"La cuestión fundamental es entre la inercia y la reforma"
¿Cuál es el balance de su rectorado?
Hay que retroceder cuatro años atrás cuando en 2006 la Universidad tuvo la elección rectoral probablemente con el debate más intenso en mucho tiempo. Fue una elección muy disputada que llegó, por primera vez en la historia reciente, a la tercera asamblea general del Claustro con tres candidaturas al comienzo. Fue sumamente saludable porque se discutió mucho y eso siempre es bueno. En segundo lugar porque se pusieron sobre la mesa dos tipos de argumentos que me parecen importantes: destacar lo mucho y bueno que hace la Universidad en el país y señalar las carencias y la falta de revisión crítica, que de alguna manera nos estaba aquejando. Ahora bien, una vez que se termina una elección muy disputada no es fácil construir un consenso. Yo siempre creí que en la Universidad había más discusiones aparentes que reales y que era posible llegar a un acuerdo importante, y con esa idea trabajé. De alguna manera creo que la idea ha tenido bastante asidero en la práctica. Por ejemplo, la elección rectoral terminó el 26 de julio de 2006. En abril de 2007 habíamos realizado dos consejos directivos centrales extraordinarios que definieron una pauta para avanzar hacia una nueva reforma universitaria. Esas pautas generales fueron acordadas por unanimidad. Desde entonces estamos trabajando en esa perspectiva. Los fascículos de la serie «Hacia la reforma universitaria» han venido informando sistemáticamente sobre el asunto. Así pues, desde el comienzo del 2007 hasta ahora, hemos trabajado para poner en marcha una nueva reforma universitaria. Como valoración de conjunto creo que mi pequeña metáfora no es mala: si la Universidad es un avión, en los últimos tres años ha venido corriendo más rápido por la pista, a favor de incrementos presupuestales, pero también de una decisión conjunta de hacer cambios. Puedo dar ejemplos en la enseñanza, en la investigación, en la extensión, en la transformación de la estructura académica, en comunicación con la sociedad, en el Interior y algunas cosas más. Pero el avión no está despegando. Y para que esto merezca el nombre de nueva reforma universitaria tiene que ser una transformación que no sea sólo cuantitativa, sino realmente cualitativa. Tiene que haber un despegue, que es lo que está planteado ahora.
¿Por qué no está despegando y cuál es la reforma que pretende la Universidad?
Lo segundo es lo más complicado. La reforma es un proceso que apunta a colaborar en lo que yo creo es la transformación más grande que tiene por delante el Uruguay: generalizar el acceso a la enseñanza terciaria y universitaria a la mayoría de la población, a lo largo de toda la vida, en conexión con el trabajo.
¿Eso es lo que está planteando el gobierno también?
Yo creo que no sólo lo pretende el gobierno, sino que es una causa nacional. En lo personal, lo vengo diciendo desde hace muchísimo tiempo y como Universidad lo decimos desde el 2007. Esto naturalmente implica una serie muy variada de transformaciones y, sobre todo, hay que decirlo con mucha modestia. No es algo que la Universidad pueda hacer sola. Una de las primeras resoluciones que tomamos en marzo de 2007, en el primero de los consejos directivos centrales extraordinarios, fue que para avanzar en ese sentido había que crear nuevas instituciones de enseñanza terciaria. Había que pensar en un sistema de algunas instituciones ya existentes, en una Universidad que está cumpliendo 160 años de existencia, y otras nuevas. La nueva Ley de Educación, que tuvo un proceso complejo, con luces y sombras, ha creado dos nuevas instituciones. La reforma se define especialmente por la idea de contribuir a la generalización de la enseñanza avanzada, hacer de nuestra institución cada vez más una Universidad para el desarrollo integral, una Universidad que en la generación y en el uso social del conocimiento piense sobre todo en el desarrollo del país.
¿Eso va ligado a la investigación y a la extensión, sobre todo?
Investigación, innovación, extensión…tenemos mucho para conversar allí, y por la orientación de las actividades. No es lo mismo cuando uno simplemente piensa en la investigación que cuando piensa en la innovación y su contribución a la inclusión social, que es una de las cosas a las que más energía le hemos puesto. Esta idea de reforma para la generalización de la enseñanza avanzada, construyendo una Universidad para el desarrollo, se apoya en una tradición. Yo estoy convencido de que siempre el problema de la renovación es construir lo nuevo con lo mejor de la tradición. Y la Universidad latinoamericana tiene una gran tradición de compromiso social, de involucramiento de los estudiantes, de cogobierno democrático. Todo eso hay que revitalizarlo. Para que haya cambio en la Universidad hay que revitalizar el cogobierno, hay que hacer cambios profundos.
Eso se contrapone a las declaraciones del ex presidente Sanguinetti, que acaba de criticar las «utopías regresivas» de las universidades latinoamericanas.
