Un negocio insatisfactorio
Caso:
Alicia no sabe qué es lo que le pasa. La inquietud que habitualmente la acompaña, hoy casi la está desbordando. Ha conseguido el «regalo» que quería, pero no es suficiente. Nada parece conformarla. Es que últimamente la ropa con las mejores grifas, incluso las joyas no la tranquilizan. Hace unos años soñar con estos objetos era su solaz. En esos momentos no estaban a su alcance, ni aún hoy lo están, sin embargo ella sabe que puede conseguirlos. Si bien tiene un muy buen ingreso por su profesión, no es muy buena administradora, por lo cual está siempre pensando en la forma de llegar a fin de mes. Alicia hoy sueña con estar casada para que sus problemas económicos se resuelvan como en los cuentos. ¿Acaso es tan difícil encontrar un compañero que le dé todo aquello que se merece?
Estos pensamientos le rondan permanentemente en la cabeza y su insatisfacción crece. Desde hace unos meses está saliendo con un compañero de trabajo que ha intentado por todo los medios satisfacer sus pedidos. Y un regalo ayer, porque estuvo algo más cariñosa, y otro regalo hoy porque le preparó su cena preferida. Alicia piensa todo en función de cuánto deben compensar sus «esfuerzos». Parece que todos sus actos tienen un precio que debe ser aceptado por su compañero, que protesta cada vez más ante sus continuos pedidos. Poco a poco el entusiasmo que Juan demostraba cada vez que estaban juntos se ha tornado una negociación reñida y digna de una feria oriental: todo se regatea.
«Bueno, voy contigo a ver esa película, pero me tenés que comprar unos zapatos que vi el otro día. A mí no me gustan las películas de guerra, ya te lo he dicho, así que si querés que te acompañe…»
«¡No! Ya te dije, que esta noche no estoy de ánimo…, quiero dormir… Bueno, si mañana me regalás una cartera…»
Todo pasa a ser negociado y Alicia concede o satisface a Juan siempre que exista alguna compensación. En los últimos tiempos ningún trofeo ni siquiera el más caro le produce alegría. Su ansiedad va en aumento y no existe para ella ningún espacio de verdadera paz o satisfacción.
Comentario:
Las relaciones humanas planteadas como transacciones comerciales suelen llevar tarde o temprano a la insatisfacción. Cada acto de la vida pasa a ser desinvestido de placer y sólo tiene como saldo una compensación material, que ha debido negociarse como la fruta en una feria. De este modo ver una película, disfrutar de un paisaje o hacer el amor, son simplemente actos que significan de un lado una renuncia y del otro una compra. Mientras una persona resigna sus gustos y satisfacción personales a cambio de una compensación pecuniaria, del otro lado en espejo se inicia un camino de compra compulsiva y exigente de servicios. Ninguno de los participantes de esta transacción quedará satisfecho. En el mundo de las relaciones interpersonales, especialmente en las relaciones de pareja, esta modalidad de relacionamiento es el pasaporte seguro para la infelicidad. El «que compra» y el que «concede» a cambio de un precio, permutan la satisfacción de la situación en sí misma por un «precio» que es posible regatear. De esta forma la satisfacción pasa a ser el monto obtenido en la negociación y en contrapartida, el servicio obtenido al menor precio posible. Los primeros pasos en este camino suelen dar la misma satisfacción que otorga conseguir una «pichincha» en una liquidación. Sin embargo la repetición de esta forma de relacionamiento implica, cada vez, obtener un precio más alto que «compense» una renuncia mayor y por el otro una puja por obtener una «mejor oferta» en la mesa de saldos de la vida.
Modelos similares al ejemplo de hoy son el ingrediente infaltable de muchas telenovelas y lamentablemente también en la vida real son una forma de encarar la vida de algunas personas. Sin entrar a juzgar las acciones de quienes tienen la capacidad y se supone que también la responsabilidad para decidir sobre su vida y sus actos, es preocupante la frecuencia de esta forma de relacionamiento en algunos adolescentes. Suelen contar triunfalmente sus proezas sexuales a cambio de obtener ciertos beneficios; desde la simple entrada a un boliche o el juguete electrónico de moda. Estos aparentes «logros» son la fuente segura de insatisfacción futura, descreimiento en la vida y en las posibilidades de obtener felicidad. Todo se enturbia y se desvaloriza en una simple transacción comercial en la que finalmente el pez grande se come al chico, generando un caos interior del que luego es difícil salir.
Sería deseable reconsiderar hasta qué punto este modelo de relacionamiento ha hecho olvidar el camino de los vínculos sinceros, espontáneos y auténticos. Cada instante de la vida brinda la posibilidad de un verdadero intercambio afectivo, en todas sus gamas, que promueve vínculos nutritivos. El placer y la satisfacción son inherentes a esta modalidad de relacionamiento, en la que el respeto por los espacios personales es contemplado por todos y en beneficio de todos aquellos que participan de esa relación. De esta forma cada quien puede establecer relaciones nutritivas que estimularán su autoestima y reforzarán su capacidad para lograr felicidad. El mundo de los afectos tiene un idioma diferente al mundo de las transacciones comerciales. Confundir estos espacios convierte las relaciones humanas en simples transacciones insatisfactorias.
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