Homenaje. Una marcha con fogones conmemoró la fecha días después

El recuerdo de la matanza de Salsipuedes sigue latente

Este fin de semana se realizó en el departamento de Paysandú la novena cita en el Salsipuedes, lugar donde el 11 de abril de 1831 ocurriera la gran masacre charrúa. Una gran marcha a caballo organizada por las aparcerías de los pueblos en el trayecto de la Ruta 90 (la ruta de los charrúas) homenajeó aquel fatal desenlace. La fecha de esta edición se modificó teniendo en cuenta el feriado largo, que según los organizadores facilitaría el regreso con más tranquilidad.

La marcha partió de la ciudad de Guichón y pasó por Piñera, Merinos y Morató, donde se realizaban fogones. En Morató se celebró una misa criolla a cargo del sacerdote de Guichón, Alfredo Silva. Luego, los organizadores proyectaron la película “13.500”, del historiador Nelson Caula, la cual relata el pasado indígena de Uruguay. La noche del sábado, después de haber compartido un asado y haber confraternizado al calor del fogón, los caballos y jinetes descansaron en una estancia de la zona llamada “La Lolita”. Al amanecer prosiguieron la cabalgata para llegar al destino final, el Salsipuedes. Allí se desarrollo el acto protocolar donde estuvieron presentes autoridades municipales y actores sociales y políticos del departamento. En el lugar descendientes indígenas, agrupaciones tradicionalistas, sociedades nativistas, aparcerías y asociaciones criollas rindieron homenaje a cientos de charrúas asesinados allí hace 179 años. Las aparcerías recorrieron 78 kilómetros desde Guichón hasta el Memorial Charrúa. La joven Maida Silveira dio lectura al mensaje que fue entregado en manos del chasque Pablo Centurión, de la aparcería Tiatucura, y que arrojó a las aguas del arroyo Salsipuedes Grande. Posteriormente, alumnos de la Escuela Nº 29 Vaimaca Perú de Tiatucura leyeron un poema de un residente del lugar: “Taita Cepé”. Al mediodía todos compartieron un almuerzo de confraternidad en la escuela local. La jornada concluyo con la actuación del payador y escritor de Rivera Reginaldo Quintana y el trío folclórico Abriendo Camino, que junto al grupo de danzas tradicionalistas Santa Isabel de Paso de los Toros pusieron el broche de oro a uno de los homenajes más emblemáticos de la historia uruguaya.

 

La historia

Los charrúas eran libres, sobre todo en los territorios del Norte, y para las autoridades de la época constituían un obstáculo insalvable para la estructuración de una sociedad que debía organizarse. Cuenta la historia que a su retorno de las Misiones Orientales, Fructuoso Rivera había intentado asentar en Bella Unión a parte de los grupos que lo habían acompañado en esa campaña. Juan Antonio Lavalleja habría recomendado a Rivera, en febrero de 1830, adoptar las providencias “más activas y eficaces” para la seguridad de los vecindarios y la garantía de las propiedades afectadas por los charrúas, a los que consideraba “malvados que no conocen freno alguno que los contenga” y que no podían dejarse “librados a sus inclinaciones naturales”.

La decisión de ponerle fin a esos grupos charrúas habría quedado así a cargo de Rivera, que había establecido buenas relaciones con algunos caciques en la época. Desde su posición de presidente, Rivera convocó a los principales caciques charrúas, Polidoro, Rondeau, Brown, Juan Pedro y Venado, junto con todas sus tribus, a una reunión a realizarse en un bucle o “potrero” formado por el arroyo Salsipuedes el 11 de abril de 1831, diciéndoles que el Ejército los necesitaba para cuidar las fronteras del Estado.

Según los relatos, agasajados y emborrachados, fueron atacados por una tropa de 1.200 hombres al mando de Bernabé Rivera. Se dice que el propio Fructuoso Rivera habría dado la señal de iniciar el ataque haciendo fuego sobre el cacique Venado, luego de pedirle que le entregara su cuchillo para picar tabaco. El saldo según la historiografía oficial fue de 40 indios muertos y 300 prisioneros, algunos de los cuales lograron huir, siendo perseguidos por Bernabé Rivera. Los indígenas prisioneros fueron trasladados a pie hasta Montevideo. La mayor parte de ellos quedó a cargo de familias a las que sirvieron esclavizados. Algunos caciques (Vaymaca Perú, Tacuabé, Senaqué y la mujer de Tacuabé, Guyunusa) fueron vendidos a un francés llamado François de Curel, quien los trasladó a París, donde fueron exhibidos como ejemplares exóticos de América. Todos ellos murieron en cautiverio, excepto Tacuabé, que logró huir llevándose al hijo que su mujer dio a luz, sin que nunca más se supiera de él.

La persecución no se agotó en la matanza de Salsipuedes. Bernabé Rivera tuvo un especial empeño en encontrar y exterminar a los que lograron escapar, en lo que él mismo describió como “el gran interés que tomo en la conclusión de los infieles”. El 17 de agosto de 1831 sorprendió en Mataojo, cerca de la desembocadura del río Arapey, a un grupo de charrúas comandado por los caciques El Adivino y Juan Pedro, a los que atacó saldándose el episodio con 15 muertos y más de 80 prisioneros. Bernabé Rivera informaba que habían conseguido escapar 18 hombres, ocho “muchachos de siete a doce años y cinco chinas de bastante edad”, entre ellos Polidoro, único cacique sobreviviente. Bernabé Rivera se dedicó a perseguirlo. El 16 de junio de 1832 ubicó a un grupo de charrúas que huyó hacia una hondonada llamada Yacaré-Cururú y en una emboscada, los charrúas mataron a Bernabé, nueve soldados y dos oficiales.

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