Como rector no puedo polemizar con dirigentes políticos, pero voy a hablar de los conceptos y no de quienes los vierten. ¿Qué es lo progresivo en nuestro mundo? Para no quedarse en una discusión pequeña, lo progresivo, desde el punto de vista de las universidades, para mí es lo siguiente: el conocimiento está siendo factor creciente de desigualdad. Algunos acceden a la enseñanza, la superior, de alta calidad, y la mayoría no. Algunos acceden a los frutos de la investigación y la mayoría no. Como dice la gente que estudia los problemas de la salud, hay una brecha 90 a 10 en materia de conocimiento sobre la salud; quiere decir que el 90% de los recursos para la investigación en salud se dedican a los problemas del 10% de la población mundial. En ese contexto, ¿qué es lo progresivo? No hay duda, democratizar el conocimiento. Eso es lo progresivo. Conocimiento de alto nivel pero con vocación social. Es muy difícil hacer las dos cosas a la vez. Por supuesto, si uno restringe el ingreso de los estudiantes, si en vez de tener 16.000 o 17.000 estudiantes que entran por año, tenemos 1.600, está claro que vamos a tener mejores condiciones materiales y también mayor cantidad de docentes para formarlos. ¿Y los que quedan afuera? ¿Qué pasa con eso? ¿Eso es democratización del conocimiento? ¿Va a ser bueno para el país tener una pequeña minoría que accede a la Universidad y una gran mayoría que no? Nuestra idea es que lo realmente progresivo es democratizar el conocimiento. Porque el conocimiento cuanto más se usa más se tiene, entonces es una buena inversión. Jefferson usaba una metáfora que decía que el conocimiento y la educación son como la luz de una vela: cuando usted prende otra vela, no apaga la otra vela, al contrario, sigue expandiendo la luz. Cuando la gente aprende y usa el conocimiento, sabe más cosas. Usted, como periodista, si deja de trabajar durante dos o tres años, retrocede en su capacidad. Pero si está trabajando, si está estudiando, si está al día y ve cosas nuevas y las aplica en su profesión, cuanto más conoce más sabe. La apuesta a democratizar el conocimiento no es sólo una apuesta ética, es también una apuesta política, de eficiencia. Cuanto más democraticemos el conocimiento, más conocimiento de mejor nivel tendremos. Estoy leyendo el último trabajo de la Cepal, de pronto el Dr. Sanguinetti no lo ha leído, se llama «La hora de la igualdad» y dice claramente: la experiencia internacional muestra que a los países más igualitarios y con mayor difusión de la educación les va mejor en materia de desarrollo. Esa es nuestra apuesta y a eso quiere colaborar la segunda reforma universitaria. Es muy importante construir desde lo mejor de la tradición. La tradición es el imaginario colectivo, lo que alimenta nuestras expectativas. La Universidad latinoamericana es la única gran experiencia histórica de universidad que cambió desde adentro, se democratizó desde adentro
con la vocación de luchar contra la desigualdad en materia de acceso a la educación superior y al conocimiento. Es una tradición que hay que revivir. Era importante en 1918, en Córdoba, pero mucho más importante es en el siglo XXI. Si la batalla de la desigualdad hace cien años se jugaba en terminar la enseñanza primaria, si ahora alguna gente dice que se juega en terminar la enseñanza media, muy pronto, yo creo que ya, pero si no muy pronto se va a jugar en el acceso efectivo de entrar y poder avanzar en la enseñanza terciaria. En esa perspectiva paso a la segunda pregunta: ¿Qué es lo que nos falta para despegar? Nos faltan varias cosas, entre ellas un grado de participación del conjunto del «demos» universitario. Creo que el descreimiento con respecto a los cambios, si bien ha comenzado a disminuir, todavía es muy grande. El descreimiento o la expectativa son profecías que se cumplen a sí mismas. Cuando se descree en los cambios, los cambios no se producen. A la inversa, suceden cuando la gente empieza a creer en los cambios. Por eso es que nos parece, con modestia y con profunda autocrítica sobre lo mucho que nos falta, que es importante subrayar que si bien no hemos despegado, estamos corriendo más rápido por la pista en casi todas las actividades universitarias. Hay que subrayarle a los estudiantes, docentes, egresados y funcionarios que la Universidad, tanto por los cambios que ha resuelto hacer, como por el incremento presupuestal, como por el clima que se vive en el país, tiene una oportunidad muy grande de transformarse. Es la hora de hacer un esfuerzo mayor en materia de participación, primera cosa. Segunda cuestión, el énfasis fundamental en la renovación de la enseñanza. Hemos hecho cosas, estamos haciendo otras, pero tenemos que hacer un esfuerzo mucho mayor porque nosotros estamos acostumbrados a pensar una enseñanza universitaria que se dirige a una minoría de la población que ha terminado en tiempo y forma una