Es preciso detener el juego criminal de la guerra

La tragedia angoleña

ra –aunque ya no es, desgraciadamente– uno de los mayores productores mundiales de café, de soja, de cereales y de maderas. Pero hoy es un país devastado por 26 años de guerra civil, desde la independencia (11 de noviembre de 1975) hasta hoy.

La guerra colonial, que obedeció exclusivamente a la ciega intransigencia del gobierno dictatorial portugués, de Salazar y de Caetano, entre febrero de 1962 y la revolución de los claveles el 25 de abril de 1974, por injusta y cruenta que fuese –y lo fue– no tuvo ni tiene parangón con las tragedias padecidas por la población desde la independencia. Hoy, Angola cuenta millones de muertos, de desplazados, de lisiados. Las minas antipersonal impiden o dificultan el transporte terrestre. Una altísima proporción de niños deambula, sin familia que les proteja, no van a la escuela y pasan hambre.

Angola es la viva imagen de un país destruido, parte de un continente a la deriva, más explotado e inseguro que en la ominosa época del colonialismo. Un triste ejemplo de lo que escribió el gran humanista francés, ecologista y amigo del Tercer Mundo, René Dumont, hoy desaparecido, en el libro profético que dio la vuelta al mundo:

Africa empieza mal…

El colonialismo portugués, la desgraciada repercusión que tuvieron en Angola los conflictos de la guerra fría y, después, las equivocadas intervenciones de la comunidad internacional, de la «troika» de los llamados mediadores y de la propia ONU –por este orden– condicionaron muy negativamente la catastrófica evolución de Angola, cada día de mal en peor. Sin ignorar, naturalmente, la obstinación criminal de los «señores de la guerra» de uno y otro lado: uno, detentador del petróleo producido en el enclave de Cabinda y en Angola; el otro, controlador parcial de los diamantes. Las dos fuerzas que alimentan una guerra interminable sin solución a la vista.

En realidad, la guerra de Angola no tiene solución militar. La teoría del gobierno de Luanda de una victoria por el «aniquilamiento del enemigo interno» y un posible asesinato de Savimbi, aparte de no ser realista, no tiene ninguna justificación política o moral.

La consecuencia de tal teoría fue catastrófica: convirtió una guerra civil en una guerra de guerrillas generalizada, lo que agravó el éxodo de la población. Las poblaciones indefensas son las grandes víctimas, como se comprobó en la masacre de Cachito, a sesenta kilómetros de Luanda. Condenable, como todas las matanzas, perpetradas por cualquiera de los bandos.

¿Qué hacer? Ayudar a la joven y floreciente sociedad civil angoleña; ayudar a las iglesias –en especial cabe destacar la valiente exhortación y actuación de la Iglesia Católica–, así como a los partidos, las asociaciones civiles y las personalidades independientes, que han hecho oír sus protestas contra la guerra, a fin de promover un movimiento internacional en favor de la paz y por el diálogo entre las facciones en guerra. Sólo puede hacer la paz quien hace la guerra…

Las partes en conflicto deberán ser obligadas por la comunidad internacional a sentarse de nuevo a negociar y a aceptar el desarme bilateral.

Incluso quienes piensan –como los americanos– que el comercio es la mejor «arma de paz» habrán de reconocer que, sin paz, no puede haber estabilidad política, ni elecciones, ni, evidentemente, comercio duradero y lucrativo, de efectos beneficiosos también para el desarrollo de la población.

Angola puede responder a los intereses externos sin por ello descuidar los intereses y el bienestar de la población. El conflicto angoleño tiene causas internas y externas. En situación de paz, sin embargo, todos los intereses legítimos son conciliables, ya que la guerra solamente beneficia a los especuladores sin escrúpulos.

Angola es un país importante para el mundo y un país clave para la estabilidad de Africa austral. Merece la paz, después de tantos años de guerra.

El Parlamento Europeo aprobó, recientemente, una resolución en favor de la paz en Angola en la que reconoció que el conflicto existente no tiene «solución militar». Ha sido un buen comienzo. Ahora es menester pasar de las resoluciones a los hechos, dando la palabra y escuchando a los representantes de la sociedad civil y de las iglesias de Angola. Ellas saben mejor que nadie cuál es el camino que se debe seguir o el que más les conviene.

Europa –como Estados Unidos– tiene responsabilidades e intereses a largo plazo en Angola que son irrenunciables. Pero deben aprender a saberlos conjugar con los intereses de las poblaciones y a ponerlos al servicio de un desarrollo sostenible de Angola y de su gente.Para ello es preciso detener el juego criminal de la guerra. Y crear las condiciones de la paz y de la estabilidad política, condiciones éstas imprescindibles para el renacimiento de una Angola próspera, pacífica y democrática, al servicio de todos los angoleños e integrada, de forma responsable, en la comunidad internacional. *

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