SANA MENTE
Corazón al galope
Caso
Otra vez sus manos frías, empapadas y a continuación lo de siempre, su corazón irrumpe con un galope desbocado que precede a un malestar imposible de describir. Parece que todo se termina, que la muerte es inminente y es entonces cuando Teresa quiere salir corriendo, a cualquier parte, sin rumbo, en un deseo de escapar del sufrimiento que la atrapa sin piedad. Nada detiene este tormento, que al igual que una tormenta poco a poco va dejando lugar a una aparente tranquilidad impregnada en el temor permanente a la reaparición de todo este calvario.
Poco a poco Teresa ha cambiado, se la ve triste, habla poco y su rostro denota cansancio. Sus noches hace ya mucho tiempo que dejaron de ser el ansiado descanso. Se han convertido en interminables horas de rumiar pensamientos que no llegan a ninguna parte, pero que se imponen y obligan con su presencia. Como consecuencia a la mañana siguiente el cansancio es mayor y el día parece una montaña imposible de escalar. Cada minuto es una eternidad y cada circunstancia un abismo que amenaza. Teresa se siente destruida, pero nadie parece entender lo que le pasa: «todo va a pasar, es solo un mal momento, tienes que esforzarte» o «no exageres, si se te ve muy bien, solo debes sonreír, y ya verás que todo pasa». Estas palabras y otras tantas, lejos de animarla, le demuestran la imposibilidad de compartir su sufrimiento. Ella no puede esforzarse más. Hace ya mucho tiempo que sufre en silencio y ha intentado disimular su desazón y el miedo a que su corazón reinicie una marcha alocada. Ya nada le interesa, y su vida transcurre en una rutina «salvadora», ya que cada situación nueva representa un escollo imposible de sortear. Teresa no consigue pensar con claridad, está siempre alerta a la mínima señal que despierte al monstruo que se ha instalado en su interior.
Comentario
La crisis de pánico o crisis de angustia, como se denominaba hace muchos años es el nombre que resume lo que le pasa a Teresa. Es un conjunto de síntomas más o menos floridos que se experimentan en el cuerpo, con la certeza de que algo grave, tal vez la muerte puede ocurrir. Es el impacto sobre el cuerpo de un «peligro» desconocido que ataca y al que se escudriña todos los días, en una tensa y ansiosa espera. Es la vivencia casi catastrófica de embates de un enemigo desconocido, que tienen a continuación treguas más o menos prolongadas impregnadas de un estado de permanente alerta. Este estado de guardia permanente va agotando a la persona, que poco a poco se empieza a retraer, evitando el contacto social, huyendo de todo aquello que signifique un cambio, aún el más mínimo. Todo se torna amenazante y el temor a que los episodios se repitan obliga a estar siempre en situación de alerta. La vida cotidiana se torna lentamente un sufrimiento, en el que se van perdiendo los momentos de placer o disfrute. Todo pierde atractivo y se torna gris, penoso, sin brillo.
Este tipo de sufrimiento es muy frecuente en nuestra población y lamentablemente transcurre mucho tiempo sin diagnóstico y por lo tanto sin tratamiento. En muchos casos el tratamiento no especializado, en apariencia amortigua los síntomas, dando una falsa sensación de tranquilidad que es seguida de nuevos episodios. De esa manera el paciente queda con la convicción que el tratamiento médico tampoco lo libra de su sufrimiento. Inicia así un periplo por múltiples consultorios de la medicina tradicional y la alternativa. Sorprende a veces la cantidad de remedios, consejos e intervenciones que manosean el sufrimiento del paciente antes de que obtenga un diagnóstico y tratamiento correctos. Mientras tanto, el paciente se siente cada vez más agotado, menos proclive a realizar una nueva consulta. Someterse a un nuevo tratamiento y ver sus esperanzas nuevamente perdidas por la aparición de nuevos episodios suman más frustración a su vida.
Paralelamente se asiste también a un agotamiento del entorno del paciente. La familia y los amigos del paciente en el inicio también se alarman y el ambiente se convulsiona. Con el paso del tiempo surge la incredulidad y la convicción de la exageración de los mismos. Peor aún, a veces se llega a pensar que esos síntomas son propios de la debilidad del paciente que recurre a ellos para llamar la atención. Esta convicción que se manifiesta en las respuestas que se dan al paciente, lo que hacen es agravar su sufrimiento.
Imagine el lector el apoyo y comprensión que despierta un accidente o fractura. Todo el entorno se desvive por atender al paciente, por acompañarlo y aún complacerlo en lo más mínimo. Se comprende su sufrimiento y se lo acompaña. En el caso de las crisis de pánico, el entorno también agotado por la reiterada frustración en sus cuidados, abandona o minimiza el sufrimiento del paciente, mostrando incomprensión que lo deja en una situación de penoso desvalimiento.
El prejuicio por la consulta especializada suele contribuir al retraso en el diagnóstico y tratamiento correctos. Recordemos que la psiquiatría no es más ni menos que cualquier otra especialidad médica a la que se debe poder acceder desoyendo las miradas prejuiciadas propias o del entorno.
Esta columna y las anteriores están disponibles en www.prosalud.com.uy. Dra. Almendras. Informes y Seminarios 4099983
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