Hoy Juceca

¡JA!

Al entrar al consultorio fue derecho al diván, pero no se acostó sino que se quedó sentado en la orilla. El terapeuta lo anima.

–¿Y, cómo va?

–¡Ja!

Quiere ver cierto interés en la mirada del otro pero el otro lo mira como a nada y él se queda en silencio. Lo prolonga. Lo mantiene. Cruza la pierna derecha sobre la izquierda. Se mira las manos, se observa las uñas como si temiera tenerlas sucias, carraspea como para hablar pero no habla. Suspira y cambia el cruce de pierna, la incomodidad va en aumento, espera que el otro diga algo pero el otro está en la misma. Piensa que aquello es como jugar un serio donde el primero que hable pierde, y no quiere perder, no quiere perder más, al menos no quiere perder esta vez, pero se descuida y se le escapa otro «Â¡Ja!». Eso no fue hablar, no se puede considerar un punto perdido así que lo ignora. El otro también parece ignorarlo. Ignoró el «Â¡Ja!» inicial y también este que se le escapó y que pudo aprovechar porque un «Â¡Ja!» no es mucho pero en estos casos es algo, y ahora pareciera ignorarlo también a él, pareciera que está pensando en otra cosa, en sus cosas, en sus problemas, en su mujer o su amante o en ambas, o en dejar pasar la hora, esa hora mocha y absurda de cincuenta minutos, sin duda el tipo anda en algo fuera de ese consultorio donde él está sentado en silencio, en un silencio del que ahora no puede salir, no sabe cómo ni con qué salir. Pasan los minutos. Cuando nota que se le durmió la pierna cruzada está a punto de quejarse pero en ese momento el doctor mira la hora y se para.

–La seguimos en la sesión que viene.

Al bajar en el ascensor siente el hormigueo en la pierna y sacude la cabeza como diciendo: ¡Ja! *

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