Angeles de la calle
La idea era destinarlo a una función muy noble, muy humana, y para ello merecía acondicionarlo y convertirlo en un lugar acogedor, pronto para recibir a quienes lo necesitaran.
Dinero para pagar, por supuesto no había. Se precisaban varias manos, así que se le pidió a los futuros beneficiarios que se hicieran cargo de las restauraciones. Y en dos días todo cambió. El pequeño apartamento se iluminó al vestirse de blanco.
Está amueblado como pobre, sencillo y en base a donaciones. Pero es muy cálido. Y eso es lo que la Comunidad de la Paz que allí funciona pretende dar, entre otras cosas, a la gente que vive en la calle con sus necesidades básicas insatisfechas. Y con un problema mayor, común a todos ellos, que es la falta de amor y la soledad.
El nombre
La Comunidad para la Paz existe de manera formal desde marzo de este año. Pero hace dos que distintos grupos de gente aislada y sin coordinación comenzó a recorrer las calles de Montevideo, acercándole un plato de comida caliente, un medicamento o compañía a las personas que viven y duermen en ella.
En la calle se conocieron y se dieron cuenta de la necesidad de organizarse, pues a veces le llevaban alimentos a una persona y ya otro grupo le había entregado antes. Era imprescindible unirse y distribuirse las zonas y los días, a modo de brindar una mejor atención.Por ese entonces no tenían nombre. Este surgió de un hecho muy triste, del mismo que luego nació la necesidad de tener una casa. «Había un muchacho que salió del Iname y no tenía adónde ir. Vivió en la calle cuatro años y contrajo VIH sida. Estuvo tirado en la vereda sin recibir ningún tipo de asistencia. La gente le daba comida a sus dos perros y a él ni agua, cuando se moría de sed. En la Seccional no hacían nada, Salud Pública no lo llevaba porque no tenía ambulancias, así que un día llamé a una emergencia móvil, que lo llevó al Maciel. Lo internaron y a los pocos días entró en coma. A mí lo único que me salió fue preguntarle si tenía paz y me respondió que sí, mucha. En su agonía surgió una charla muy linda. Me dijo que no quería pedirle nada a Dios, porque él tenía cosas muy importantes y había mucha gente para ser escuchada. Pero que sí pedía por su madre, que lo abandonó a los seis años. Murió con una sonrisa», relata Martín Eguiluz, enfermero y uno de los fundadores de la Comunidad.
Luego de esa experiencia los miembros de la Comunidad fueron conscientes de la necesidad de instrumentar una ONG que asistiera a mayores de 18 años sin cobertura. De ese modo alquilaron una casa que funciona como sede, en la calle Fermín Ferreira 1842. Martín vive allí y es el encargado de recibir y evaluar la necesidad de quienes asisten.
De todos modos este grupo de voluntarios busca una casa ubicada en el centro de la ciudad, para mudarse. El inconveniente de la actual es la distancia que queda de las zonas donde habitualmente se encuentran las personas de la calle, así como la imposibilidad de llegar, en algunas ocasiones hasta ella a pie.
Un comedor y cinco zonas
Actualmente el grupo está integrado por quince personas que salen de lunes a domingo a recorrer la ciudad, entre las 20 y las 22 horas. Pero existe más gente dentro de la comunidad que no participa de las recorridas y trabaja desde adentro.
Las zonas visitadas son Cordón, Centro, Ciudad Vieja, Unión y Paso Molino. Se acercan a un total de doscientas personas, aunque todos los días aparece alguien nuevo, agrega Manuelita Mussio, otra voluntaria.
En la Parroquía de Lourdes, los lunes y los viernes, la Comunidad de la Paz se encarga de mantener un comedor. En él se entrega una bandeja con comida a las personas de la calle primero y luego a aquellas que viven en pensiones y esté comprobada su pobreza. La asistencia que esta organización ofrece no pasa sólo por el alimento. «La comida se consigue, en la calle nadie se muere de hambre porque la gente es solidaria y les da. La mayor carencia que tienen ellos es de amor, están muy solos. Al principio con nosotros se muestran desconfiados, pero después que nos conocen y ven que vamos siempre, que no les fallamos es impresionante cómo nos esperan. Se preocupan si estamos flacos o con cara de preocupación. Nos esperan, buscan a alguien que se siente con ellos a conversar», afirma Manuelita. «Mientras unos compañeros realizan la recorrida, otros llevamos una silla y nos sentamos a hablar con ellos», cuenta Mercedes Ripoll, miembro también de la Comunidad. El grupo también se encarga de tramitar pensiones, sacar cédulas de identidad, realizar curaciones y llevarlos al médico cuando están enfermos.
Respeto y verdad
Los principios sobre los que se basa la Comunidad de la Paz son respeto y verdad. Y ante la falta de ellos son intolerantes.
«Aquí las leyes son sagradas. No se miente, si una persona viene borracha o drogada me lo dice. Se puede quedar acá o se le da lo que necesite, pero sabe muy bien que aquí ni se toma ni se puede drogar. Yo respeto su estado, pero ellos respetan la casa. No se quema, no se ensucia, no se escupe. Y lo mismo ocurre en el comedor», asegura Martín.
«Son personas que a pesar de no tener nada dan más que nosotros, valoran mucho la casa», dice Manuelita. Según los voluntarios las personas de la calle forman una sociedad dentro de la sociedad. Entre ellos tienen sus propios códigos e idiomas. «Son muy solidarios con gente que tal vez no conocen, si queda medio pan lo parten para darle a otro que lo necesite. Tienen un gran corazón y no faltan el respeto jamás. Ellos nos esperan, ven mucho la parte afectiva y uno se va encariñando con ellos al punto de que si no los ves te preocupás por saber cómo están o qué les pasó. La mayoría son creyentes y te hablan de Dios», cuenta Manuelita.
Qué lleva a estas personas a vivir en la calle es algo que este grupo no sabe explicar. Dicen que generalmente terminan así por problemas de alcohol, drogas, automarginación y carencia afectiva. En casos en que lograron reubicarlos, al tiempo volvieron a la calle. La Comunidad de la Paz necesita de la ayuda de todo aquel que quiera dar, pero dar de corazón, como lo hacen todos sus miembros. «Hoy por hoy todos son mis amigos», asegura Marín que tiene dedicada su vida a ellos. *
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