Para las antigüedades, "no hay un público exclusivo"
Janet Godoy – Vendedora de antigüedades
odo lo imaginable se encuentra en esa esquina. Viejas máquinas registradoras, de escribir, de picar carne, de hacer chorizos, de rallar queso, un mástil con la bandera uruguaya, una vieja bañera, teléfonos antiguos, molinos de café, de pimienta, prensas de vino, bombas antiguas… es imposible enumerar los artículos que en Dámaso A. Larrañaga y José Pedro Varela están a la venta. Janet Godoy está al frente del negocio junto a su marido Jorge. Se instalaron en ese lugar siete años atrás, pero llevan bastante tiempo más en esa actividad.
Su esposo era repartidor de leche, en un carro abastecía a la zona de Carrasco, pero eso fue hace muchos años, cuando aún se permitía esa ocupación. Al quedar la familia sin ese medio de vida decidió poner un negocio en su propia casa, en la Curva de Maroñas. Ahí ofrecían cosas antiguas y materiales de construcción. Como medio de ayuda al presupuesto Janet se empleó como operaria en Burma, pero el oficio de madre la hizo abandonar la fábrica de tejidos de punto cuando nacieron sus gemelas.
Con el tiempo el negocio de la venta creció. Sumaron artículos de campo que encontraban en desuso en estancias. La casa quedó chica y se instalaron en el cantero frente al terreno donde hoy tienen el puesto. Con la intención de expandirse cada vez más, pidieron permiso a la Intendencia para ocupar el terreno que en ese entonces era un basural, en manos de hurgadores que clasificaban allí su recolección. El paso siguiente, después de obtener la habilitación municipal, fue comprometerse con la gente de la canchita de fútbol a mantener limpio el lugar. Después de todo esto, el negocio quedó «legalmente» instalado.
–¿Además de vender también compran mercadería?
–No, se toma todo a consignación. La gente trae cosas que tiene en desuso y que a nosotros nos sirven porque ahora están de moda. También sucede que dejan artículos porque necesitan el dinero y quedan acá a ver qué pasa.
–¿Qué es lo que más se vende?
–No se puede decir una cosa, tenemos de todo y la gente busca lo que precisa, desde un water para el baño de la casa hasta una carretilla de campo.
–¿Y qué tipo de personas viene?
–No hay un público exclusivo. Los compradores son de todas las clases sociales, es muy variado. Le vendemos mucho a turistas, pero también a gente que no puede comprar cosas nuevas y encuentra aquí algo de segunda mano en buen estado y a un precio accesible.
–¿En cuánto oscilan los precios?
–Hay artículos de cincuenta pesos, hasta un barril que puede costar 400 o una reja que llega a 600.
–Las ganancias que se obtienen ¿alcanzan para vivir?
–Relativamente sí. No todos los días se trabaja de la misma manera, hay que reponer constantemente. Es difícil la situación porque esto no es estable. Hoy estamos y mañana no sabemos, si cambia el gobierno puede pasar que nos quiten el permiso y en ese caso tendríamos que ir a vender a la feria. Acá ya nos conocen estamos siempre y es un lugar de referencia al que el público sabe que puede venir cualquier día y nos encuentra.
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