JEFE DE FAMILIA PONE EN VENTA SUS ORGANOS

El último recurso de Florencio

He tomado la decisión de ofrecer mis órganos para quien los necesite a cambio de un techo, comida y estudios para mis hijos, hasta que ellos puedan valerse por sí mismos», señala Florencio, flanqueado por sus hijos, mientras su mujer lo observa en silencio.

Y agrega: «No tengo más nada para vender y estoy dispuesto hacer esto mientras tenga fuerzas. No nací para ser delincuente. Me gusta vivir dignamente de mi trabajo como siempre lo hice y no quiero ver a mis hijos hambrientos, sin estudios o delinquiendo en la calle».

Meses sin trabajar

El relato de Florencio, un obrero de la construcción desocupado desde hace 17 meses, es apenas una muestra de la crítica situación padecida por miles de familias uruguayas que ni siquiera pueden hacer frente a las necesidades básicas como forma de supervivencia.

Su último trabajo, como capataz de obra en la Escuela de Profesorado en Atlántida, finalizó en diciembre del 99.

A partir de ese momento comenzó, junto a su familia, un largo periplo en busca de empleo. Una espiral descendente, pautada por algunas changas ocasionales a cambio de unos pocos pesos o un plato de comida.

Para colmo, la empresa empleadora no realizó los aportes al Banco de Previsión Social por lo que, junto a otros ocho operarios, jamás vio un peso de licencia, salario vacacional, horas extras y despido.

Dos justicias

El hecho fue denunciado al BPS y al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, pasando luego al Juzgado de 10º Turno en lo Civil con el expediente Nº221/2000. La primera audiencia fue fijada para el próximo 20 de noviembre.

«Aquí hay dos justicias –señala Florencio, sin ocultar su impotencia–: una vertical y tajante para los pobres y otra lerda y perezosa para los ricos. Si yo robo un pan para darle de comer a mi familia voy preso enseguida. Estos señores tienen total impunidad».

La situación de la familia, integrada por su mujer y tres hijos de 15 y 16 años, es harto difícil: debe un año de alquiler y le cortaron los servicios de agua, luz y teléfono.

Mientras golpeaba puertas que nunca se abrieron en busca de un empleo, debió vender lo poco que le quedaba para poder sobrevivir.

«He buscado trabajo por todos lados y es como buscar una aguja en un pajar. Quizás algún día los gobernantes de turno se den cuenta de lo que pasa y que hay cosas que no pueden esperar», sostiene.

Barranca abajo

Florencio dice ser consciente que la venta de órganos está prohibida y, por lo tanto, configura un delito. Pero también dice no tener otra alternativa y que, incluso, está dispuesto a poner en juego su libertad y hasta su vida, antes que su familia se muera de hambre.

«Sé que muchos van a juzgar mi actitud –reconoce el hombre– pero sólo yo sé lo que se siente estar preso en libertad. Es obvio que aún quiero vivir, pero de forma digna. Y si no lo puedo hacer trabajando, al menos me iré con la dignidad de haber denunciado esta realidad que como a mí, golpea a miles de uruguayos. Tal vez algún día le cierren los números al ministro de Economía de turno, aun a costa de los trabajadores».

Florencio insiste: «Mi ofrecimiento es para cualquier persona que necesite salvar la vida de un ser querido y, a la vez, poder salvar de la miseria a mi familia». *

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