Televisión, violencia y promiscuidad
GUSTAVO IRIBARNE
Las investigaciones más recientes parecen desmentir a Ferman. En Estados Unidos, un seguimiento realizado por el investigador Huessman en niños de edad escolar a través de una década, demostró una relación de agresividad «que detonaba a los diecinueve años» y comprobó que «los más jóvenes se volvían más agresivos al contemplar la violencia».
Este dictamen corroboró otra apreciación científica inglesa que contrarió la posición del directivo de la BBF al decretar, luego de experiencias similares, que «los niños expuestos a la violencia parecían aumentar sus tendencias agresivas».
Pero este estudio no resulta el único: otro trabajo que se llevó a cabo en Europa sobre 200 casos, a través de dos décadas, determinó que «había una correlación positiva entre la televisión violenta y el comportamiento agresivo».
Varias universidades anglosajonas también han aportado lo suyo a través de estudios sobre el tema Causa-Efecto de la televisión en la personalidad infantil. No deja de resultar removedor que, frente a una inquietante pregunta sobre el grado de identificación entre víctima y victimario, se haya constatado un aumento de la maldad en el auditorio, un innegable crecimiento de la indiferencia o insensibilidad frente al desastre y una suerte de identificación con el perfil agresor del victimario frente a un notorio rechazo a la inseguridad (y vulnerabilidad) de la víctima.
Asimismo se constató cierta avidez y/o dependencia por continuar consumiendo este tipo de propuesta como si resultara un hipnótico alucinógeno.
«La televisión borra los límites entre lo público y lo privado», dijo alguna vez el profesor Neil Postman, decano de la Facultad de Comunicación de Nueva York para explicar que hasta una tragedia doméstica puede convertirse en el «reality show» de la temporada. Este docente de Medios y Política de la Universidad de Harvard también ha subrayado los riesgos de trivializar la catástrofe al señalar que «emitir un aviso de chicles globo inmediatamente después de las devastadoras imágenes de un terremoto hace que ese desastre adquiera un aspecto surrealista».
Postman tampoco ha ocultado su preocupación acerca de la teleadicción infantil al reflexionar sobre un promedio estadístico de «600.000 horas de comerciales asimilados por un niño antes de llegar a la adolescencia». Otro tipo de violencia como la ignorancia también aparece subrayada por el catedrático como un síntoma alarmante en sociedades con altos porcentajes de espectadores televisivos semi-analfabetos.
En un territorio de totalitarismos catódicos, el voyeurista morboso ha encontrado crueles entretenimientos para darse gusto.
El panorama es amplio y abarca docudramas de salas de urgencia, cadáveres mutilados y una enorme gama de accidentes registrados por aficionados. Hasta los espacios deportivos incluyen su cuota de trifulcas en la tribuna prolijamente grabadas mientras repiten en cámara lenta algún accidente de Fórmula Uno; una especie de re-play mortal con el adrenalínico gusto por lo verdadero.
No ha sido Postman el único en advertir este borroneado de fronteras entre la intimidad y lo público. Antes de Gran Hermano, el sociólogo argentino Oscar Landi en un encuentro de analistas y escritores realizado hace un par de años en Buenos Aires ya habían teorizado sobre ese «borramiento de límites entre lo que puede ser dicho o revelado». Señaló un cambio en la noción de lo que se consideraba privado. «Si lo privado se vive como algo público –afirmó– entonces se trata de algo ex privado».
Otro participante, el guionista Jorge Maestro, agregó que el público reclamaba «que ciertos temas fueran incorporados a la ficción», lo que denominó «incrustaciones de la realidad» o «novelización informativa» motivando que la prensa, muchas veces, realizara una presentación novelesca de los acontecimientos. Una tendencia que llevó a decir a Landi que, muy posiblemente, «nadie crea lo que ve en televisión como si se tratara de la verdad».
Incluso, otras afirmaciones más fuertes hablaron de esa alarmante trivialización que imposibilita adjudicar sentido a la imagen: «No crea, no es positiva, tampoco pertenece al orden del sinsentido; al contrario, es la suspensión del mundo, un mundo en paréntesis: lo efímero aquí se ejerce de manera radical: marca pero no deja huella».
Probablemente la banalización sea una estrategia como la utilizada por el prestidigitador para hacer su truco: distrae por un ángulo mientras saca el as de la manga por otro. Jennings Bryant y Dolf Zillman en una compilación titulada
Los efectos de los medios de comunicación han señalado que la televisión es un sistema centralizado para contar historias y su aparente liberalidad «encubre una casi ineludible uniformidad de contenidos».
Por algo será que el célebre periodista estadounidense Carl Bernstein del Washington Post señaló, no hace mucho, que creía estar asistiendo «al triunfo de la cultura idiota en los medios de comunicación; la valorización de lo bizarro y el sensacionalismo ha pasado a dominar nuestros medios. Lo que antes era subcultura ahora pasó a ser cultura dominante».
Da para pensar. *
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