Y todo por el bien de los pobres
Cuál es la razón? El llamado «síndrome de Seattle», o de Göteborg, la presencia de manifestantes antiglobalización que entran en escena venidos no se sabe muy bien de dónde, convocados no se sabe por quién –acaso a través de Internet– para gritar su protesta e indignación por las injusticias cada vez que los «grandes del mundo» se reúnen, inocentemente, para conversar y dialogar.
Hemos podido comprobar que ha sucedido lo mismo en Seattle, en Praga, en Niza, en Canadá o en Göteborg, donde George W. Bush ha dado muestras de su desafortunado gracejo. O estos días en Génova, en el encuentro «puro y candoroso» del G-7 o G-8, en el cual el «directorio de los ricos» se ha reunido –nos han dicho– para tratar de lo que nos conviene y nos concierne: de la pobreza, de las grandes epidemias, del medio ambiente, de la desigualdad… ¿Será como ellos dicen? Se han reunido ahora –nótese bien– no sin antes haber adoptado excepcionales medidas de seguridad, una seguridad que no ha podido evitar la presencia de la muerte en esta bella ciudad en el golfo de azul profundo del mar Tirreno.
La intrincada madeja urbana del centro histórico se ha escudriñado a fondo y se ha dividido en zonas separadas por gruesas barreras detrás de las que se parapetaban más de 15.000 policías antimanifestación, armados hasta los dientes, dotados de munición real y de caucho, con granadas de gases lacrimógenos y cañones de agua. Y con el puerto vigilado constantemente por lanchas patrulleras y –como novedad– buceadores antiterroristas.
Pero nada de todo ello parece suficiente para garantizar la tranquilidad de los ilustres visitantes. Berlusconi decidió que la reunión del G-7 se celebraría en un envoltorio de lujo bautizado, simbólicamente, como «European Vision». En cuanto al aeropuerto –no vaya el diablo a armarla– ha sido equipado con misiles tierra-aire instalados para la ocasión. Y, atención –la legalidad cuenta en estos asuntos: han sido suspendidos, durante una semana, los acuerdos de Schengen.
Diríase que un complejo de temor ha alcanzado al «directorio de los países ricos», que entiende que debe reunirse en propiedades reservadas y bajo extrema vigilancia policial para que sus elucrubraciones puedan sernos de utilidad. Y todo por el bien de los pobres, que siguen sin entender todavía las excelencias de la globalización, cuando lo cierto es que cada vez hay menos ricos (y más, muchos más pobres), ya que las grandes fortunas se concentran, en la «nueva economía» de casino en que vivimos, cada vez en menos manos.
El G-7, que por condescendiente gesto de simpatía para con un país pobre –Rusia– se convirtió en el G-8, pretende, sin decirlo, marginar a las Naciones Unidas, en cuyo Consejo de Seguridad se sientan permanentemente países pobres como China o Rusia, con derecho de veto. El veto, una antigualla que durante la guerra fría fue una medida responsable de paz a fin de que la guerra no degenerase al rojo vivo y sobreviniera una catástrofe nuclear.
Hoy, sin embargo, dada la caída del mundo comunista, con hegemonía militar absoluta de una única superpotencia mundial, el veto se ha convertido en una traba insoportable. Y de ahí las reuniones informales del G-7/8, sin legitimidad democrática alguna y al margen del orden internacional del que las Naciones Unidas son expresión. No hay razón alguna que justifique que los siete países más ricos del mundo gobiernen a los otros ciento ochenta, sin oírlos, sólo porque son pobres o menos ricos.
La mundialización presenta estas incongruencias. Amartya Sen, Premio Nobel de Economía, ha dicho en Lisboa: «El hambre sigue existiendo, porque no existe voluntad política de erradicarla». Hay riqueza y medios al alcance de la humanidad para eliminar este flagelo. Junto con los del agujero de la capa de ozono, la polución creciente, ciertas epidemias en Ãfrica, las minas antipersonales, el comercio de armas –incluidas las atómicas–, el tráfico de drogas y órganos humanos y la criminalidad internacional organizada. ¿Por qué no se afrontan –y vencen– tales horrores, que afligen a más de dos tercios de la humanidad? Seguramente, también, por falta de voluntad política de los poderosos.
¿Es de extrañar que los pobres y desfavorecidos de la tierra se manifiesten contra el elegante club de los ricos, cada vez que se reúne, como nos dicen, para intentar resolver los problemas del mundo? Encuentro perfectamente normal que lo hagan, desde el rechazo de la violencia. Gandhi, el apóstol de la no violencia activa, venció a Inglaterra porque ésta era una democracia liberal en la que la opinión pública no podía ser silenciada por la fuerza. Si su desobediencia civil se hubiera opuesto a una dictadura totalitaria (como las de Hitler o Stalin), muy probablemente Gandhi habría muerto en un campo de concentración.
El mundo actual se rige bajo el paradigma universal de la democracia liberal, que en ocasiones se pretende confundir con la economía de mercado o con la libertad de comercio. Pero no son lo mismo. En el mundo de hoy, mediatizado, la opinión pública cuenta. De ahí que los manifestantes de la globalización aprovechen para manifestar sus opiniones, como es su derecho.
Siempre que lo hagan de acuerdo con las reglas de la democracia, sin violencia ni destrucción. Porque la violencia, en el caso que nos ocupa, como comprenderán quienes reflexionen un poco, sólo beneficia, en el mundo en que vivimos, a quienes no quieren más justicia y más igualdad entre los hombres. *
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