Entre la miseria y la mendicidad

Clara Silvera (63) recibe una pensión de mil pesos por incapacidad física. El magro ingreso, sumado a la jubilación de su esposo, apenas le alcanza para cubrir el alquiler. «Desgraciadamente venimos a mendigar. Tengo dos hijos grandes, pero no nos pueden ayudar debido a la situación económica en la que se encuentran. A mi edad y con los problemas físicos que tengo ni siquiera puedo hacer changas de limpieza. Es triste, pero es así», sostuvo.

María del Carmen Echugue vive en Progreso, Canelones, tiene 30 años y es madre de cuatro niños. Para lograr una de las cien canastas de alimentos no perecederos que se entregan todos los martes, debió levantarse a las 4 de la mañana. Desde hace siete meses, su marido, un obrero de la construcción, pasó a engrosar la larga lista de desempleados.

«Estoy desde las 8 de la mañana tomando mate, sin comer nada, esperando recibir una canasta. Mi esposo se queda con los niños y yo vengo a retirar la canasta. El problema es que cada vez es más la gente que viene en busca de alimentos, por lo que debemos levantarnos de madrugada si queremos recibir algo», señaló María del Carmen.

Gladys Norma Viaga (43) espera expectante la entrega de una canasta. Según sus propias palabras llegó a la sede de la Cruz Roja a la medianoche del lunes y, literalmente, debió acampar hasta el mediodía del martes. «Pero no me queda otra, confiesa, soy viuda, tengo tres hijos y el mayor, Ernesto, de 12 años, está bajo tratamiento psiquiátrico. Mi situación es muy difícil». *

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