MUNICIONES PORTADORAS DE LOS GERMENES PUEDEN PROVOCAR DESASTRE DE PROPORCIONES

Ingleses experimentaron con ántrax durante la guerra

En febrero de 1934 –pocos años después de la firma del Protocolo de Ginebra que prohibía el uso de armas químicas y biológicas– Gran Bretaña inició sus experimentos en este campo, según consignó la agencia AFP desde Londres. El Protocolo no prohibía ni los trabajos con estas armas ni su fabricación. En octubre de 1940, Gran Bretaña centró sus experimentos en armas que pudiesen ser dispersadas en forma de aerosoles, destinadas a destruir principalmente el ganado. En 1942, cuando la Segunda Guerra Mundial causaba estragos y el rumbo del conflicto era incierto, el primer ministro de la época, Winston Chuchill, ordenó que se experimentara con animales.

Para ello se eligió la pequeña isla de Gruinard, en la costa oeste de Escocia, en un escenario magnífico y agreste.

Una pequeña bomba fue cargada en el bombardero Wellington, que la lanzó sobre Gruinard, donde previamente dejaron un rebaño de ovejas.

La bacteria del ántrax se dispersó por la isla y, tres días más tarde, murieron las primeras ovejas. Militares e investigadores llegaron a la conclusión de que las municiones portadoras de los gérmenes de la enfermedad del ántrax podían utilizarse contra poblaciones y convertir a las ciudades en inhabitables «durante varias generaciones».

Tras la prueba, la isla fue puesta en cuarentena inmediatamente hasta que en 1986 el gobierno decidió llevar a cabo un complicado y costoso proceso de descontaminación. Gruinard fue regada con 280 toneladas de formaldehído, un potente germicida, diluido en unas 2.000 toneladas de agua de mar, mientras que en algunos lugares de la isla se extrajo la tierra y se depositó en contenedores sellados.

Para comprobar que la situación era de nuevo normal, se introdujo en la isla un nuevo rebaño de ovejas, bajo vigilancia de un organismo independiente.

En abril de 1990, el secretario de Estado de Defensa, Michael Neubert, viajó a la isla y en un gesto simbólico, retiró la última señal advirtiendo de la cuarentena. Sin embargo, no todo el mundo quedó satisfecho con las explicaciones oficiales y un reputado arqueólogo, Brian Moffat, expresó sus dudas respecto a la eficacia real de la descontaminación.

En una entrevista en el diario escocés Glasgow Herald, Moffat aseguró que durante sus trabajos había hallado esporas de la bacteria del ántrax que habían sobrevivido varios cientos de años. «Yo no iría a pasear a Gruinard», afirmó. El diario Guardián reveló que unos especialistas dispersaron en el metro de Londres unas partículas de polvo parecidas físicamente a las del ántrax, pero inofensivas. Las conclusiones fueron espectaculares: vertidas en la estación de Tooting Broadway, en el sur de la capital, las esporas microscópicas fueron halladas hasta en la estación de Camden Town, unos 16 km más al norte. *

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