SANA MENTE

Porque yo te lo ordeno

Caso

Hace días que la familia discute sobre el casamiento de Patricia: «Que debió invitar a toda la familia», «acaso yo no valgo para que me inviten», «que si no me invitó, no va nadie». «Y… aunque me hubiera invitado tampoco iba, ¿quién se cree que es?

En ese punto Marta se puso de pie como un resorte: «yo voy a ir, es mi mejor amiga y de ninguna manera voy a fallarle». Se reinició la discusión hasta alcanzar un griterío en el que los reproches e incluso los insultos iban y venían sin piedad. Finalmente las palabras de Juan, tajantes, definitivas: «No vas y punto».

El contra ataque de Marta blandiendo los argumentos de la amistad y sus derechos, etc., parece un murmullo que es ahogado por un grito paralizante: «no vas, porque yo te lo ordeno».

Un llanto entrecortado por suspiros interrumpe un pesado silencio, que es todo lo que ha quedado. ¿Cómo explicarle a Patricia que no estará en su casamiento? Era impensable que ella invitara a Juan, su enemigo declarado. Los recuerdos se agolpan en la mente de Marta que no puede dejar de llorar. Ya hace años que parecía todo olvidado, se había acostumbrado a no nombrar a Patricia e incluso a hablar con ella a escondidas. Juan la culpaba de «meterle cosas en la cabeza en su contra». Como si Marta no pudiera pensar por sí misma. Pero claro, era una forma de alejarla de todas sus amigas, ninguna era lo suficientemente buena o digna de su amistad, por lo que sus gestos y destratos eran inaguantables, en las escasas ocasiones en que alguna de ellas osaba ir de visita. Patricia era de hierro, había aguantado de todo por la amistad de Alicia, hasta que decidió evitar encontrarse con Juan. Era una forma de apaciguar la situación y también evitarle un problema a Marta. Se habían acostumbrado a preservar todos estos años de amistad lejos de las miradas persecutorias de Juan. Eran casi hermanas y no iban a permitir que un tercero destruyera ese afecto.

Marta quería estar presente en un momento tan importante de la vida de su amiga y ninguna orden la iba a detener. El caos se avecinaba, Juan no estaba dispuesto a dejar que su mujer la desobedeciera, simplemente no lo iba a permitir, bajo ningún concepto.

 

Comentario

¿Quién manda en una pareja?, ¿quién debe obedecer?, ¿es la obediencia exigible en las relaciones de pareja? Amor, compañerismo, solidaridad, cuidado, respeto, confianza, y muchos otros ingredientes hacen a la vida de pareja en nuestro mundo occidental y contemporáneo. Sin embargo la obediencia no entra en ese menú.

La obediencia apela al acatamiento de ciertas normas o deseos de parte de un integrante de la pareja hacia otro. Uno es el que manda y otro es el que obedece. Sin entrar en análisis sociológicos, históricos o aún religiosos, en nuestro presente, no es sostenible la relación de sumisión de un miembro de la pareja hacia el otro. Más aún, si pensamos en que frecuentemente existen pretensiones de mando del integrante masculino de la pareja sobre la mujer, ésta sería una faceta más de la inequidad entre los géneros. Sin embargo en la vida cotidiana, expresiones como las del ejemplo, son más el resultado de alguna dificultad de relacionamiento, que la militancia consciente sobre temas de equidad o no.

La mayor parte de las veces la inseguridad personal, ya sea del hombre o la mujer, determinan la necesidad de «posesión» del ser amado, como única forma de tranquilizar una psiquis inestable, con muy poca autoestima y con grandes dificultades para establecer vínculos interpersonales auténticos, profundos, confiables y satisfactorios. Es entonces cuando surgen las intenciones de sojuzgar al «otro» que se tiene enfrente; lejos de amarlo se siente como la fuente amenazante de la destrucción interior. La imposibilidad de dominar al «objeto amado» lleva a la vivencia de desolación y sumerge en la desesperación que se expresa en la intención de dominar. Surge así la imperiosa necesidad de ser obedecido. Es sólo un intento de manipulación, no saludable, que sólo puede ser correspondido con mayor o menor resignación por quien tampoco está saludable psíquicamente. Es claro que una negativa en la situación del ejemplo, agregará «leña a una hoguera» que ya hace mucho que se inició. Por ello, no debe esperarse este desenlace para pretender «rebeldías» que reivindiquen equidad. Es a esta altura tarde y es necesario apoyo para evitar finales muy tristes.

Sería deseable que existieran instancias en la sociedad para que tempranamente se ayudara a las personas a incorporar destrezas para la vida, especialmente en lo que se refiere a las relaciones interpersonales. Fortalecer la autoestima de las personas es un camino que lleva a evitar mezclarse en relaciones «peligrosas». A advertir tempranamente los intentos de manipulación y a evitarlos desde respuestas asertivas que faciliten el tránsito por vínculos saludables. No advertir estas instancias coloca a las personas en una trampa de la que es difícil salir sin el apoyo profesional adecuado.

No sólo se viven los intentos de manipulación en las relaciones de pareja, también están presentes en otros órdenes de la vida familiar, laboral o social. Siempre tienen un largo camino de descalificaciones, de agresiones y hostigamiento que infringe alguien que suele sustentarse en prejuicios que esgrime como dogmas. Por otra parte, quien queda atrapado en este ejercicio no saludable, suele no reaccionar adecuadamente ante los primeros embates, su autoestima lastimada no le da el margen para evitar caer en la trampa. Luego suele ser tarde.

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