"¿Cómo derrotar al terrorismo? Impidiendo que nos aterrorice"

Terror en Nueva York

SALMAN RUSHDIE (*)

 

En esa ocasión señalé que vivir bajo el temor de actos como los pronosticados por expertos en seguridad, podía traer como corolario ceder muchas de nuestras libertades civiles a los guerreros invisibles del mundo secreto. Mi argumento era que las democracias requieren visibilidad, y en la lucha entre la seguridad y la libertad es mejor inclinarse hacia la libertad. Pero el martes 11 de setiembre, lo peor ocurrió. Ellos fracturaron nuestra ciudad. Figuro entre los más nuevos de los neoyorquinos, pero incluso personas que nunca han puesto un pie en Manhattan han sentido profundamente sus heridas, porque Nueva York es el corazón del mundo visible.

Walt Whitman dijo que era «la ciudad de las orgías, de las caminatas y de la alegría», una ciudad «orgullosa, apasionada, loca, extravagante». A esta brillante capital de lo visible, las fuerzas invisibles le han propinado un espantoso golpe. No es necesario decir cuán espantoso. Todos lo hemos visto. Todos hemos sido alterados por lo ocurrido.

Ahora, debemos asegurarnos que la herida no es mortal, que el mundo visible triunfa sobre un mundo encubierto, sólo perceptible a través de los efectos de sus horrendas acciones. Para que nuestras sociedades libres sean más seguras con respecto al terrorismo, nuestras libertades civiles quedarán inevitablemente comprometidas. Pero a cambio de una parcial erosión de las libertades, tenemos derecho a esperar que nuestras ciudades, agua, aviones y niños estén realmente mejor protegidos de lo que lo han sido. La respuesta de Occidente a los ataques del 11 de setiembre será juzgada en gran medida por la seguridad de que vuelvan a sentir las personas en sus hogares, en sus sitios de trabajo, en sus vidas cotidianas. Esa es la confianza que hemos perdido, y que debemos recuperar. Y ahora, la cuestión del contraataque.

Sí, debemos enviar nuestros guerreros de las sombras contra los de ellos, y tener esperanzas de que los nuestros triunfarán. Pero esa guerra secreta, por sí sola, no puede traer victoria. También necesitamos una ofensiva pública, política y diplomática, cuyo objeto debe ser una rápida solución de algunos de los problemas más espinosos del mundo: por encima de todo, la lucha entre Israel y el pueblo palestino por espacio, dignidad, reconocimiento y sobrevivencia. Se requiere que en el futuro exista un mejor criterio de todos los bandos. Y no más bombardeos de fábricas de aspirinas sudanesas. Y ahora que inteligentes mentes norteamericanas parecen haber comprendido que sería errado bombardear al empobrecido, oprimido pueblo afgano en represalia por las fechorías de sus tiránicos gobernantes, también podrían aplicar esa sabiduría, de manera retrospectiva, al empobrecido, oprimido pueblo de Irak.

Es el momento de cesar de hacer enemigos y de comenzar a obtener amigos. Pero decir eso no significa unirse a los ataques que han lanzado ciertos sectores de izquierda contra Estados Unidos, una de las consecuencias más desagradables de los ataques terroristas. «El problema con los norteamericanos es …» o «Lo que necesita Estados Unidos comprender es…» Ha habido gran cantidad de mojigatería y relativismo moral últimamente, generalmente precedidos por ese tipo de frases. A un país que acaba de sufrir el más devastador atentado terrorista de la historia, un país en un estado de profundo duelo y de horrible pena, se le dice, sin compasión, que tiene la culpa por la muerte de sus ciudadanos. («Señor ¿cree que nos merecíamos esto?», preguntó recientemente un trabajador de una cuadrilla de rescate a un periodista británico. La enorme cortesía de «señor» me parece bastante asombrosa). Es bueno aclarar por qué este asalto de los bien pensantes contra Estados Unidos es tan portentosa basura. El terrorismo consiste en asesinar a inocentes. Esta vez fue un asesinato en masa. Disculpar tal atrocidad echándole la culpa a la política del gobierno norteamericano es negar la básica idea de moralidad: que los individuos son responsables por sus acciones. Algo más: el terrorismo no consiste en formular quejas legítimas a través de medios ilegales. El terrorista se escuda en las quejas del mundo para ocultar sus verdaderos motivos. Sin importar lo que los asesinos intentaban lograr, parece improbable que entre sus objetivos figurara alcanzar un mundo mejor. Los fundamentalistas tratan de derribar mucho más que edificios. Esa gente está en contra –para ofrecer una breve lista– de la libertad de palabra, de un sistema político multipartidista, del sufragio universal, de un gobierno responsable ante sus ciudadanos, de los judíos, los homosexuales, los derechos de la mujer, el pluralismo, el laicismo, las minifaldas, el baile, el derecho a afeitarse, la teoría de la evolución, el sexo. Esos son tiranos, no musulmanes. (El islamismo castiga el suicidio. Los suicidas están condenados a repetir sus muertes a través de toda la eternidad. Sin embargo, se requiere un riguroso examen, por parte de musulmanes de todas partes, acerca de por qué la religión que aman genera tantas violentas mutaciones. Si Occidente necesita comprender por qué surgen seres como el Unabomber y Timothy McVeigh, los musulmanes tienen que enfrentar a sus Bin Laden). El secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, ha dicho que debemos definirnos no sólo por las cosas que estamos a favor, sino también por aquello que estamos en contra. Yo quiero revertir esa proposición. Asesinos suicida estrellan aviones contra el Centro de Comercio Mundial y el Pentágono, y matan a millares de personas. Yo estoy en contra de eso. Pero ¿en favor de qué estamos? ¿Por qué objetivos estamos dispuestos a arriesgar nuestras vidas? ¿Podemos coincidir acaso de manera unánime en que vale la pena morir por todos los objetivos que enuncié antes, entre ellos las minifaldas y el baile? Los fundamentalistas sostienen que nosotros no creemos en nada. Ellos tienen certezas absolutas, en tanto nosotros estaríamos sumergidos en indulgencias sibaríticas. Para demostrar que están equivocados, primero debemos saber que están equivocados. Tenemos que decidir qué es importante para nosotros: besarse en sitios públicos, tener opiniones diferentes, literatura, generosidad, agua, una distribución más equitativa de los recursos mundiales, cines, música, libertad de pensamiento, belleza, amor. Esas serán nuestras armas. Los derrotaremos, no haciendo la guerra, sino eligiendo vivir sin temores. ¿Cómo derrotar al terrorismo? Impidiendo que nos aterrorice. No hay que permitir que el temor gobierne nuestras vidas. Incluso si estamos asustados. *

* (Escritor indio nacido en Bombay el 19 de junio de 1947. Autor de la novela «Los Versos Satánicos»)

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