Latinoamérica y el huracán de la venganza
LEO GABRIEL (*)
Pero ya se incrementan las voces por toda América Latina que quieren parar la mortal espiral de venganza entre los David disfrazados de musulmanes y los Goliat del siglo XXI.
«Hoy empezó una guerra que va a cubrir con cementeri os a todo el planeta», escribe por ejemplo Joao Pedro Stedile, una de las cabezas principales del Movimiento Sin Tierra del Brasil el 6 de octubre. Pero también el escritor mexicano Carlos Fuentes, el conocido director de teatro Augusto Boal, el uruguayo Eduardo Galeano y muchos otros han expresado su temor de que los ataques militares de los Estados Unidos podrían llevar a un incendio geopolítico que reviva los viejos fantasmas de la guerra fría en América Latina.
La venganza no es una justificación
Por supuesto esta historia de guerras que ha acompañado el ascenso del imperio de los Estados Unidos no puede justificar los terribles acontecimientos en el que unas siete mil personas inocentes perdieron sus vidas. Sin embargo, ella configura el marco histórico que define esta masacre claramente como un golpe de venganza. «Un millón de niños inocentes están muriendo en este momento que hablamos, muertos en Irak sin ninguna culpa. No oímos ninguna denuncia… pero cuando la espada cayó sobre América después de 80 años, la hipocresía levantó su cabeza para gemir por los asesinos que jugaban con la sangre, el honor y los lugares santos de los musulmanes», dijo Osama bin Laden en su primera alocución televisiva después del inicio de los bombardeos en Afganistán.
Los teólogos islámicos certifican casi todos que la venganza colectiva no tiene ninguna base en el Corán; y sus colegas cristianos aseguran que el «ojo por ojo y diente por diente» del viejo testamento se ha superado desde hace muchos siglos.
Sin embargo, cabe la pregunta de si verdaderamente se ha superado la venganza como medio para ejecutar los conflictos políticos.
Muchos se olvidan de que en Europa hace 300 años todavía existía una desgarradora guerra religiosa que duró 30 años y que hace 50 años murieron centenares de miles en Hiroshima en lo que fue el último golpe de venganza de la Segunda Guerra Mundial. Por otro lado los asesinatos de los extremistas islámicos en el Irán, Argelia y el Cáucaso no solamente se dirigen contra los «infieles», sino muchas veces también contra sus correligionarios moderados. Parece que hoy en día los fundamentalistas vengativos están ganando rápidamente terreno, tanto en el Norte como en el Cercano y Medio Oriente al instrumentalizar una comprensión completamente tergiversada de la religión y de los Derechos Humanos para satisfacer sus ansias de poder.
¿Una lucha entre clanes globalizadores?
Además en esta fase de polarizaciones transnacionales, los David y los Goliat posmodernos tienen otro elemento en común: ambos deben su ascenso a aquel sistema de clanes globalizadores que hoy en día determina el destino económico de la mayoría de la población mundial. No es casual que las bombas vivientes del 11 de setiembre fueran dirigidas precisamente contra los símbolos del poderío imperial. Según investigaciones recientes, tanto la familia Bush como la de Bin Laden pertenecen a aquella superestructura del capital financiero que se conoce hoy en día con el nombre de «globalización».
Incluso el hecho de que la conferencia de la OMC que dará seguimiento, en noviembre de este año, a la de Seattle en 1999, se llevará a cabo en Katar –un Emirato estrechamente vinculado con Arabia Saudita– tiene también un significado sumamente simbólico. Porque Arabia Saudita es precisamente el centro petrolero del cual salieron las cruzadas misioneras de los fundamentalistas sunitas de Bin Laden & Co.
Igualmente significativo es el hecho de que las actuales redes de terror surgieran de aquellos grupos que hasta hace 10 años fueron considerados «luchadores por la libertad» (freedom fighters) bajo sueldo de la CIA. Hace poco el antiguo premier ministro de Afganistán Gulbuddin Hekmatyar, declaró que los talibán pudieron solamente entrar a Kabul el 27 de setiembre de 1996 porque contaban con el pleno apoyo de los Estados Unidos. ¿Acaso significa esto que el terrorismo moderno fue introducido en el Oriente por los servicios secretos del Norte, todavía antes de que las escuelas del Corán se extendieran en el Cercano y Medio Oriente? ¿Acaso resulta que los llamados «fundamentalistas religiosos»(por lo menos en lo que se refiere a su dirigencia) sean en realidad los indignos representantes de un capitalismo salvaje que ha perdido todos sus límites después del derrumbe del campo socialista?
Mucho indica que en el conflicto actual no se trata de un «choque de civilizaciones» (aunque este pueda surgir más adelante), sino de una confrontación entre dos bandos mafiosos, de distinto calibre, que se acusan mutuamente de aquellos métodos de los cuales se sirven. No durará mucho hasta que se pueda constatar que en Afganistán se trata en el fondo de una guerra entre dos ejércitos irregulares vanguardizados por sus servicios secretos que engañan a sus respectivos seguidores con la excusa de estar salvando la humanidad de la amenaza del otro.
¿Un nuevo movimiento de paz?
El verdadero riesgo para los movimientos de Sociedad Civil de América Latina y de Europa consiste actualmente en que los gobernantes occidentales han descartado de antemano cualquier intento de formar una Tercera Vía para salir de este escenario de horror y muerte. Para todos los seres políticamente pensantes quienes luchan desesperadamente contra el cerco estadounidense de la llamada «lucha antiterrorista» está empezando una época de represiones y persecuciones. Por eso la famosa frase de George W. Bush de que cualquiera que no esté al lado de Estados Unidos será considerado parte de los terroristas, ha causado mucha preocupación, tanto entre los zapatistas de México, los Sin Tierra del Brasil, del gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, pero también entre los movimientos europeos como Attac, Marchas Europeas y Jubileo 2000.
Es por esto que muchos de los críticos de la globalización están empezando actualmente a formar un nuevo Movimiento de Paz en Europa y los Estados Unidos.
Estas fuerzas de la Sociedad Civil tienen hoy en día una responsabilidad política muy grande, porque sus demandas de una democracia participativa y de una economía solidaria son ahora más necesarias que nunca, si se quiere romper el cerco del horror que los David y Goliat posmodernos han impuesto con sus campañas de venganza. Cualquier niño que se ha peleado alguna vez sabe que la espiral de venganza nunca lleva a la paz. Solamente si los conflictos sociales, políticos y culturales entre el Norte, Oriente y Sur se atacan desde la raíz se podrá sustituir el caos actual por un orden mundial más justo.
Es allí el gran desafío para todos que se han comprometido en América Latina, Europa y Asia de construir «una otra globalización»: seguir promoviendo a través de grandes movilizaciones pacíficas aquellos procesos económicos y políticos que surgirán algún día como las reales alternativas a un mundo en descomposición. Otro mundo es posible. *
(*) Leo Gabriel integra el Instituto Ludwig-Boltzmann para América Latina. Servicio Informativo «Alai-amlatina»
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