Para ir pensando
Por Horacio Buscaglia
George W. Bush en el discurso de ayer, en el que anunciaba el inicio de las acciones contra Afganistán, leyó, como ejemplo maravilloso y paradigmático del sentimiento norteamericano, la carta de una niña de 5 años que, aunque no quiere que su padre vaya a la guerra «está dispuesta a entregárselo a él».
El señor de los aletargados ojos no sólo habla en primera persona cada vez que dice cómo amenazó a los Talibán, cómo los va a derrotar (después dice «nosotros»), sino que ahora se muestra como el dueño de la vida y la muerte de sus «súbditos».
Yo no quiero que mi nieto llegue a pensar como esa niña.
Y hablando de «dueños», mirá este cartel que llevaban en la marcha de las iglesias evangélicas de Montevideo. «No soy dueño del mundo, pero soy hijo del dueño».
Digo yo, con tantos hijos que tiene este señor, ¿no podrán hablar con él para que arregle las cosas? ¿o hicieron como aquella niña de Estados Unidos: se lo entregaron a Bush?
Y ya que estamos en estas cosas de la piedad y el amor al prójimo, veamos la propuesta del doctor Eduardo J. Corso: «A gente que habla otro idioma que no es el del hombre que habita la Tierra es casi imposible ponerla en vereda; cuando se defienden valores diferentes, sólo el exterminio, de uno por uno, hasta el último de los exponentes, serviría para eliminar el riesgo del terrorismo».
¿Qué adjetivo usarán los del Foro para calificar a Corso?
Marceliano Jamioy es senador colombiano de la etnia camtsa del departamento del Putumayo. El Congreso Nacional Indígena consideró que su voto a favor de la ley que regulará las transferencias a las regiones va en contra de sus intereses, y por ese motivo fue castigado a latigazos, según la tradición.
Según ellos dicen, «para que no fuera mentiroso, para que respetara la dignidad de los pueblos indígenas y para que sus actos fueran transparentes».
Uno está para la modernidad, pero hay algunas tradiciones que valdría la pena mantener. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad