Diario íntimo de Fulano
Estoy tirado en la catrera mirando el techo, lo que me causa un gran dolor en el cuello ya que estoy boca abajo.
Siempre me ha resultado extraño que se tome a la boca como punto geográfico del cuerpo cuando se quiere decir que uno está culo para arriba.
Al ombligo, por ejemplo, casi nunca se lo elige como punto de referencia. Salvo que se quiera decir que hay un exceso de uno mismo. Claro que a uno le resulta muy difícil darse cuenta que uno está siendo mucho.
Me levanto de la cama y camino en ocho dentro de la pieza para evitar que ciertos estados de ánimo se agrumen y solidifiquen. Algunos de estos estados son peores que la salsa blanca. Del color ni hablemos.
Una media sucia se trepó hasta el respaldo de la silla y espera, agazapada, que me acerque para atacarme. Lo noto en sus gestos aunque ella quiera disimular. Le arrojo un zapato y se hacen amigos.
Entre ellos se comprenden. Ãl la convence de meterse debajo de la cama.
Me quedo más tranquilo. Pero no soy un gil, sé muy bien que la radio está esperando que me distraiga para encenderse y colgarme en la oreja la voz de Brezzo. La distraigo silbando un tango que le gusta y le extirpo la corriente de un tirón.
La puerta cruje o ronronea, no logro discernir la diferencia entre una cosa y otra cosa, lo mismo me pasó cuando tuve que elegir entre aquello otro y no sabía si era eso o era esto.
Como no tengo ventana la puerta se envalentona, le parpadea el ojo de la cerradura y el picaporte señala para otro lado como restándome importancia, pero yo sé que me está esperando.
Si le permito que me siga restando importancia voy a perder toda trascendencia y consideración. Sorpresivamente salgo corriendo y logro abrir la puerta unos centímetros que me permiten ver más allá.
Eso me basta para resistir unas horas más.
Miro de reojo y el techo sigue estando allí. Arriba. *
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