUU reafirma su hegemonía sobre el funcionamiento del mundo y sobre la guerra convencional, sus enemigos y víctimas recurren a medios de lucha no convencionales y «asimétricos» para combatirla, esquivando su fuerza y concentrando sus ataques en los puntos vulnerables. Dice el Pentágono, el nuevo enemigo «no pelea lealmente»: utiliza, en el marco de una estrategia resueltamente vinculada al mundo globalizado, todos los medios modernos de comunicación, de transporte, de información. El terror psicológico, la influencia de los medios tradicionales e Internet, forman parte de su arsenal. Lejos de las armas perfeccionadas y de los aviones de combate utiliza cuchillos, barcos pesqueros, bombas de fabricación casera y aviones civiles que, ya se vio, constituyen amenazas eficaces».*** O sea: el nuevo enemigo está en ninguna parte, toda legalidad lo ampara, y puede ser cualquiera; todos.

 

Asimetría 3: No son nada pero asustan

Volvamos a Fallaci: A los kamikazes «los considero sólo vanidosos. Vanidosos que en vez de buscar la gloria a través del cine, la política o los deportes, la buscan a través de la muerte propia y en la de todos. Una muerte que en vez del Oscar, la poltrona ministerial o el título de la Liga, les procurará (o eso creen) admiración. Y en el caso de los que rezan a Alá, un lugar en el paraíso del que habla el Corán, un paraíso donde los héroes gozan de las huríes». (…)

Quizá este desprecio intelectual por la emoción que moviliza a algunos hombres a violencia inexplicable esté diciendo algo importante. Tal vez un horizonte espiritual que se agota en la poltrona ministerial, la candidatura al Oscar o al «botín de oro» (si es que existe), explique la incapacidad de reflexionar serenamente acerca de la violencia radical de los no hegemónicos. De pronto la banalización de un acto tan terriblemente oneroso en vidas y cultura, exprese la gran debilidad de quienes en occidente piensan como Oriana Fallaci. Es posible que teman tanto una guerra de religión (esto es, de ideas y sentimientos) no tanto por la potencia espiritual del Islam, sino por la debilidad de los dioses paganos de occidente: Tal vez estén percibiendo un espacio cultural que pueda albergar una sensibilidad y una racionalidad que los niegue, a ellos; a los que temen. *

 

(*) Periodista (**) (//www.el-mundo.es/especiales/2001/09/internacional/ataqueusa/oriana.pdf).

(***) La era de las guerras asimétricas, Marwan Bishara; Le Monde Diplomatique, octubr
e 2001.

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