Parques montevideanos. En marzo crearán comisiones administradoras en las que participarán los vecinos

Haciendo pública la tierra de nadie

Los grandes parques montevideanos son, como nos enseñaron en la escuela, los pulmones verdes de la ciudad, además de áreas de esparcimiento que hacen de Montevideo una metrópoli mucho más habitable que otras. Sin embargo, también pueden ser un dolor de cabeza, tanto para los vecinos como para la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM).

Algunos se convirtieron en lugares prácticamente intransitables por las noches, o, en la práctica, en virtuales zonas rojas o refugios para personas sin techo, algo que ­más allá de vincularse a problemas sociales­ alejó a los visitantes.

Hace dos años la IMM creó el sistema de cuidaparques. Desde entonces, siete cooperativas sociales se encargan de realizar lo que la comuna denomina una «vigilancia de acercamiento». «Nos proponemos persuadir e informar a los ciudadanos para que las buenas costumbres se desarrollen en forma armónica con los bienes y el entorno», dijo el director de Espacios Públicos, Daniel Espósito.

Al comienzo los cuidaparques se instalaron en algunos de los espacios públicos más importantes de la ciudad, pero poco a poco la experiencia se extendió y hoy están, además, en lugares como el Jardín Japonés, el Parque Tomkinson o el Museo de la Memoria.

Los cuidaparques y el jerarca de la comuna coinciden en que muchas cosas han cambiado en este tiempo, pero lo cierto es que también queda mucho por hacer. De cualquier modo coinciden, como muchos de los vecinos que dialogaron con LA REPUBLICA, en que el saldo es positivo.

 

A favor

«Esto era tierra de nadie. Había casas viejas donde se metía cualquiera y no podías ni pasar». «La gente ahora puede cruzar el parque para ir a trabajar. Antes no podía».

Los testimonios de Lilián, vecina de Cordón Norte, donde se instaló el Parque Líber Seregni en noviembre, y de Laura, una cuidaparques que trabaja en la zona del Obelisco, traducen la satisfacción por una mayor seguridad.

Espósito dijo que la cifra que invierte la IMM en el servicio de cuidaparques es «importante», aunque no aportó cifras exactas. Aun así, pidió que los montevideanos se quedaran tranquilos, ya que el monto consiste en «un ahorro y no un gasto». En el último período la comuna invirtió U$S 4 en la restauración de monumentos ­en la mayoría de los casos destruidos a causa del vandalismo­, la construcción de caminería y la colocación de luminarias. «Este servicio garantiza que lo que la IMM invirtió en el último período se mantenga y también que haya niveles de convivencia adecuados. La gente no venía por miedo, pero poco a poco se va integrando», aseveró Espósito.

Según el jerarca, el vandalismo ha disminuido notoriamente desde que los cuidaparques llegaron a la ciudad. Por ejemplo, se desalojó a personas sin techo que estaban viviendo en la sala de máquinas del Obelisco. Hubo que reconstruirla por completo, lo que demandó un gasto importante. A pesar de todo, aseguran que lo peor ya pasó.

 

La cotidiana

La función primordial de estas cooperativas es velar por la infraestructura de los parques, y no reprimir. «Para eso está el Ministerio del Interior», dijo Espósito. Por ello fue que optaron por el sistema de cooperativas y no por contratar empresas de seguridad, algo que, reconoció el director municipal, habría sido más barato. Pero eso no significa que los cuidaparques no intervengan en hechos que atañen a la seguridad pública, más allá de los monumentos.

Laura, en el Parque Batlle, afirma que la relación con los visitantes, y sobre todo con los vecinos, se fue asentando de a poco. «Cuando llegamos les explicamos que esto no era represión. Hubo un poco de resistencia, pero hoy son ellos los que nos buscan si ven algo fuera de lugar», explicó.

Estos hechos «fuera de lugar» suelen ser la presencia de «personas con actitud sospechosa» o que se están instalando, prontas a acampar, algo sumamente frecuente poco tiempo atrás. También se advierte a quienes pasean sus perros sueltos, fuera del corral que se construyó para ello detrás del boliche Azabache, o (como en el Prado) a los equipos de fútbol que entrenan en áreas donde no está permitido.

También eran frecuentes, cuenta Laura, las intervenciones ante casos de prostitución infantil o adolescente. «En esos casos llamamos de inmediato al INAU», relata, aunque asegura que eso ya no se ve. «Hoy por hoy hay un circuito de ‘taxi boys’, pero son adultos y ya nos conocemos. Hay gente que está acá desde hace 30 años. Nos respetamos, porque ellos te están cuidando a vos».

Los cuidaparques también se ven obligados a intervenir en situaciones más peculiares. Tanto Laura como Stella y Amelia, en el Parque Líber Seregni, cuentan que más de una vez debieron advertirle a alguna pareja que mantenía relaciones sexuales en pleno mediodía. «Pasa todos los días.

Es bravo para intervenir, más sabiendo que no hay lugares gratuitos adecuados para tener intimidad, pero si no lo hacés, quedás peor con el vecino», dice Laura.

Amelia, mientras tanto, recuerda sólo un hurto. En ese caso, recurrieron al servicio 222 que trabaja en el lugar. No oculta que «se ven las mismas cosas que se ven en todos lados», como personas consumiendo alcohol o drogas. En una tarde en que LA REPUBLICA visitó el sitio, un cuidaparques había llamado al policía ante los desmanes que había provocado un grupo de muchachos. De todos modos, Amelia asegura que «lo más difícil es la fuente», un «llamador» para mucha gente que la utiliza como piscina o bañera. Sin embargo, dice que allí «no hay circuito de prostitución y no hay gente acampando».

«La relación con la gente es casi familiar. Acá vienen escuelas de tiempo completo, jardines y grupos que trabajan con personas discapacitadas.

Hoy una señora de 80 años nos paró para pedirnos que hubiera clases de crochet. De tarde es un enjambre de niños y algunos ya nos conocen», contó Amelia, mientras le recordaba a Stella que los alumnos de la escuela le habían mandado saludos.

Algunos vecinos, sin embargo, reclaman «más rigor» en las amonestaciones de los cuidaparques (ver recuadro) y van más lejos aún: Amelia contó que uno de ellos ha elevado notas pidiendo que no puedan ingresar al parque ni perros, ni niños.

Espósito admitió que todavía faltan presencia institucional y fondos para extender el sistema. «Esto no estaba en el plan quinquenal y se hizo con ahorros de la división. En el próximo quinquenio va a haber que institucionalizar esta función que ya aprobó la Junta Departamental», concluyó.

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