enseñanza media y con 18 o 19 años accede a la Universidad. Yo durante cuarenta años enseñé pensando en ese tipo de situación, pero hoy por hoy tenemos un acceso mucho más diversificado de estudiantes. Muchachos que terminaron una buena enseñanza media y muchachos que terminaron una frágil enseñanza media, muchachos y no tan muchachos, gente que tiene todo el tiempo para estudiar y gente que trabaja más de 30 horas semanales. Uno de cada tres estudiantes universitarios trabaja más de 30 horas semanales. Entonces, ¿podemos enseñarles a todos de la misma manera? Está claro que si uno quiere ser igualitario, tiene que considerar de manera diferencial las situaciones distintas. Diversificar horarios, diversificar las modalidades, introducir modalidades semi-presenciales en la enseñanza, tener en función de la preparación previa alternativas diferentes, introducir formas alternativas de acceder a la Universidad. Todo eso que es la renovación de la enseñanza lo hemos comenzado a hacer pero corriendo más rápido por la pista. Un ejemplo bien concreto son los ciclos iniciales optativos. Es una gran apuesta. Suponga que a usted le gusta el área social pero no sabe si quiere hacer Derecho, Ciencias Económicas o Historia. O suponga, a la inversa, que usted entró a la Universidad en ingeniería y luego descubre que le gusta Derecho. O suponga que usted llega a la Universidad y quiere hacer algo muy concreto del área social pero su formación de Secundaria es débil. Si va a una carrera directamente, no le va a ir bien. Estas posibilidades aparecen todos los días. Si uno no tiene una clara vocación por una carrera, se hunde en la desorientación. Si se quiere cambiar de la Ingeniería al Derecho, hay que volver a la enseñanza Secundaria. Si uno tiene una formación frágil, no sabe qué hacer. Hemos puesto en marcha los tres ciclos iniciales optativos por áreas, con una formación general, una visión de cada carrera, una formación básica. Los queríamos haber puesto en marcha en 2008 pero arrancaron en 2010, corriendo por la pista.
Los tres en el Interior, en el lugar donde menos tenemos consolidada la cosa pero donde hay más plasticidad.
Son los tiempos de Uruguay…
Yo digo que para mi generación puede ser pero no para la generación que viene después. No podemos quedarnos en el elogio o la aceptación de la demora. Uruguay tiene una oportunidad histórica de crecimiento económico, de convergencias políticas partidarias por encima de fronteras tradicionales. Esta oportunidad hay que aprovecharla. Los tiempos de Uruguay tienen que ser los de la Selección uruguaya. Entonces, en materia de renovación de la enseñanza tenemos varios proyectos pero no los estamos logrando aplicar con el ritmo y la diversidad que querríamos. Otro ejemplo del sentido en el que estamos corriendo más rápido pero no estamos despegando, es la reforma de la Ley Orgánica. Ella no es la reforma, sino una herramienta para la reforma. Por eso, primero avanzamos durante 2007 en la definición de los objetivos de la reforma a largo plazo. Después, en 2008 planteamos, para avanzar en la reforma, entre muchas otras cosas, la necesidad de una nueva Ley Orgánica. Hemos corrido un poco más rápido en la pista porque hasta hace dos años y algo no se planteaba una nueva Ley Orgánica. El Consejo Directivo Central del 8 de junio resolvió hacer esfuerzos intensos para que antes de fin de año podamos tener una nueva Ley Orgánica.
¿No está muy fragmentada la Universidad en sus distintos órdenes?
Sin duda hay una fragmentación muy importante. Es una institución que entre sus 80.000 estudiantes, 8.000 docentes, cinco mil y algo de funcionarios, 90.000 egresados, tiene más población que la que tenía Uruguay en 1850. ¿Cómo se hace para que una institución muy grande y diversa, con egresados en Artigas, docentes en Maldonado, estudiantes en Salto, tenga una cierta unidad dentro del respeto a las diversidades? Las comunidades son comunidades espirituales y la Universidad, si existe, es porque es una comunidad espiritual. Por eso la idea de reforma plural, con diversas alternativas en las cuales muchos pueden aportar. Creo que la fragmentación de la Universidad se supera en la medida que muchos sintamos que hay un proceso de cambio al que podemos aportar desde la diversidad. Un ejemplo. En la reorientación profunda del trabajo hacia el Interior, ha habido una confluencia muy grande. Hoy por hoy, la política de la Universidad para el Interior es una política aprobada una y otra vez de manera unánime.
Si bien el esfuerzo de estos años ha sido muy desgastante y uno ya tiene muchos inviernos sobre los hombros, hay una cierta cuota para un optimismo cauto. El problema en la Universidad no es entre tal y cual corriente; la cuestión fundamental es entre la inercia y la reforma, porque todas las iniciativas para la reforma hemos logrado conjugarlas.
Compartí tu opinión con toda la comunidad