SANA MENTE

Empieza el año escolar

Caso:

La casa está revuelta, es todo un alboroto: los gritos de Marta se confunden con los berrinches de Felipe y también el portazo de Juan, que se va malhumorado al trabajo.

«Tenés que ordenar tus juguetes y apurarte, que no tengo más tiempo para esperarte. Tenemos que ir a comprar el uniforme y los útiles. ¡Dale!»

«¡Ya voy! ¡Ufa!»

Los gritos van y vienen y finalmente Marta pierde la paciencia y sacude a Felipe. Todo es un caos al que se suman los gritos y el llanto de Felipe que dice:

«¡Yo no voy nada! No quiero ir a la escuela, buh…»

«¡Claro, como si a mí no me costara nada! Me tengo que sentar contigo a hacer los deberes, despertarme antes que todos para pasar ratos y ratos tratando de despertarte. No sólo sos tú al que le cuesta empezar la escuela. ¡Vamos de una vez! ¡Se me terminó la paciencia!»

 

Comentario:

Las vacaciones son un período caracterizado por la ruptura de los horarios de obligaciones para toda la familia. Los niños suelen jugar sin restricciones y no importa la hora a la que se levantan o almuerzan. La vida se hace a demanda. Este aparente caos placentero se ha convertido en una nueva «rutina» que al iniciar el año escolar nuevamente debe cambiarse. Hay que volver a los horarios y obligaciones, a lo preestablecido y menos sorpresivo. Es un nuevo orden que resultará pesado o llevadero, según como se tome.

Todo en la vida tiene la posibilidad de ser enfrentado con mayor o menor entusiasmo, con pesar o con esperanza. De la forma como los adultos encaren los cambios, será el resultado y las pautas que los hijos tendrán para su vida. Sus comentarios, denotando el «pesar» que significa volver al trabajo, imprimen en los niños la convicción de que ellos también vuelven a una especie de «tortura». El resultado es que todo el mundo familiar se resiste y lo que se fantasea «difícil» sin duda termina siendo más difícil que lo que se fantaseó.

Cada circunstancia tiene aspectos positivos o negativos que no son siempre definidos por la circunstancia en sí misma, sino por el punto de vista de cada una de las personas que juzgan la situación. Aquello que es desagradable o penoso para unos, es por el contrario atractivo para otros. Es entonces posible otro escenario para toda etapa de cambio y es deseable que los niños aprendan esta posibilidad de alternativas frente a las circunstancias. Están empezando a vivir y este recurso debe ser uno de los primeros con los que deben contar. Si no es así, es fácil imaginar que la vida, que está caracterizada por muchos cambios e incertidumbre, será para ellos una permanente fuente de sinsabores.

Iniciar una nueva actividad o un nuevo ciclo, debe ser una posibilidad para descubrir oportunidades. Es necesario estimular en los niños su natural curiosidad, para descubrir detrás del cambio nuevas posibilidades. El solo hecho de estar pendiente de ese descubrimiento torna la situación tensa en un «juego», que tiene un componente más distendido y proclive a la satisfacción. Es una forma de encarar la vida que será a futuro una herramienta que aliviará las posibles dificultades del camino.

Este encare en los adultos aliviará la fantasía que han asignado a sus respectivas «obligaciones» y les permitirá explorar circunstancias más favorables. La elección del uniforme o los útiles escolares deberá contar con el entusiasmo y el compromiso de los propios interesados, que frecuentemente se desdibujan. Se los relega a una participación secundaria en la que los padres ­en general la mamá­ asumen el protagonismo. Es deseable que los niños protagonicen esta etapa con entusiasmo. Van a tener una túnica nueva, unos cuadernos nuevos. Deben poder elegir dentro de los rangos de las posibilidades económicas de los padres. Es también deseable que ellos las conozcan y ayuden en la elección de acuerdo a esos parámetros. Aun pequeños, pueden entender los límites en lo económico, si se les participa de tales aspectos.

Es importante transcurrir cada etapa de cambio en un sentido lúdico, agradable y placentero. De esta forma cada una de las tareas del año debe verse como un pequeño desafío a enfrentar y superar por parte de los niños, ¡no de las mamás! Sentarse a hacer los deberes con ellos traslada el centro de responsabilidad, de los niños al adulto de turno, que es el que decide cuándo y cómo hacer tales deberes. Es así que existen madres que han estudiado tantas profesiones como hijos tienen. De esta forma, estudiar es una actividad que compromete a esa madre y no al interesado, que siempre deberá tener un «tutor» sentado al lado. Se le ha quitado la posibilidad de disfrutar de sus propios logros. Cada uno de los aciertos es de autoría de esa madre que siente satisfacción por su deber cumplido. Cada fracaso del hijo, es también su fracaso. De esta forma ese niño es sólo un vehículo de fracasos o triunfos de la madre. Se ha modificado el objetivo de la educación, que no es un ejercicio para los adultos a cargo, lo es para el educando, que debe ser el autor de su vida y circunstancias. Sus éxitos deberán proveerle la satisfacción por esos «logros personales» y sus posibles errores serán la oportunidad para poder aprender a enfrentarse a sus frustraciones y superarse en rendimiento. Los años de escolaridad, además del aprendizaje de contenidos académicos, deben ser especialmente años de aprendizaje para la vida. Los padres deben acompañar a los hijos en ese recorrido, en un rol secundario. Ellos son protagonistas en su rol de padres, no de educandos. ¡A no confundir los roles de este reparto de la vida! .

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