Mujeres de Palestina
La vida, la única propiedad palestina, todo el resto ha sido aplastado por las excavadoras israelíes que destruyen lo que para esa gente significó el trabajo de una entera existencia. Y a ella renuncian hoy jóvenes de veinte años envolviéndose en dinamita, para que el mundo comprenda lo que significa la desesperación.
Las imágenes se tomaron seguramente un día cualquiera, cuando ellas se despertaron como siempre, a las cuatro, con la voz del muecín que llamaba, desde los altavoces de todas las mezquitas, para recitar el salat, la primera oración del Corán; arrodilladas en alfombras mirando a la Meca ellas habrán repetido los bellísimos cien nombres del Profeta. Después, hacinadas en su barraca (cada una tiene más o menos doce hijos) habrán preparado el «kesra» esas tortas de harina que llenan las barrigas sin comprometer la economía familiar. El agua calentándose anticipa el sabor perfumado del «chai» a la menta, el té que forma parte del rito del amanecer; más tarde comienzan a preparar la «chorba», la sopa que admite cualquier resto de comidas anteriores. Algunas prefieren «elfetat», el crepe sin huevos, la situación no está para lujos, para eso están los domingos, cuando se toma el «brikalouef», el pan sutil con el huevo dentro. Mientras tanto llegan las nuevas horas de oración, los palestinos en particular y los árabes en general, no dejan de pensar en Dios en todo el día. Y la ropa que lavar a orillas del mar…
Esas fotos fueron tomadas antes de la «Intifada», que significa revolución, ahora estas mismas mujeres, cubiertas con el «abaa» negro hasta los pies, lloran a sus hijos, niños y adolescentes asesinados por tirar piedras. Tiene gracia, metralletas a repetición, fusiles automáticos, carros de combate, tanques de artillería, misiles Tomahawk Cruisers, todo contra piedras del duro suelo de Palestina, arrojadas por críos, recogidas en esa tierra polvorienta que vio el pisar leve de las sandalias de Jesús de Nazareth y de Pedro, el pescador.
Esas fotos fueron tomadas antes también de la visita de Sharon a la Mezquita de Al Aqsa, el autor de la matanza más repugnante de la historia reciente: 8500 mujeres, niños y ancianos en Sabbra y Chatilla, él consiguió lo que quería, cuando entró en la explanada, el principio de un baño de sangre de la cual parecía sediento. Ese hombre que siempre tiene prisa y camina con pasos largos ignora que por más que se apresure está yendo hacia ninguna parte.
Raida Taha, la ex secretaria de Arafat, ha dejado de bailar la danza del vientre, algo en lo que es maestra. Las escuelas están cerradas y los niños pasan el día en la calle tirando piedras. Ya no tienen dónde vivir.
Ellas, esas mujeres a las que se les ha quitado todo, incluso el agua (los palestinos tienen prohibido excavar en profundidad para buscarla, sólo pueden hacerlo a poca profundidad y ¿será una casualidad que las alcantarillas israelíes vayan a dar en el agua de los árabes? Pero ellas con o sin agua son aún capaces de estar en el fogón y en el campo de batalla. La mujer del embajador palestino en Madrid era la más maravillosa cocinera que conocí nunca y la más dulce y abnegada de las madres. Cuando lo comenté con Arafat, me dijo: No sólo eso, es una de nuestras más valientes combatientes. Me quedé de piedra. Y Leila Jaleb, que logró secuestrar un avión inglés, su nombre, en Europa era pronunciado con terror, en Medio Oriente con adoración. E Intissar Al Wazir, viuda de Abu Yihad, asesinado por el Mossad que escapó a una emboscada saltando por una ventana con su bebé en brazos y fue sacada de Siria por un Arafat preocupado por ella, a tal punto de pasar toda la noche rezando y sólo pudo articular la primera frase cuando pasaron la frontera al amanecer.
En las imágenes también está Suha Tawill, la ex esposa del líder. Se retrata con su pequeña, en una época cuando las desavenencias aún no habían comenzado y esperaba a su marido el día de Navidad, sin saber si él les haría el honor de acompañarlas en esa fecha tan importante para ella, devota católica. Hoy, el amor de su juventud ha desaparecido, Suha ha crecido interiormente mirando a otra mujer, Hillary Clinton, abandonó el tono humilde y adorante con el cual se dirigía a su Dios y marido. Su declaración de principios se llevó por delante su matrimonio y ella se ha marchado a París dejando en Palestina los restos de su pasión por Arafat, los momentos felices de aquel matrimonio realizado en secreto a finales de 1991. Mientras su madre, la bellísima periodista Raimonda Tawill, declara que Arafat no es el marido ideal para su hija, sin reconocer que fue ella la que impulsó al vínculo. Suha encuentra en la capital francesa sus recuerdos, su Sorbonne en donde estudió. Y sobre todo está lejos del dolor aunque lo lleve dentro, después de haber convivido con Arafat ya no puede desvincularse de sus sueños, de su lucha contra la injusticia.
Pero todo puede ser modificado, y todo es posible, incluso algo tan descabellado como la paz: ¡Alá Ackbar! (¡Alá es grande!) *
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