La patota de los buenos, atemorizada

Una anónima señora uruguaya, cuyo nombre se omite por razones de seguridad, le cuenta a un cronista de radio, quien le otorga un tiempo desproporcionado en relación a la importancia objetiva de la noticia, cómo y por qué entregó a la Policía una carta recibida en su hogar. La anécdota es irrelevante; el fundamento no, la carta parecía rara.

Martes 23 de octubre de 2001 | 12:00
  • Imprimir
  • Envíar por e-mail

RAFAEL SANSEVIERO* – RAFAELS@MONTEVIDEO.COM.UY

 

“En realidad, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión, pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizás, a la naturaleza humana”.

Hanna Arendt; Eichman en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal.

 

¿Qué provoca esta conducta en los medios de comunicación, en la Policía y en los ciudadanos comunes de nuestro austral suburbio? La respuesta es simple: la primera guerra del XXI (Bush dixit) está instalada en nosotros. Ella condiciona muchas reacciones ciudadanas, pese a que nos estemos acostumbrando a vivir esta guerra como quien soporta una gripe que molesta pero no mata. A nosotros.

Los noticieros nos la sirven, a la guerra, como parte del menú cotidiano y así marchamos, enganchados al tren de los funcionarios especializados de la globalización de la conciencia; global.

A pesar del esfuerzo hecho por múltiples intelectuales de diferentes latitudes geográficas y culturales por desatar un esfuerzo crítico ante la sustancia de los acontecimientos del 11 de setiembre y subsiguientes, la lógica bélica cautiva. Y sin desvanecerse la memoria del horror evidente, brutal, anonadante del derrumbe de las Torres Gemelas, ya se infiltra la amenaza postal, secreta, invisible y, por ello más paralizante aún, de la guerra bacteriológica: por ahora es el ántrax, nuestro antiguo carbunclo.

Por encima de todo raciocinio los medios de comunicación despliegan, estos días, su enorme capacidad de modeladores de la conciencia colectiva. A partir de los mensajes hegemónicos, el terror global se ha difundido como una mancha de aceite. Me autorizo, por su valor expresivo, a transcribir este fragmento de una mirada norteamericana. “Hasta ahora en Nueva York habíamos vivido en una isla de libertad y tolerancia pero desde el 11 de setiembre residimos en una cárcel hecha de miedos y de vigilancias”…. “Pero, claro está, queda la memoria del horror, ahora convertida en puro comercio patriótico, en un arma infalible contra la disidencia y el lado más macabro del Islam. Lo que se han cargado los terroristas ha sido el espíritu crítico en esta ciudad (el subrayado es mío. R.S.) Y quién se atreve a ser el malo de la película en estos tiempos de la tiranía de la bondad norteamericana; y quién se atreve a disentir de la violenta canción patriotera bajo los cantos hipernacionalistas y las músicas militares”.**

Si los sucesos del 11 de setiembre se hubieran cargado el espíritu crítico de una sola ciudad, el daño estaría circunscripto al entorno próximo de los seres humanos que resultaron más brutalmente afectados por el atentado y, en ese caso, el estrago cultural no tendría dimensión planetaria.

Nuestro mundo urbano, es, antes que nada, una comunidad de significados compartidos y hoy, lo que no se termina de racionalizar es la significación de los acontecimientos en que nos vemos precipitados.

Todavía no hay palabras que expliquen esto.

No faltan los intentos. Es que sobran las paradojas y las contradicciones; y la racionalidad occidental (no estoy en condiciones de meterme con otras) no resiste el absurdo ni el contrasentido cuando se trata de construir un sistema de interpretación de su realidad. A es igual a A y por lo tanto no puede ser diferente de A.

¿Cómo explicar entonces, que los antiguos aliados contra los soviéticos se conviertan en el principal enemigo? Apelando a la idea de perversión, de maldad del ajeno a nosotros y nuestros valores.

¿Cómo acunarnos todavía en la utopía del progreso y el ilusionismo de que los avances tecnológicos vinculados a la capacidad de consumirlos, son la clave de la felicidad por siempre jamás, cuando la misma tecnología que nos hace poderosos nos trajo la muerte; a nosotros?

Sin duda la muerte y el terror lanzados sobre los ciudadanos estadounidenses aquella mañana seguirán acompañándonos por mucho tiempo. También durante mucho tiempo nos interrogaremos acerca de los procesos de conciencia que los produjeron, de la misma forma que nos interrogamos sin reposo acerca de tantos episodios de la crueldad humana. Sobre eso no habrá olvido; es seguro. Tampoco debería haberlo sobre los contenidos de tanto discurso, editorial y comentario, inflamados de espíritu guerrero, xenófobo y etnocéntrico. Que nuestra compatriota mande la carta a la policía (esto es, en cana) porque le pareció rara, es mucho más que una casualidad semántica. Es el banal reflejo en el alma de una persona uruguaya, de todo el tóxico intelectual que no abruma desde el 11 de setiembre; desde entonces todo lo diferente está bajo estricta sospecha.

Por eso, cuando se haga el balance de los acontecimientos reales que pasarán en tierras afganas mientras se sacian los apetitos que han desencadenado la guerra, será necesario no limitarse a las toneladas de explosivos que habrán matado a no se sabe aún cuánta gente. Habrá que tener memoria también de los discursos. El horror y los discursos habilitados por los atentados forman una continuidad dirigida a exacerbar y sacar el mayor provecho del miedo a la vulnerabilidad que padece el ciudadano urbano del mundo.

Acostumbrado al confort tecnológico, a las tarjetas de crédito, a una vida reglada y programada aún en medio de la volubilidad e inestabilidad contemporánea, el teleciudadano planetario se transformó, en una proporción significativa con respecto al total, en una patota de buenos asustados, después del 11 de setiembre. Conmovido por el acto criminal de ese día, registra y acepta como un dato de la realidad, sin protesta, las coartadas que el discurso hegemónico inyecta subliminalmente, o no: pagarán justos por pecadores. En Afganistán, y tal vez en otros países, morirá gente, está muriendo gente y seguirá muriendo gente para que todos (nosotros, los mejores, los no musulmanes) tengamos nuestra seguridad. Todos los valores y sentimientos que ligan a la persona con la persona: la solidaridad, la comprensión, el respeto y cultivo de la diferencia, están proscriptos hasta que renazca la seguridad. En la menos agresiva de las versiones un imaginario encogimiento de hombros después de ver las noticias: es muy difícil de entender, por suerte no me tocó a mí. No soy musulmán. Los buenos asustados reaccionan así; como patota. Del pánico a la violencia (ejecutada o consentida), sin pasar por la razón.

Frente a esta realidad cristalizada, el primer movimiento del espíritu, posible y necesario, es, simplemente, decir no. *

(*) Periodista

(**) Dionisio Cañas; Catedrático de la Universidad de la ciudad de Nueva York

  • Imprimir
  • Envíar por e-mail

Comentarios


Domingo 12 de Febrero, 2012
Montevideo, UY
Despejado, 17 °C