Una explosión de mojarras
La tarde, si bien estaba fresca y ventosa era agradable, el sol acompañó la jornada gentilmente. Poca gente quedó sin haber concurrido a lo que sin dudas era el hecho de la jornada, eso hacía que las calles puntaesteñas se vieran más desoladas.
Luego de mirar en pie por última vez el Centro del Espectáculo, opté por buscar un lugar más distante para seguir el desarrollo de ese acontecimiento, el viento soplaba con indisimulada fuerza y se hacía sentir.
Me dirigí hacia el Puerto y me ubiqué en un muellecito desde donde podía seguir con bastante claridad la implosión. Allí el viento amainaba considerablemente y esto hacía gozar de la tardecita más placenteramente. Faltando media hora aproximadamente para el momento establecido me senté en una platea que me ofrecía un escenario natural sencillamente hermoso.
Unos pocos yates y botes salpicaban un paisaje de agua que en ese punto llegaba serena, un lobo de mar amagaba a salir una y otra vez, pero sólo sacaba su hocico juguetonamente, como sabiendo que lo estaba mirando, haciéndose desear. Ansioso miraba mi reloj cada cinco minutos, estaba calculado que la implosión duraría menos de un segundo y medio, no estaba permitida la más mínima distracción, so pena de perderse el espectáculo.
A los pocos minutos de estar allí ubicado noté que unos metros a mi derecha habían unos pescadores con un medio mundo bastante grande, me sorprendió un poco esto porque pensé que habiendo tanto mar sería más razonable buscar un lugar más alejado para una mejor pesca, el primer levante del medio mundo me dejó claro que yo de esto sabía muy poco.
Mojarras
La red salió del agua y un ramillete de plateados pececillos apareció con ella, eran mojarras, esas que se hacen fritas con sal para copetín o simplemente para comer acompañadas con pan y un buen vinito; se me hizo agua la boca. El hombre que manejaba la red con pasmosa tranquilidad parecía no darse cuenta de la fortuna que lo acompañaba, tiraba y sacaba mecánicamente, mientras yo maldecía no tener nada para saciar mi envidia.
De tanto en tanto su compañero cebaba el agua con una cucharada de pan viejo molido y mojado, los peces incapaces de vislumbrar tan burda trampa seguían cayendo en la red sin misericordia, el pescador introducía un balde en ésta y los sacaba para ponerlos luego todos juntos en un tacho más grande. No pude resistirme y me acerqué disimuladamente, yo también tenía mis trucos, saqué un cigarrillo y le pedí fuego a uno de ellos para entablar una conversación. Juan, el más joven de todos, me sacó varias dudas que me carcomían a esa altura. Comenzamos hablando de la implosión para entrar en confianza y me respondió que a él particularmente no le importaba en lo más mínimo tal acontecimiento, por la sencilla razón de que eso no lo perjudicaba, pero tampoco lo ayudaba en nada, le era indiferente.
Detrás nuestro alguien con un sutil dejo de ironía dejaba escapar un pensamiento en voz alta: «Y mientras mañana no tengamos que leer se autoeliminaron nuestras fuerzas armadas con la implosión, ta’ todo bien flaco». Unas risas cómplices pusieron el broche a esa graciosa ocurrencia.
Juan me decía que eran todos pescadores profesionales, que mientras unos pescaban mar adentro ellos aprovechaban estos días allí porque se daba la pesca sin mayores problemas. «Ayer sacamos seiscientos quilos, hoy la cosa viene más floja, no sé si llegamos a eso, pero el jornal va a salir sin problema.
Cuatro pesos el quilo
«Lo que nos mata a nosotros es que no lo comercializamos directamente, se lo vendemos a un tercero que lo lleva para Montevideo y lo coloca allá, el quilo lo vendemos a cuatro pesos, si lo lleváramos nosotros le sacaríamos más del doble, pero para eso necesitamos cosas que no tenemos, como ser un buen transporte. Además, como te decía antes, esto es cuestión de unos días y se acaba. La otra hay que peleársela al mar todos los días que se pueda».
La red bajaba y subía casi ceremoniosamente, con ella el fruto del mar aparecía con rigurosidad asegurando el jornal de estos pescadores.
Nunca imaginé que Punta del Este y su Puerto fuera de temporada le diera de comer a algún trabajador a cambio de nada prácticamente; será porque a la naturaleza aún no la dirigen los políticos.
Cuando levanté la vista en dirección al Centro del Espectáculo, lo único que alcancé a ver fue una columna de humo blanco, pero no me amargué, entre ver reventar cemento y ver reventar una red de peces me quedo con esto último sin lugar a dudas.
Me despedí de la gente y lentamente emprendí el regreso no sin antes recorrer unos cuantos lugares de Punta del Este, hermosa ciudad, si hasta parece nuestra en invierno. *
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