UNA HISTORIA LLENA DE BARRIO Y ESFUERZO

El Club Arbolito, un clásico de La Teja

Así fundaron el Club Arbolito, frente a la plaza Lafone del popular barrio de La Teja. Con mucho sacrificio, un poco de suerte y gran vocación de servicio los jóvenes instalaron el local que hasta hoy alberga a varias generaciones de vecinos, y a otros tantos concurrentes que no son de ahí pero que igual se acercan.

Daniel Marsiscano más conocido como «El Pistola» estaba entre ese puñado de muchachos que una noche a finales del verano de 1958 se lanzó en pos de un sueño. El, mientras aclara que no quiere figurar como protagonista, porque sólo fue uno más, se dispone a recordar la historia que aún hoy lo emociona.

«Eramos un grupo del Centro de ex alumnos de la escuela de los Padres Salesianos, nos reuniamos ahí a jugar a las cartas y al billar. Pero hubieron cambios en el centro y tuvimos algunas desavenencias con el cura así que decidimos abrirnos. Nos fuimos de allí y nos juntamos en las equinas a resolver qué hacíamos, si seguíamos o no. Y sentados al cordón de la vereda, como dice la canción se nos ocurrió alquilar una casa para nosotros. Ese día de la gran idea estaban Jorge Kolocov, Miguel «Canario» Vázquez, Carlos Romero. «Loló» Martínez, Nené Baccino y yo.

Mientras conseguían la casa, el centro de reuniones de los jóvenes era la esquina de Benito Riquet y Humboldt, allí en la carnicería que hasta hoy funciona cantaban los versos de Los Diablos Verdes y ajustaban los planes del nuevo club, hasta la una de la mañana. «Cada noche, cuando nos íbamos deseábamos que llegara el otro día para reunirnos otra vez», recuerda Marsiscano.

«A veces también estábamos en la otra carnicería de Heredia y Riquet, el carnicero se quejaba porque le torcíamos un arbolito que estaba plantado en la vereda, de ahí viene el nombre. Aunque el club es una reencarnación porque hubieron dos generaciones anteriores del centro de ex alumnos que también fundaron su club».

Tiempos difíciles

«En la esquina de Humboldt y Pérez Martínez donde hoy está El Arbolito, existían unos ranchos, propiedad de un rumano, don Pedro Dimof. Justo en ese momento se alquilaba el predio, así que hablamos con él. El rumano desconfió de nosotros y nos exigió un garantía, tenía miedo que no le pagáramos».

Así fue que los muchachos recurrieron a Manolo, el carnicero de Riquet y Humboldt, que ante la posibilidad de sacarlos de la esquina aceptó la responsabilidad y se firmó el contrato de alquiler.

Fue el 1º de marzo de 1958 cuando el nuevo club quedó instalado.

«Se nos hacía difícil pagar, poníamos la plata entre todos los que trabajábamos. Llegamos a deber hasta diez meses. Cada vez que Dimof venía por el club a reclamarnos Miñungo, un perro que teníamos lo sacaba cortito, le había tomado rabia».

Para seguir adelante había que buscar una manera de hacer finanzas, así que en principio recurrieron a los bailes. Eso les permitió ponerse al día con el alquiler y hasta comprar una mesa de billar.

La idea de Tabaré

«Tabaré Vázquez estuvo siempre en El Arbolito, construyó el club con nosotros. En esa época él era estudiante avanzado de Medicina y vivía preocupado por la salud de la gente. Entonces pensó que podíamos instalar una policlínica en el club para atender a la gente. Vino con otros estudiantes y los doctores Rodríguez López, Bartian y Bambicela».

Entre todos acondicionaron parte del club donde hasta hoy funciona la policlínica y empezaron a asistir a los vecinos gratuitamente. Gratis también fue el trabajo de los médicos, que como único pago recibían al mediodía una Coca-Cola y un refuerzo.

«El 5 de diciembre de 1965 inauguramos la policlínica. Queríamos hacerlo de una manera especial. Hablamos con Víctor Dotta que estaba muy vinculado al Carnaval, para que trajera algún espectáculo. Consiguió a la orquesta tropical Grupo Latino, a los cómicos Paco y Pico y otros más». A partir del éxito del espectáculo inaugural, surge como posibilidad hacer un tablado con actividades carnavaleras y de esa forma recaudar fondos para crecer. Y otra vez a conversar con Dotta que nuevamente estuvo de acuerdo a pesar del poco tiempo que faltaba para la fiesta de Carnaval.

«El primer Carnaval que tuvimos tablado fue en 1966; ese año vino un temporal que voló todo. Fue un desastre. Pero en la noche entre todos los vecinos lo armamos otra vez».

La compra de la casa

«Pudimos ahorrar algo de dinero. Teníamos 20 mil pesos que guardamos en una bolsa, de papeles de cinco y lo depositamos en el banco. Un día estábamos acá en la barra, con Tabaré, Echeverría, «Cacho» Morales, Washington Pucheta y nos pusimos a pensar qué pasaba con el club si al rumano le ocurría algo. Entonces yo dije que deberíamos intentar comprar la casa. Los muchachos preguntaban de dónde íbamos a sacar la plata. Yo no tenía idea pero les respondí que no hay peor gestión que la que no se hace, y nos fuimos a hablar con Dimof. ¡Fue increíble cómo compramos esa casa!», exclama El Pistola, mientras se agarra la cabeza aún asombrado.

Y fue increíble porque el rumano les pedía 200 mil pesos, luego de discutir bajó a 145 mil y acordaron.

«Cuando salimos de ahí, los muchachos me decían que estaba loco, no había forma de conseguir ese dinero. Caminábamos por Carlos María Ramírez y pasamos por la escribanía de Pocho. En aquella época se depositaba el dinero en escribanías porque eran más rentable que un banco. Así que entramos y le dijimos la cantidad de dinero que necesitábamos.

Tuvimos suerte porque el día anterior una persona había depositado 130 mil pesos que estaban a nuestra disposición. ¡No lo podíamos creer! A los dos días que adquirimos la casa el rumano apareció muerto».

Ya dueños del Arbolito, se construyó un gimnasio a puro pulmón de la comisión y de los socios. Ellos hacían planchadas, compraban casilleros de cerveza que luego revendían para pagar los materiales.

«Después vino la dictadura. La mayoría de los compañeros pertenecían a gremios y muchos cayeron presos o se tuvieron que ir del país. Ya no se podían hacer reuniones, había poca gente en el club».

«El Arbolito es un club más de La Teja, hay muchos más en la zona, mejores o peores. Pero la historia de éste es muy linda, como el barrio.

Fue un Marsiscano, al tiempo que afirma que le gustó rememorar la historia.*

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