La claustrofilia, una nueva enfermedad en las megaciudades

El fin de los boliches y otras patologías urbanas

JUAN MENDIETA *

 

Mucho se habla desde hace un tiempo de las patologías sociales vinculadas con las grandes urbes (o megaciudades, para emplear una palabra de lo más culta), es decir esos conglomerados humanos que parecen fuera de escala y que objetivamente se diría que han rebasado los límites más o menos inciertos que separan a una ciudad vivible de un leviatán hostil.

El progreso, el éxito, el lucro, son las metas tras las cuales corren enloquecidas las hormiguitas humanas cada vez más numerosas y neurotizadas. Los sociólogos –y los psicólogos sociales– han acuñado el término claustrofilia para definir un sentimiento que padecen los habitantes de las megalópolis y que vendría a ser algo así como lo opuesto a la claustrofobia (la aversión patológica al encierro), y que debe entenderse como el gusto morboso de estar encerrado. Las ciudades se han vuelto hostiles y así lo perciben sus habitantes, quienes no encuentran sosiego sino al amparo de las paredes del hogar.

Los seres humanos –al igual que muchas otras especies animales– son esencialmente gregarios. Los Robinson Crusoe, los ermitaños y anacoretas son casos aislados y excepcionales, pues desde los tiempos más remotos, hombres y mujeres se agruparon en distintas formas de organización social (hordas, tribus, clanes, etcétera).

Las ciudades que empezaron a aparecer en el Neolítico ofrecieron una forma de vida que –con las obvias transformaciones que ha sufrido la Humanidad– se mantuvo hasta nuestros días. La vida en las ciudades significó casi el estado ideal de convivencia humana pues éstas ofrecían a sus pobladores la protección necesaria tanto contra enemigos como contra salteadores de caminos o bestias salvajes; brindaban la seguridad que la campaña no podía ofrecer. En ellas estaba la posibilidad de preservar la intimidad de cada familia en la medida que cada familia tenía su hogar –su casa, su más– al tiempo que en las plazas, mercados, tabernas y lugares públicos en general se desarrollaba la vida social de la comunidad. Con el paso del tiempo se fueron incorporando servicios, distracción, comodidades y confort que significaron un poderoso atractivo para hombres y mujeres. Sin embargo, la piqueta fatal del progreso –además de destruir el murallón del Barrio Sur y llevarse «mil recuerdos queridos»– fue demoliendo paulatinamente los factores que posibilitaban la vida gregaria. Todos los elementos que propiciaban la vida de relación fueron desarticulados, y las innovaciones tecnológicas –paradojalmente en rubros comunicacionales– tendieron a aislar a los individuos unos de otros. Televisión, vídeo, TV cable, Internet, actúan como desestimulantes del sentimiento gregario. Ello, sumado al ritmo febril de la vida moderna en que el tiempo es oro, terminó definitivamente con las tertulias en los cafés, con la fraternidad del boliche.

Ya en los años sesenta, Charles De Gaulle percibía la decadencia de la cultura francesa y la atribuía al hecho de que las ciudades estaban quedándose sin bistrots. Entendía el estadista francés que los cafés eran el lugar adecuado para aguzar el ingenio, para confraternizar, para reflexionar junto al prójimo, para desarrollar ideas.

Uno de los cuentos más memorables de don Paco Espínola –‘¡Qué lástima!’– trata de la relación que establecen dos desconocidos una noche de copas. Una relación que va convirtiéndose de cordial en amistosa y en definitivamente fraternal. El relato transcurre en un bar de los suburbios de algún pueblo, y es impensable que una amistad como ésa pueda surgir chateando por Internet…

Parece que ya no podrá hablarse de revolucionarios de boliche: fueron remplazados por los yuppies de pub. Pero no se trata sólo de añorar esos boliches «amarillos de sueños perdidos», según la acertada expresión de Ignacio Suárez. Se trata de advertir que cuanto más se avanza en comunicaciones electrónicas, más se ha ido perdiendo la comunicación natural, la cotidiana, entre los seres humanos. Hoy en día, puede usted ir de compras al supermercado (obviamente, puesto que ya no existen la panadería, el almacén ni la carnicería de la esquina, donde los vecinos podían intercambiar sus sencillas preocupaciones domésticas o ventilar sus comentarios políticos y deportivos) puede usted ir al supermercado, decía, sin necesidad de hablar, sin emitir sonido alguno, a solas con su neurosis; escoger en silencio lo que necesita, pagar y volver a casa. A lo sumo puede usted desear los buenos días a la cajera; pero como el saludo es una práctica bastante devaluada –seguramente porque distrae de la audición de la radio a la que cada uno está conectado mediante auriculares que lo aíslan del mundanal ruido– puede uno obviar incluso esa obsoleta costumbre de saludar. Nadie va a ofenderse por ello porque en las grandes aglomeraciones urbanas ha caído en desuso el saludo entre vecinos, práctica que aún perdura en pueblos y ciudades chicas del Interior.

–¿Qué me dice, Pereira: está de acuerdo o no?

–Totalmente, Mendieta. Pero la verdá que yo pensé que la claustrofilia era fornicar en el claustro de un convento…

–¡Qué lo parió! *

* Periodista de LA REPUBLICA

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