EL RODELU Y LA MUJER ARAÑA
Los juegos se habían instalado por los año 50 y aún mantenían su magnetismo sobre los más jóvenes. Los niños sentían la atracción de esos artefactos de hojalata movidos por ruidosos motores y atendidos por sus dueños o familiares. De esa época surgen algunos nombres que al mencionarlos son un pasaporte al mundo de la infancia. Al bajarse del ómnibus, los botijas se soltaban de la mano de los abuelos y corrían hacia el Tren Fantasma. Ruidos de portazos de unos carritos colorados en un túnel enfrentando a unos mal iluminados y agujereados muñecos de cartón. Es que las barras de adolescentes subían con piedras escondidas y le daban de punta a los pobres monstruos. Luego bajaban con caras de distraídos entre los veteranos porteros. Un juego llamado El Látigo tenía un ruido infernal y movía a ritmo de vértigo a sus excitados ocupantes. Casi enfrente estaban los Autitos Chocadores que para moverse tenían una antenita o varilla en la parte trasera que hacía contacto eléctrico con un techo de parrilla de metal. La onda era agarrar de punto a las muchachas de los otros cochecitos y chocarlas para luego dar vuelta dando carcajadas. En el medio de aquel viejo Parque Rodó estaba la pizzería Rodelú que por esos años 60 tenía una sucursal en el barrio Malvín. Se saboreaba una novedad para ese tiempo llamada «pizza a la pala». Los pibes devoraban las porciones y las bajaban con las bebidas más populares, como la Bidú, la Bilz-Sinalco o las promocionadas Coral y La Salteña. Para muchos el sabor de esa pizza con una Bilz es el gusto de los tiempos irrepetibles de la adolescencia entre los viejos juegos del Parque. Al costado del Rodelú había un pequeño local donde se aglomeraban los curiosos para ver una novedad llamada La Mujer Araña. El abuelo contaba que se trataba de un truco de espejos muy similar a la llamada «Flor Azteca» que presentaban casi todos los circos de antaño. Se decía que los propietarios y protagonistas de ese espectáculo de La Mujer Araña eran unos polacos que habiendo llegado años atrás con un circo que dio quiebra estando en Montevideo decidieron quedarse a vivir acá. Había un veterano de barbita puntiaguda que parado en la puerta atraía al público y poseía la modalidad típica de los presentadores de los circos. A pocos metros de la inquietante «araña femenina» estaban los locales de tiro al blanco con escopetas a presión. Había que hacer puntería sobre una movediza hilera de descascarados patitos de metal muy deteriorados por tantos chumbazos. El dueño era un tano muy seriote que cobraba y controlaba que nadie apuntara para otro lado que no fuera a los pobres patitos. Otros juegos fueron El Pulpo, una lenta Rueda Gigante que según contaban había llegado junto a La Alfombra Mágica con un parque ambulante de diversiones y al final se quedaron acá. Un juego muy famoso fue El Ocho donde unos autos medio destartalados daban vueltas manejados por los pibes. Cada desplazamiento estaba acompañado por la voz de un señor que desde un parlante daba indicaciones y al final repetía la antipática frase: «Señores el juego terminó». Las lanchitas del verdoso lago, una orquesta en La Glorieta, y cerca de La Calesita vendían azúcar en copos y manzanas acarameladas. Al costado de la escalera por donde se bajaba al restaurante «Il Forte di Makale» había un puesto de exquisitos churros de crema y chocolate que en aquellas tardecitas del domingo se rodeaban de niños y familiares que ansiaban paladear esas delicias. Con más recuerdos y música los esperamos todos los domingos a las 18 horas en CX 40 Radio Fénix.
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