Un comercio de otro siglo
La puerta de dos hojas hace un vaivén al empujarla, tiene pequeños vidrios grabados con las iniciales del primer dueño, Arnaldo Macció. A la derecha una viejísima balanza, tiene por compañera, muy cerca, una también añeja silla que desde 1950 no se mueve del lugar. Encima de ellas un espejo con marco dorado del año 1900 viste la pared. Las estanterías llegan hasta el techo, son de las de antes, de esas de las películas o tal vez como las que conserva alguna botica de pueblo. Cuenta José Russo, el actual propietario, que las estanterías son de nogal italiano, la madera labrada con estilo europeo se conserva inalterable al transcurso del tiempo.
Y con cada paso que se avanza se descubren nuevas reliquias. La cabeza de Geniol, que data de 1930. El primer cartel del negocio que indica el horario y que se exhibe como un cuadro con viejos colores desgastados. Los estantes poblados de frascos de porcelana y de vidrio azul que hoy aún guardan alguna cosa.
José Russo llegó hasta la farmacia hace cincuenta años, con sólo trece de edad. En ese entonces consiguió el empleo de mensajero. Los años pasaron entre recetas, inyecciones y medicamentos hasta que hace treinta y seis años quedó al frente del comercio. «Soy el cuarto dueño, primero fue Maccio, después Copetti hasta 1927 cuando la compró Olivencia y por último yo que la adquirí en 1965″.
Sanguinetti y las guerras
Russo recuerda su época de empleado, junto a Olivencia, que era entonces el dueño, y la amistad con sus hijos. Su vida transcurrió en la farmacia, conoció gente, historias de vida, problemas, compartió penas y escuchó confidencias. Entre tantos clientes que pasaron por la farmacia, con una sonrisa rememora por ejemplo, los días en que Julio María Sanguinetti, allá por el año 1952, llegaba hasta el local. Luego de las clases de secundaria en el Elbio Fernández se convertía en un infaltable participante de largas guerrillas de talco organizadas por los hijos del dueño. «Destrozaban todo», evoca el farmacéutico entre risas. Y junto al ex presidente de la República, le vienen a la memoria conocidas familias de aquella época, como los Servetti, Sacristán, Balparda, también el asiduo cliente que era el director del Elbio, Gerónimo Soretti, o aquel niño que era Alfredo Etchegaray, a quien vio crecer desde atrás del mostrador.
Apenas un atisbo de modernidad
José trabaja junto a su única hija, María Lourdes, ella es la directora técnica del local. Nunca fue intención de la familia renovar el comercio, al contrario, se empeñan en conservarlo igual. El único objeto moderno dentro de la farmacia es una computadora. «No me gusta, me tuve que acostumbrar a ella. No combina con el lugar, pero es necesaria», afirma resignado el boticario.
El edificio fue construido en 1884 y los primeros recetarios del Ministerio de Salud Pública datan de 1885.
Desde el año 95 la farmacia se amplió y los Russo decidieron anexar el servicio de homeopatía. En ese momento quisieron hacer algunas restauraciones en el exterior del comercio, pintar y cambiar el cartel con el nombre. Pero la Intendencia de Montevideo no se lo permitió.
«No nos dejaron sacar el cartel, nos dijeron que debíamos mantener la fachada del lugar porque tiene un valor histórico para la ciudad», explica Lourdes Russo. Así la farmacia se pintó y se dejó igual. Los productos homeopáticos se muestran en la vidriera lateral del comercio.
«A la gente le llama mucho la atención el lugar. Los argentinos cuando van hacia la rambla o las personas que se alojan en hoteles de la zona y pasan por acá, se detienen a mirar», cuenta Russo.
Confesionario
José Russo siempre vivió en el Centro. Actualmente su hija vive en una casa pegada a la farmacia y él a dos cuadras. Hasta el comercio no sólo llegan vecinos, por su ubicación céntrica tiene clientes de paso, de oficinas y del municipio. Conoce muchísima gente del barrio. Pero no sólo por residir allí, sino por su medio siglo detrás del mostrador. Le emociona hablar de la relación que mantiene con los viejos conocidos. Durante decenios siempre estuvo dispuesto a escuchar los problemas y las alegrías, que mientras esperan y pagan un medicamento, confiesan los clientes al boticario. Se siente orgulloso y poseedor de un gran tesoro que es contar con la confianza de los clientes.
«Mi vida pasó en la farmacia, voy a seguir acá hasta que pueda y me gustaría que el comercio quedara en la familia, espero que mis nietos que ahora tienen trece y quince años quieran seguir en esto», dice el propietario con orgullo. *
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