LA VIDA EN ROJO DE PABLO

"No puedo irme porque no completé los cien pesos"

a humedad de la ropa pegada al cuerpo acrecentaba más el frío, que calaba hasta el alma. Deseaba llegar a casa lo antes posible.

Mis pensamientos se adelantaban a los hechos, me veía ya sentado frente a la estufa, mirando el fuego, sintiendo el calor de éste abrazándome, escuchando el crujir de la leña al quemarse.

Comencé a disminuir lentamente la marcha hasta detenerla totalmente, la luz del semáforo había cambiado a rojo. Miré hacia ambos lados, a pesar de que mis vidrios estaban bastante empañados, pude ver que aún persistía una tenue llovizna, las calles desiertas me dejaron ver el frío. Instintivamente giré mi vista hacia la derecha, dudé y volví a mirar una y otra vez, quedé literalmente inmóvil.

Recostado y acurrucado a un gran árbol, que como su única frontera tenía el gris oscuro del cordón de la vereda, había un pibe de unos diez años, dormido bajo un pesado manto de frío. Sus piernas caían peligrosamente sobre la calle, el agua helada que corría por ésta inundaba sin misericordia su desgastado calzado.

El semáforo cambiaba una y otra vez, me resistía a irme. Los autos pasaban unos tras otro, nadie miraba, todos querían llegar. Miré por el retrovisor, puse reversa y acordoné el auto frente a él dándole la seguridad que momentos antes no tenía.

No dejé de mirarlo un segundo, dudé mucho en lo que iba a hacer, casi que no me animaba, junté coraje estiré mi brazo y con mi mano derecha tomé la cámara que siempre llevo (la sentí más pesada que nunca), enfoqué y disparé cuatro o cinco veces, cada vez que apretaba el botón recibía un latigazo al alma.

«Pablo… Pablo, te están sacando fotos boludo, levantate gil, levantate Pablo», se escuchó desde el cantero central, giré la vista y vi que quien gritaba seguramente era su amigo, su compañero de infortunio, aprovechando que el sueño no lo había vencido ponía a su amigo al tanto del peligro que corría.

¿Usted me sacó fotos?

Pablo, ante los gritos casi desesperados reaccionó descoordinadamente. Aturdido miró primero el tronco del árbol que momentos antes le había servido de soporte, luego miró hacia atrás, hacia adelante, todo como en cámara lenta, finalmente sus ojos encontraron el motivo de tan abrupto despertar. Intentó incorporarse y sus entumecidas piernas no se lo permitieron, apoyó sus manos sobre el cordón de la vereda, se dio impulso y se entreparó, trastabillando como un cantinflas del abandono llegó hasta el cantero.

Algo le susurró al oído su amigo, ambos me quedaron mirando, bajé la ventanilla y lo llamé, sin dejar de mirarme se acercó al auto decididamente, apoyó sus manos en el borde de la ventana, delgadas y arrugadas condecían más con las de un viejo que con las de un gurí.

–¿Usted me sacó fotos? — intentó preguntarme de corrido, el tiritar de sus mandíbulas no se lo permitió.

–Sí, te saqué fotos, Pablo–, le respondí entre avergonzado y arrepentido.

–¿Para qué?

Se me hizo un nudo en la garganta y no supe qué responderle, qué derecho tenía yo a robarle lo poco que tenía esa noche, su intimidad.

–Mirá Pablo, te quedaste dormido contra ese árbol, tenías las piernas sobre la calle, esto es Avenida Italia y es muy peligrosa, vos lo sabés, no hace falta que te lo diga, si un auto se llega a ir contra el cordón te puede lastimar seriamente, me supongo que vos y tu amigo no están acá a esta hora de la noche, con este frío y con lluvia por gusto, sé que te estás buscando unos pesitos pero me parece que ya es demasiado tarde y se tienen que ir para sus casas, estás temblando, empapado, haceme caso, andáte ahora.

–Todavía no puedo irme, porque no completé los cien pesos que tengo que llevar a casa, tengo seis hermanos señor.

–Está bien, yo te completo lo que te falta y vos me prometés que te vas a acostar, ¿te parece bien?

–Sí, sí señor.

–¿Vivís lejos de acá?

–No, vivimos por ahí atrás, cerquita de acá.

Le di lo que le faltaba, arranqué el auto, los saludé y me fui de ahí, no tuve el valor para mirar hacia atrás. Al llegar a casa el frío que sentía era distinto, lastimaba más, mucho más, me fui directamente a la cama, no sé por qué me puse a pensar en las embajadas y los consulados, en sus alfombras y sus cortinados, en la aftosa y la torre de Antel y en esa maldita hipocresía que no me dejó pegar un ojo en toda la noche. *

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