La divina Cecilia
Lo maquillaron como si fuera una estatua de cera.
El estilista trabajó con sus cabellos obsesivamente, rejuveneciendo las marcas del tiempo.
Le pusieron una camisa color vainilla.
El valet lo vistió con las prendas elegidas por la novia («No quiero algo oscuro, el mediodía se presta para lo decontractée», le dijo. Y él: «si te parece…»): un traje color verde amarronado.
Los zapatos fueron de color café.
Menem llegó a eso de las 10:30 a la casa del gobernador riojano. La novia llegó al mismo tiempo entre los aplausos de los consumidores. Había sido peinada por Bernardita Reuque, que viajó especialmente de Santiago.
Llevaba puesto un traje con cuello de plumas, de la modista colombiana Silvia Tcherassi. Para preservar el secreto de su vestuario lo trajo por tierra.
Los novios entraron a la carpa a su manera, con la voz de Frank Sinatra entonando On my way. Unos 130 íntimos los acompañaron como testigos de su juramento. Una hilera completa de guardaespaldas los custodiaban: rostros fieros, dispuestos a defender el enlace a cadenazos si fuera necesario. El director del Registro Civil de la provincia de La Rioja, Mario Escudero, miró a los presentes y con unas palmaditas pidió silencio.
–Vamos a comenzar con la ceremonia.
Menem estaba inquieto. El pulgar izquierdo bailaba sobre su muñeca derecha. Elida Quintero de Barraza y la auxiliar Ana Torres de Juárez se encargaron de las formalidades de rigor. La novia se colgó de la mano del ex presidente. Vinieron las preguntas de rigor. El tic del ex presidente se calmó con unas caricias. La primera ovación fue para el «sí, quiero» de Carlos. La segunda con el «sí» de Cecilia.Y luego el aplauso encendido.
(…)
Y los novios se dieron un beso en la mejilla.
Las dos familias intercambiaron abrazos.
Hubo una ovación.
–Piquito, piquito…. –pidieron en la carpa.
–¿Piquito? Pi ¿qué? –se preguntó la madre acalorada. Sólo recuperó el tono natural cuando comprendió que no se trataba de una invocación fálica.
–Es un beso en la boca.
(…)
–Estoy muy contenta, muy orgullosa de llevar el apellido Menem, que ha hecho tanto por este país.
Era una Gioconda obnubilada.
No había pasado el mediodía y la primera noche de la pareja ya invitaba a la elucubración mundana.
–No tan feliz y sin embargo tan feliz.
–Nueve meses, nueve semanas de fatiga le dejarán consumido…
–Flaco y débil.
–Y aunque su barco no zozobre le azotarán al menos las tempestades.
Radio Agricultura de Santiago le contaba a los chilenos en directo lo que sucedía en el epicentro del amor. El canal de cable Crónica TV ponía su ojo indigesto al servicio de los consumidores argentinos. Tiempo verdaderamente real. En Buenos Aires, el ex agente de la DINA, Enrique Arancibia Clavel, seguía desde su celda los principales momentos del enlace. Estaba cumpliendo su condena perpetua como «partícipe necesario» del asesinato del general Prats.
La historia no le reconocería su condición de adelantado. Siendo hombre del general Contreras y compañero de andanzas de Michael Townley y Mariana Callejas, estableció los primeros lazos entre el delito a nivel de Estado y el espectáculo. Arancibia Clavel alternó el sórdido universo de la conjura con entremeses de ropa ligera: amigos bailarines, coristas de la trouppe de Susana Giménez. Solía acordarse con nostalgia de Zambelli, su predilección, su fruta ajada, su coartada en las luces de la noche que fraguaron el atentado. Después de un par de horas de escuchar las novedades, Arancibia Clavel se quedó dormido, poblando su mente con minutos de desborde revisteril y antiguas parrandas.
(…)
Los invitados (a la fiesta) se dividieron en dos sectores: los personales, sentados a las mesas (unas mil personas) y la gente de La Rioja, que se ubicó en las gradas. Con las primeras cuecas chilenas, los mozos comenzaron a servir en platos de plástico los 2.160 litros de locro. El menú había sido preparado por una troupe de 22 cocineros. Se usaron 350 kilos de zapallo, 200 de maíz, 200 de carne vacuna, 150 de porotos, 150 de carne de cerdo, 100 kilos de cebolla, 25 de sal gruesa y 15 kilos de especias. El plato fue preparado en una inmensa olla popular de 240 centímetros de diámetro por 80 de alto. No era la única olla encendida. El humito de las cacerolas se esparcía por distintas partes de la Argentina. Las volutas ascendían también en las zonas de ocupación compulsiva: rutas cortadas por los excluidos, territorios de nadie, librados al abandono estatal. Allí, las marmitas cocinaban los guisos de los hijos de la revolución productiva. Porotos de una vigilia incierta y desesperada.
Las cacerolas de La Matanza, en las afueras de la capital, y la gran olla de La Rioja, cocían sus ingredientes como si no formaran parte del mismo país resquebrajado.
Los piquitos de Menem y Bolocco. Los piquetes del fragmento. Los comensales y piqueteros unidos por algo más que una comida de emergencia: el menú del populismo conservador.*
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