La salud al alcance de todos… los ricos

GIOVANNI BERLINGUER Y EDUARDO MISSONI (*) – ROMA, IPS

 

Pero en los últimos años el proceso se ha invertido y se están registrando retrocesos en el cuidado de la salud y la esperanza de vida.

En los países más ricos la longevidad media se acerca actualmente a 80 años, mientras en muchos países de Africa subsahariana es inferior a 40 años, lo que indica un retroceso neto en el último decenio.

La mortalidad infantil en los países subdesarrollados era a comienzos de los años 70 cinco veces superior a la de los países avanzados; treinta años después en algunas naciones europeas la mortalidad infantil es de 3 por mil y en algunos países africanos de 150 por mil (50 veces superior).

Se estima que casi 900 millones de personas no tienen acceso a servicios sanitarios esenciales. Y en los países ricos, los enfermos de VIH sida disponen gratuitamente de medicinas eficaces, mientras en los países pobres a los enfermos de VIH sida se les niega esta posibilidad (de sanar y de vivir).

Junto a estos indicadores hay que considerar las notables diferencias que se observan dentro de numerosos países. En China, por ejemplo, las reformas macroeconómicas han traído aparejadas crecientes desigualdades en el campo de la sanidad, por efecto combinado de la reducción de la asistencia pública en las áreas rurales y del ensanche de la brecha entre prosperidad urbana y pobreza rural. En Tanzania, donde la escolaridad era gratuita, numerosos niños y adolescentes han debido abandonar las aulas para trabajar en plantaciones o en minas, con graves consecuencias para la salud. También en los países desarrollados se observan disparidades endémicas. Por ejemplo en los EEUU los jóvenes negros tienen una esperanza de vida mucho más breve, no sólo que sus compatriotas blancos, sino asimismo que los jóvenes de muchos países pobres, como los del paupérrimo Bangladesh.

Paradójicamente, los progresos de las técnicas biomédicas se vuelven cada vez más selectivos, sea porque las investigaciones privilegian los sectores en los cuales el mercado puede remunerar más fácilmente a la industria y a los investigadores, sea porque sus ventajas se distribuyen cada vez más en función directa de la capacidad económica.

Allí donde las enfermedades son más graves y letales, las medicinas son más inaccesibles. En los últimos veinte años se han modificado sustancialmente los paradigmas sanitarios adoptados por la comunidad internacional y por gran parte de las naciones en la última posguerra. Resumimos a continuación las múltiples formas que, en el marco de tendencias comunes, han asumido las nuevas opciones.

–En vez de considerarse a la salud colectiva como un multiplicador de los recursos humanos y una finalidad primaria del crecimiento económico, prevalece la idea de que el costo de la sanidad pública es un impedimento al desarrollo y que es necesario achicar esa carga o transferirla a los ciudadanos.

–En vez de reconocerse la universalidad del derecho a la salud, se la niega en el plano filosófico y en la práctica. Por el contrario, se propaga el credo del «conservadurismo compasivo» (George Bush) que consolida las diferencias existentes y reduce la intervención pública, que se delega preferentemente a organizaciones confesionales o privadas.

–En vez de desarrollar el modelo de prevención y de cura más eficaz en el plano social (el de la asistencia primaria y de la programación pública de las prioridades), se está reforzando la tendencia a privilegiar la oferta de servicios con alta tecnología dirigida a un mercado pequeño pero seguro, incluso en los países menos desarrollados.

–En vez del reconocimiento de las concepciones integradoras del ser humano y de sus relaciones con la salud, el ambiente y la sociedad, se imponen visiones limitativas: se pasa de los sistemas sanitarios a los sistemas de asistencia médica, de la multiplicidad de los factores colectivos de enfermedad a la consideración casi exclusiva de los factores personales (genes y estilos de vida), de la multiplicidad de los factores en materia de salud (recursos humanos, modificaciones ambientales y laborales, instrucción, solidaridad) al enfoque exclusivo en los recursos monetarios y de la distribución equitativa de los medios terapéuticos a un «racionamiento» que implica una elección arbitraria sobre quién tiene o no tiene derecho a vivir.

–En vez de mantenerse el ideal que maduró sobre todo en el siglo XX de que la salud en el mundo es indivisible, se afirma la idea de que se puede progresar dejando librados a su suerte a los pueblos y los sectores que sufren la mayor carga de las enfermedades.

La transformación de estos paradigmas se ha realizado paralelamente al traspaso del papel de guía de las políticas sanitarias por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en favor del Fondo Monetario Internacional, la Banca Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC), con dos metas: colocar en un segundo plano o dejar sin efecto los compromisos anteriormente establecidos en materia de prevención (como sucedió con la acción de la OMC en pro del «libre comercio» de los productos del tabaco) y convertir el derecho universal a la asistencia sanitaria en un gigantesco negocio universal.

El sector público, y con él los más pobres y débiles, está condenado a perder gravitación bajo el gobierno global. Aun con todas sus imperfecciones, el sistema de las Naciones Unidas –y la OMS en el área de la salud– es la única institución que cuenta con legitimidad moral para representar a todos los países del mundo y para gobernar el proceso de globalización de acuerdo con los intereses del conjunto de la humanidad.

(*) Giovanni Berlinguer es presidente del Comité Nacional Italiano sobre Bioética y Eduardo Missoni es experto en cooperación internacional. *

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