SANA MENTE

Lobo, ¿dónde estás?

Caso:

«Dos violentas rapiñas se registraron en las últimas horas en distintos barrios, resultando en una de ellas herido de gravedad el pistero de una estación del Cerrito de la Victoria, mientras que en la otra un feriante fue atacado a balazos pero por fortuna no lo alcanzaron.» LA REPUBLICA, 15 de mayo de 2010.

«Comando de cinco menores rapiñeras saquearon comercios en Pan de Azúcar». LA REPUBLICA, 15 de mayo de 2010. «Luego del clásico del miércoles, 30 ómnibus sufrieron daños debido a la acción de las hinchadas». LA REPUBLICA, 15 de mayo de 2010.

 

Comentario:

«Juguemos en el bosque mientras el lobo no está. ¿Lobo estás? Cantaban los pequeños mientras hacían una ronda en la escuela. Este inocente entretenimiento del mundo infantil de hace muchos años es hoy parte de la vida cotidiana, solo que ya no es un juego, ni es alegre, es una grotesca realidad que nos involucra a todos.

Más allá de los titulares, más o menos sensacionalistas, es hora de mirar la realidad en su conjunto. El lobo, o mejor dicho la violencia, es a la fecha un fantástico ser omnipresente y polimorfo. Está presente en todas las capas sociales, en todos los barrios, dentro del hogar y en los espacios públicos, en los estadios deportivos, en las calles y hasta en los centros educativos. Se muestra en forma individual, en pequeños grupos o en el desmán de las masas. Ya no hay espacio para explicaciones a partir de comparaciones estadísticas con respecto a otros contextos ni a lógicas comprensivas que consigan minimizar los hechos.

Cuando un fenómeno como el de la violencia está presente, es imprescindible en primer lugar dejar de jugar a la escondida y con la lógica de la culpa. Es decir, ya no importa de quién es la culpa. Conocer quién le abrió la puerta al lobo para que ya no se pudiera salir a jugar, pasa a ser un hecho casi anecdótico cuyo conocimiento enriquece el marco teórico de posibles hipótesis explicativas. Sin embargo no aporta elementos para la acción práctica de mantener al lobo a raya y poder salir a retozar.

Tal vez es hora de dejar de jugar a la escondida ya que huir del lobo no nos garantizará rescatar los momentos distendidos para seguir jugando, trabajando, estudiando o realizando cualquier actividad de una sociedad que pretende ser productiva. Existe un sinfín de proyectos, esperanzas y caminos que requieren de la creatividad y las fuerzas de quienes todos los días construyen un país y que sin dudas en un encuadre de alerta merman sus posibles resultados. El desgaste psíquico que produce jugar a la escondida con el lobo malo sólo consigue generar un estado de tensión permanente que frena la creatividad, desestimula e introduce una variable difícil de manejar en un colectivo: el miedo.

El miedo lleva a reacciones poco racionales, que lejos de solucionar el problema, suelen empeorar la situación. Es hora de sentarse a pensar sobre soluciones colectivas, comprometiendo a todos los involucrados, es decir a todos quienes quieran seguir saliendo a jugar alegremente mientras el lobo esté ausente, no porque lo escondamos, sino porque lo mantengamos a raya, con límites de respeto, cumpliendo cada uno en su nivel las reglas y los roles asignados.

Comprometerse implica observar y descubrir en cada uno de nosotros el momento en que se aflojan ciertas responsabilidades, cada uno en su rol, cada uno en su lugar de trabajo, en la casa, con la familia. Buscar al culpable no cambia la situación; por el contrario asumir cada uno de nosotros la responsabilidad que le compete, tal vez, consiga restablecer los límites que se han desdibujado y han permitido que el lobo de la violencia campee en nuestro medio.

Desde el más humilde al más encumbrado rol ciudadano, hasta cada uno de los espacios individuales, restablecer los límites de respeto ayudará a mantener la saludable y necesaria autonomía para conservar nuestra integridad personal, en los aspectos físicos y psicológicos. Intentar soluciones aisladas o manotazos de ahogado con la mejor intención solo puede llevarnos a mayores problemas. Bajar un cambio, dejar la emoción y hacer prevalecer la razón puede auxiliarnos para restablecer esos límites de respeto que nuestra sociedad está reclamando.

Las respuestas saludables frente a los problemas, ya sean individuales o colectivos, son necesarias para conservar un entorno de paz que es requisito para mantener la salud y fomentar la educación, es decir que si queremos estar en paz debemos tener más educación y estar más saludables en el sentido integral. Esta aparente relación sin principio ni fin debe abordarse ya. No importa donde estamos, sino adónde queremos llegar. Un mejor estado de salud colectiva, con menos violencia, con más respeto, pondrá al lobo en su lugar y permitirá salir nuevamente a jugar. No importa si partimos de un estado poco saludable de nuestra sociedad, las soluciones ya no pasan por analizar si faltan tecnología, recursos humanos o reglas. Reclamar todos los recursos para salir de un pozo no facilita esa salida. Salir de un pozo requiere arreglarse con lo que se tiene, en esa emergencia. Sin esperar soluciones mágicas, buscando la cooperación y la administración de nuestros recursos, que aunque escasos, deben ser efectivos y además eficientes. Somos todos responsables y reconocerlo puede llevarnos a encontrar colectivamente la solución. Lobo, ¿estás?

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