De las malas artes a la ciencia
Por Horacio Buscaglia
Es el mediodía de ayer, miércoles 25 de julio, escucho alguna radio y vuelvo a oír algo sobre aquello de que la confianza financiera en Uruguay pasó de «estable» a «negativo» y que unos señores que están en algo llamado «Fitch» opinan que esto podría revertirse si se observan «signos de retorno al crecimiento de la economía».
Pienso que estos señores deben ser de esos que el ya-no-tan-chistoso presidente nos enseñó que en esta era de la globalización «deciden si salimos al recreo o no». Pienso que, más que recreo, lo que deciden es si nuestros hijos pueden estudiar y llevar una merienda en su mochila. También me entero en esas radios que hubo dos graves accidentes de tránsito y un asesinato.
Prendo la tele y aprendo cómo hacer el merengue para un lemmon pie antes de ver en los informativos los coches destrozados de aquellos accidentes y la cara tapada del asesino cuando lo metían dentro de un patrullero. Golpeando unos bombos me muestran a los trabajadores argentinos estatales que están de paro y luego destrozos, sangre y rostros llenos de dolor y de odio en el Medio Oriente.
Voy a la computadora y miro las versiones digitales de las tapas de «El País» y «El Observador», Leo algo sobre Púa, el impuesto de Primaria, Feria Ganadera y otras cosas por el estilo.
Salgo a la calle y voy a la concentración del PIT-CNT, por el camino y al llegar a ella me encuentro con un montón de gente que ha participado en el Paro General.
Pienso en la cantidad de personas que estudian periodismo y comprendo por qué en vez de Artes, se le llama Ciencias de la Comunicación. Sólo la ciencia puede hacer invisibles a decenas de miles de personas.
Me quedo junto a muchos uruguayos que aunque «no existen», siguen levantando sus banderas. *
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