La larga marcha por trabajo
ETTORE PIERRI
Bernardo Saldías, de 38 años, embolsa lentamente las piñas que acaban de caer. «Ya no hay más», le grita su hijo Alexis, de 16, desde las ramas más altas del pino. Mientras Alexis baja, Bernardo cuenta las bolsas llenas y anuncia: «Son 9 y otra por la mitad. Por lo menos salió el guiso».
María Isabel Méndez, de 42, compañera de Bernardo, va hasta la ruta con un trapo rojo en la mano. Agita el trapo varias veces y poco después llega una camioneta verde con dos hombres. Uno de los hombres sube las bolsas a la camioneta y le da dinero a María. «Gracias, gordo», dice ella.
Mientras la camioneta se va, María cruza la ruta y entra en una casita de costaneros y chapa. Junto a la puerta de la casita hay un pizarrón que en grandes letras blancas ofrece: «Boniatos 4 pesos, dos kilos por 7. Chorizos especiales 19.50″. Bernardo improvisa un fogón con piedras y Alejandro traerá más secas. Cuando María regresa, ya hay un buen fuego.
Mientras ella pica la verdura, Bernardo cuenta: «Esta gente de la camioneta te paga cinco pesos la bolsa y revende en la ruta. Tienen varios puestos. Son como una empresa. Ellos te dan las bolsas. Si vos querés, podés vender directo al público, pero es más complicado porque necesitas comprar bolsas, un vehículo para llevarlas, un lugar donde guardar las que no vendés y plata para comprarlas a los juntadores. Si vivís por aquí cerca, de repente te arreglás si colocás en la ruta cuatro o cinco bolsas que juntás vos mismo, pero nosotros andamos de un lugar a otro, buscando hacer unos pesos con lo que venga, y no tenemos otra que caer con los revendedores. Si las cosas van bien, un jornalito sacamos. Alexis se sube al pino, tira las piñas con un palo y mi mujer y yo las juntamos. Es un trabajo en equipo».
De lunes a lunes, Bernardo, María y Alejandro persiguen enla zona balnearia de Canelones el dinero que les permita sobrevivir. Juntan piñas, arreglan jardines, hacen limpiezas, cortan leña, podan. Todo sirve si trae unos pesos. Duermen en una carpita de nailon donde los agarra la noche y ya hace año y medio que no regresan a su barrio de Montevideo, Nuevo París, en el que vivieron hasta que Bernardo se quedó sin empleo. «Trabajaba en una chacinería pero la empresa cerró y nos largamos al camino», dice Bernardo.
Camino inverso
Un camino inverso al de esta familia hace Julio Fernando Paz, albañil de 44 años. El vive en Guazuvirá y cuatro días a la semana viene a Montevideo en busca de changas, en ocasiones con su hijo Enzo, de 20. «Muchas veces duermo en la calle, en alguna plaza. Hasta en la rambla dormí en pleno invierno», dice. También se refugia «donde cuadre» el ex boxeador Cátulo Piegas, de 48, quien cuando «la panza ya está chiflando», sale de Las Piedras rumbo a Pando, a San José o «a cualquier otro lugar para trabajar aunque sea por poca plata».
Piegas suele recalar en quintas medianas, donde le pagan 65 pesos y «alguna verdurita o un poco de fruta» por cada jornada de 14 horas que, confiesa, «me deja muerto, como si hubiera peleado contra Alí y Mano de Piedra Durán juntos». Hace poco menos de dos meses, Piegas acampó en un monte de San José y allí encontró a cuatro hombres de Montevideo que también buscaban trabajo. «Llevaban dos días sin comer. Se mantenían a puro mate», recuerda.
«Somos muchos los que estamos en la misma –dice–. Andamos como gitanos, hoy aquí, mañana allá, para parar la olla. En todos lados te encontrás con gente que patea y patea para conseguir algo».
