Es mi culpa…
Caso
Estaba confusa, ansiosa, retorciéndose las manos, como siempre en los últimos tiempos, sin conseguir salir de ese estado. Había supuesto que el trabajar menos la ayudaría, por lo que renunció a uno de sus empleos. Pensó que si tenía que cumplir menos horario laboral, ese penoso estado en que quedaba atrapada mejoraría. Sin embargo no fue así. Ya hace varios meses que trabajaba menos y en vez de estar mejor, solo había conseguido sentirse más culpable.
Carmen pensaba y pensaba, sobre los motivos de esta angustia. Estaba acostumbrada a trabajar tantas horas, sin tomar en cuenta jamás todos los sueños que habían quedado por el camino. Su vida se había centrado en el esfuerzo y el sacrificio del trabajo. Eso se lo había enseñado su padre y jamás lo había cuestionado. Era una muchacha introvertida, temerosa y sobre todo perfeccionista. Revisaba cada cosa que hacía hasta estar segura de que estaba correctamente realizada. No aceptaba equivocarse y un error era algo imperdonable. Carmen no encontraba paz y la culpa le oprimía el pecho. No toleraba nada fuera de lugar, desordenado o sucio. Por eso limpiaba constantemente y sus manos estaban enrojecidas por el uso constante de detergentes y desinfectantes. No sentía el agobio del cansancio que significaba su trabajo y mantener su casa en condiciones de perfección. Claro que esto era imposible por lo que su esfuerzo se redoblaba. No había excusas.
Esa mañana Carmen se sentía agobiada por la culpa. Había dejado un trabajo para que su casa estuviera impecable y ahí estaba hecha un ovillo en su cama, pensando, culpándose, sintiendo que no servía para nada. Todo debía estar limpio, todo perfecto. Su vida era un desastre.
Comentario
Carmen al igual que muchas personas suelen caer atrapadas en la búsqueda de ideales de perfección que no existen en nuestra dimensión humana. Deseando lo perfecto se cae paradójicamente en el opuesto, la vivencia de la imperfección y la continua insatisfacción de no llegar al estándar deseado. La búsqueda escrupulosa del momento en que se falló, se suma a la preocupación por la incapacidad de alcanzar ese ideal de orden o limpieza. La culpa como resultado final se instala, invade, atormenta y paraliza. La vida se torna una continua búsqueda del error, se convierte en un juego malsano que lleva a acumular culpas y errores. En ocasiones se inician rutinas que pretenden conjurar o compensar las acciones no realizadas, o las imperfecciones cometidas. Esas rutinas encierran una penosa sentencia que obliga también a su perfección, de esta forma son una perversa trampa que lleva a su repetición indefinida.
Es así, que las personas como Carmen quedan atrapadas en un mundo ritualizado, estricto, agobiante, que deja muy poco margen para la vida saludable. Las relaciones interpersonales se empobrecen al igual que las vivencias de satisfacción. No existe el margen de libertad para realizar cualquier acto de la vida, sin la presión de la perfección, del horario, de la rutina, de los estándares de limpieza u orden. Todo es ritualizado, medido, escrutado. Nada se deja al azar.
Como se comprenderá, la vida pierde toda vibración emocional. Solo existe la preocupación por lo rutinario y estructurado. La rigidez psíquica solo da lugar a la culpa que se vive como única vibración emocional permitida, por supuesto dolorosa, pero vibración al fin. Todo es vivido en clave de culpa y de apremio. La ansiedad y la angustia son los ingredientes cotidianos.
El caso de Carmen suele tener versiones menos floridas que frecuentemente pasan desapercibidas en la vida cotidiana. Son personas que suelen comprobar varias veces si cerraron la puerta, si cerraron la llave del gas, si hicieron tal o cual cosa. Incluso suelen llegar a dar vuelta sobre sus pasos varias cuadras o a bajarse del ómnibus, para comprobar aquello que los inquieta. Otras rutinas como las de limpieza y orden se disimulan bajo un manto de abnegación que se suele valorar, mientras no invada la vida del entorno. Sin embargo estas rutinas, tarde o temprano, se imponen en la vida de los demás miembros de la familia o el grupo al que pertenece la persona obsesiva. La rigidez se torna asfixiante no solo para quien la genera, sino para quienes conviven con ella.
Es frecuente suponer que no existe ayuda posible para situaciones semejantes que son solo atribuidas a características personales. Sin embargo es posible la ayuda especializada: la psicofarmacología y la psicoterapia son recursos que obtienen muy buenos resultados aportando un cambio saludable para el sufrimiento de personas que como Carmen se enquistan entre la culpa y la rigidez. La vivencia de sus culpas para una persona obsesiva no admite posibilidad de alivio y por ello no suelen acudir a solicitar ayuda. Como todo en la vida, además de la calidad, depende de la cantidad. El orden, la limpieza, las normas y su respeto son saludables y por tanto deseables en tanto no se conviertan en una estructura atrapante y rígida. Ese es el caso del mundo perfeccionista y obsesivo, que se torna un mundo no saludable, que debemos reconocer para acercar la ayuda disponible a quienes por su propio sufrimiento no son capaces de buscarla por sí mismos.
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