Retratos urbanos

"Soñaba todas las noches que me tiraba"

María Leda Torres – Primera mujer paracaidista

 

uando acordamos la entrevista aceptó entusiasmada, dice que le encanta hablar del tema. Es una mujer simpática que con sus 72 años aún se emociona y se entristece al recordar la época, hoy lejana, en la que pudo realizar su sueño. Ese que la obsesionaba hasta el día en que por fin con su paracaídas, saltó de un avión Pipper y sintió la maravillosa sensación de volar en el espacio. Ese sueño le costó una lesión en el peroné que aunque dolorosa, no le impidió a los quince días, con algunas vendas y mucho disimulo, volver a saltar.

Mientras relata los dos años en que experimentó la libertad de desplazarse en el aire, su hija la interroga y parece no cansarse de escuchar la historia de quien fue para la época una heroína del espacio. Conserva álbumes de fotos y varios recortes de diarios de aquellos años (la foto de esta nota fue portada de Mundo Uruguayo). La tía, que también participa de la reunión, mira cada foto como si fuera la primera vez. Es que Leda tuvo una audacia inusual para su tiempo, atreviéndose a hacer lo que muchos hombres no se animaban. Era feliz cuando se tiraba de los aviones, pero tuvo que abandonar su afición por un novio celoso que temía perderla y no llevar al altar a la mujer que le dio el sí, después de cinco años de reiteradas negativas.

–¿Cómo se le ocurrió practicar este deporte extremo?

–Fue en 1949, yo estaba por cumplir 19 años. Acá no se hacía paracaidismo deportivo. Mi hermano era amigo de Alejo Rodríguez que era instructor y traía los paracaídas para limpiar y reparar en el jardín de casa. Entonces a mí me empezó a trabajar la cabeza, soñaba todas las noches que me tiraba y volaba en el espacio. Veía que Alejo se tiraba y decía por qué no estaré yo ahí. Hasta que un día le pregunté si yo podría ser paracaidista y me respondió: «Claro, si te dan permiso».

–¿Fue difícil que se lo dieran?

–Con mi padre no, le pedí y enseguida me dijo que sí. Pero mi madre se oponía, decía que estaba loca. Adelgazó mucho con los nervios que pasaba. Con papá fue más fácil porque él corrió carreras de auto, tenía cierto estilo de audacia y vértigo. Yo siempre lo acompañaba y creo que de ahí me nace.

–¿Cómo empezaron las prácticas?

–Las primeras prácticas las hacíamos desde arriba de la azotea, o de la terraza. Para acostumbrarnos a caer elásticamente y flexionar las rodillas.

–¿Qué sintió la primera vez que saltó?

–Huy, es impresionante. No sentís que caés, sino que es la tierra la que sube. Yo le dije a Alejo que los paracaídas eran muy chicos y le propuse abrir también el de auxilio, para que el golpe no fuera tan fuerte. Nos dábamos porrazos de cinco metros de altura. Y bueno probamos y fue divino, caía parada, amortiguaba el golpe.

–¿Por qué abandonó?

–Empecé a hablar con mi marido, él no sabía quién era yo. Se enteró por el cuñado y no podía creer. Lo más cómico es que unos meses antes vio una revista con una foto mía y de Margot Feliche que empezó a practicar conmigo, y le dijo a un amigo: «Mirá, estas locas ¿sabrán lavar un piso?». El decía: «Estuviste cinco años para decirme que sí y ahora te vas a matar. Tuve que elegir entre el matrimonio o el paracaidismo.

–¿Se arrepiente?

–No. Me hubiera gustado seguir, pero yo también quería tener mi hogar e hijos. *

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