El investigador Rodrigo Llovet confirma: «El desempleo masivo comenzó a convertir en seminómades a miles de hombres y mujeres que hasta hace seis o siete años tenían trabajo seguro en su lugar de residencia. Este es un fenómeno distinto al de los peones rurales que van de estancia en estancia o de zafra en zafra. Ahora se da en zonas urbanas, desde donde mucha gente sale a ganarse el sustento sea donde sea y haciendo lo que sea. Se puede ver a esta gente en las rutas, en campamentos improvisados, en cualquier lugar. Es algo similar, aunque todavía en escala menor, a lo que sucedió en Estados Unidos durante la gran depresión económica de los años 30″.
Por el pan
De acuerdo con los resultados preliminares de una investigación que Llovet y sus colaboradores realizaron en Montevideo, Canelones y San José, quienes desde esos departamentos se «largaron al camino» son en su mayoría hombres de entre 18 y 50 años.
Muchos viajan con sus familias y casi todos están dispuestos a vivir en cualquier lugar donde consigan empleo permanente, pero como no lo obtienen van constantemente de una ciudad a otra, de un pueblo a otro.
El equipo de Llovet analizó hasta ahora 287 casos, de los cuales un 47 por ciento corresponde a mujeres y v varones que perdieron sus empleos en empresas textiles, frigoríficos, curtiembres y procesadoras de pescado.
«Hay también un alto porcentaje de gente que antes trabajaba en el sector servicios, no pocos jubilados, madres solteras y, aunque en menor proporción, jóvenes que buscan su primer empleo», informa Llovet.
Todavía hay otros 300 casos para estudiar, pero a juicio de LLovet ya es posible adelantar que la mayor parte de las casi 600 personas que abarcó la investigación «integran el enorme sector que la gran industria dejó en la calle durante los últimos años. Ahora hacen lo que pueden para ganarse el pan».
Neonomadismo
Según Llovet, el número de nómades puede aumentar mucho en el futuro inmediato. Afirma: «Hasta ahora es un fenómeno silencioso, que la mayoría de la población nacional no advierte en toda su real dimensión, pero el crecimiento del desempleo puede potenciarlo rápidamente. En países como Brasil ya hace mucho tiempo que es explosivo y algo similar comienza a suceder en Argentina, donde decenas de miles de personas desocupadas andan de provincia en provincia. Debemos mirarnos en esos espejos para aquilatar los alcances que puede tener aquí. Lo que vemos ahora es apenas el comienzo, porque todo parece indicar que este neonomadismo seguirá creciendo».
Cristina Inzaurralde, de 27 años, es un ejemplo. Ella dice: «Tengo dos varoncitos. Mi marido no tiene trabajo. Ya lo convencí de que si no probamos en otro lado, nos morimos de hambre aquí en Montevideo. Ya estamos preparando todo para salir. Un camionero amigo nos va a acercar a Atlántida y allí yo voy a buscar limpiezas y mi marido cualquier changa. Y si allí no hay nada, iremos a otra parte. Voy a dejar a mis hijos con la abuela, pero cuando pueda me losllevo».
La pasada semana, habitantes de varios asentamientos montevideanos dijeron a LA REPUBLICA que «si las cosas siguen así no habrá otra solución que salir a trillar por ahí, aunque sea a dedo, para poder comer». A juicio de Llovet, ese es un dato de la realidad que el gobierno debe tener en cuenta porque anuncia una rauda expansión del neonomadismo.
«La gente más pobre, la que está llegando a una situación de miseria, por supuesto que no puede ni siquiera soñar con la posibilidad de irse del país porque ya no tiene dinero ni para un boleto de ómnibus. De ese sector, que cada vez es más grande, las personas más decididas, más emprendedoras, las que tienen mayor propensión a tomar riesgos, son las que poco a poco van nutriendo las filas de quienes ‘salen al camino’, como ellas mismas dicen. Lo que ya está sucediendo indica que sólo la generación de empleos evitará que esas personas hagan de las autopistas y los caminos del país el escenario de una multitudinaria y desesperada marcha sin rumbo fijo por trabajo y comida», sostiene Llovet. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad