o se acostumbra a Montevideo, no conoce los shoppings, ni le interesan las computadoras. Prefiere las ferias y el trato cara a cara. No entiende por qué la gente de la capital vive tan apurada y corre todo el tiempo. La ciudad la retiene sólo por una razón comercial, es su medio de vida durante la mayor parte del año. Si pudiera elegir no vendrÃa nunca.
Teresa Quevedo nació en Salto. Se recibió de docente y trabajó con preescolares, ya en Montevideo. Su marido también trabajaba con niños, pero con una camioneta de transporte escolar. Desde que se casaron soñaron con vivir en el Interior. HacÃan planes y coincidÃan en que Rocha serÃa el lugar. Las cosas se dieron de golpe, coincidió con que su hijo se recibió de guardavidas, algún quebranto de salud y los problemas laborales que hacÃan cuesta arriba salvar el presupuesto familiar. Asà que llegó la hora de decir basta. Hicieron las valijas, abandonaron sus ocupaciones y decidieron irse a La Paloma, a hacer una vida totalmente distinta, a fabricar artesanÃas y vivir de la venta de ellas.
Al principio permanecÃan todo el año en el balneario, pero el invierno reducÃa cada vez más las ventas y se les ocurrió, sacrificio de por medio, pasar la temporada baja en la capital. Primero probaron en la feria de Piedras Blancas, donde Teresa se sentÃa muy a gusto, pues cuenta que allà la gente valoraba mucho su trabajo, después un amigo del esposo les ofreció instalar el puestito en el Puerto del Buceo. Idea que enseguida sedujo a la artesana, pues aunque no es océano está cerca del mar. Hubo también otras ofertas, como el Mercado del Puerto, pero ella dice que ni lo consideró, porque extrañarÃa más esas pequeñas cosas que le recuerdan su lugar, como el viento, el ruido de las olas y los temidos temporales a los que está acostumbrada pero que aún le dan miedo. Cuenta además que añora algo más importante que el lugar, a su hijo que, si bien ya es grande e independiente, necesita llamarlo cada poco para saber si está bien, y a ese gran danés llamado Luka, “que es los ojos de los tres”.
–Sus artesanÃas son exclusivamente hechas con elementos del mar ¿cómo los obtiene?
–Recogemos la mayorÃa en la playa. Vamos a la Barra del Chuy, Santa Teresa, Punta del Diablo, Valizas. Los caracoles grandes los compramos a los barcos. Es importante saber en qué playa y en qué época se encuentra cada cosa.
–¿Por medio de ellos representa cosas tradicionales de la cultura uruguaya?
–SÃ. Es lo que intentamos lograr. Hacemos gauchos, figuras del candombe como la mama vieja o el tamborilero. Tratamos de representar lo nuestro. También hacemos otro tipo de cosas como souvenirs, lámparas, cuadros, barcos. Pero utilizando sólo materiales extraÃdos del mar.
–En los cinco años que llevan en Montevideo no sólo venden, también dan cursos ¿en qué consisten?
–Con mi esposo vamos a los colegios a enseñarles a los niños a realizar una artesanÃa. Llevamos materiales y durante toda una jornada escolar nos dedicamos a realizar con ellos algo de lo que vendemos en el puesto. Además les explicamos cada uno de los frutos del mar y se los mostramos. Es una experiencia muy linda, los chicos se entusiasman mucho y las maestras también. Lo único que le cobramos a la institución es el costo de una artesanÃa. *
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