DISCAPACITADOS HOY

MUCHAS VECES LA VIDA DE UNA PERSONA TIENE EL VALOR DE UN SIMBOLO

Quien fue atleta desde 2005 hasta hace dos años, ahora se abre paso en judo, jiujitsu y box. En atletismo competía con compañeros ciegos y con baja visión. En los deportes de pelea se enfrenta a contrincantes que ven. Una vez en el ring, se vale del calor del otro y de sus sonidos guturales y deliberados que emite al moverse. Escucha, siente y, al mismo tiempo, ataca o defiende.

Juan Bernardo Alvarez Plascencia estudia el sexto semestre de Ciencias de la Comunicación. Lo que lo vuelve extraordinario es su tenacidad para enfrentar dificultades.

Este joven de 22 años no nació ciego. Perdió su vista a los cinco años por un juego de niños no supervisado con un arma de fuego. «El cambio fue muy fuerte porque yo estaba acostumbrado a ver, a jugar, a correr, a ser como cualquier niño. Antes de perder la vista estaba cursando el segundo año del preescolar. Jugar, dibujar, rayar el cuaderno; siempre estaba haciendo ese tipo de cosas. A los profesores le gustaban mis dibujos».

Un cambio de vida implica más que un cambio de hábitos. A Bernardo lo afectó «más que nada» el comportamiento social. Ya no tenía amigos.

«Todos mis amiguitos me excluían o me decían que ya no podía jugar con ellos. Como no veía, pasé a ser la pelota del barrio. Todo el mundo me empezaba a golpear o a aventarme piedritas o provocar que me cayera».

Y cuando llegó a la edad difícil de la pubertad, tuvo que lidiar con la segregación.

«La secundaria fue la otra parte de la sociedad que me siguió discriminando y apartando».

Bernardo vivió situaciones fuertes que lo ayudaron a cambiar de perspectiva. Pero, apunta, la solución a los problemas se encuentra en la forma de pensar y actuar de las personas.

«En mi caso fue: si no puedes contra el enemigo únete a él. Como todos los niños se burlaban y me golpeaban, lo que hice fue entrar a ese juego de la burla.

Bernardo ideó un juego: «El ciego». Utilizaban un calcetín, una venda o cualquier pedazo de tela para amarrarlo en los ojos de algún amigo. Así, «al rato, ‘Pepito’ se volvía el ciego. Y ahí anda ‘Pepito’ persiguiendo a todos, y luego ‘Dany’. Entonces ellos comprendían lo que se sentía por no ver».

Aprendió a colgarse de las camionetas, subirse a un árbol, ir de un lado a otro, tirar piedras, brincar.

Así, poco a poco se dio cuenta que los sonidos del mundo están a su disposición. «Me puse a jugar fútbol con los amigos y aprendí a escuchar la pelota por el piso». Empezó a perder el miedo. Aprendió a controlar una bicicleta a los nueve años. Después de la bici, ese mismo año, aprendió a andar en zancos.

«La familia no está preparada para recibir a una persona con discapacidad. Nunca lo planearon, entonces no tienen esa educación, ese conocimiento, y menos una familia de pueblo».

Tampoco está preparada la sociedad.

«Si nos ponemos a reflexionar la etimología de las palabras, minusválido es una persona que vale menos, o inválido es persona que no vale», lamenta. ¿Con qué cara le dices a alguien minusválido?

Bernardo conoce a personas con discapacidad que hacen su vida perfectamente igual, como cualquier individuo, teniendo un reto más, el reto de la discapacidad.

«Somos personas con discapacidad. No soy persona con capacidades diferentes ni persona con capacidades especiales. Soy persona con las mismas capacidades que otra, pero con una discapacidad.

Soy un discapacitado visual y he utilizado otros recursos para tratar de sustituir esa parte que me falta», agrega enérgicamente.

En el colegio aprendió a tocar piano y un poco de guitarra; ésta no le gustaba. En secundaria se instruyó más en el instrumento de cuerdas porque su teclado se quemó.

Ahora, sus entretenimientos se basan principalmente en la música, en escribir, leer mucho mediante su programa de computadora y además le encanta el cine.

Bernardo hace su vida igual, como cualquiera, pero enfrentando la discapacidad. A pesar de este obstáculo, predica con el ejemplo. Se vuelve solidario mientras pueda hacer algo al respecto. Y al parecer, siempre puede.

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