"HISTORIAS DEL CAFE ANTEQUERA"
Se destacaba el rostro de Jean Gabin con su duro semblante y detrás, las calles y faroles de un nocturno y eterno París. En esa parte del boliche en horas de la madrugada se jugaba a La Generala. Suena el seco golpe del vaso de cuero con sus dados contra la mesa y los timberos devoraban cigarros y chupaban ginebra. En esa rinconada del norte de la Plaza Independencia, además de la terminal de muchas líneas de ómnibus, estaba el Café Antequera. De día era un boliche común con aroma a cafecitos y la vitrina de la entrada llena de tortuguitas de jamón y queso y un plato con huevos duros. En la noche renacía diferente y era un punto de encuentro de bohemios, náufragos de la madrugada y mujeres y hombres amigos de juegos de azar con dados, dominó y gastados naipes. Los choferes y los guardas mezclados con esa galería de personajes hacían codo en el mostrador que se prolongaba en un pasillo que terminaba en la entrada del gran salón donde reinaba «el escolaso». Además del olor a cigarros en el fondo, se mezclaba un fuerte aroma a detergente mentolado que ponían en los concurridos baños. Lo cierto es que muchos de aquellos parroquianos llegaban con la gran ilusión de hacer unos manguitos, aunque luego el amanecer los encontrara cruzando la plaza más pelados que un huevo, pero con ganas de revancha la noche siguiente. Quien fundó ese tradicional boliche del viejo Montevideo fue todo un personaje de aquellos días en que los bares de la Plaza Independencia trataban de captar a las barras de muchachos que atravesaban la zona dirigiéndose hacia El Bajo de la Ciudad Vieja. Era un tano sieteoficios, inmigrante de pura cepa italiana, que trabajó de lustrabotas en la plaza, luego de mozo, y según su propio relato, cuando juntó unos pesos y las cartas lo ayudaron pudo tener una parte del antiguo Café Británico también de la plaza. Por mediados de la década del 50, el Británico fue demolido y decidió inaugurar un nuevo bar al costado norte de la plaza y llamado Antequera en honor a la ciudad de Málaga donde nació un amigo que mucho lo ayudó cuando era muy joven. Este tano, ahora propietario, era conocido como Feliche y convocaba desde su bastión nocturno a conocidas figuras montevideanas que recalaban en sus mesas. Gente de tango como Miguel Manzi, poetas como el Tito Cabano, quien sólo tomaba capuchinos de café con leche, y periodistas que venían de «La Mañana» y «El Diario». Inolvidable por sus cientos de anécdotas, el cronista policial Crocce. Por su cercanía a los centros nocturnos que abundaban en las calles laterales de la plaza, El Antequera supo tener la habitual visita de mujeres que trabajaban o actuaban en los cabarets. La más espectacular de esas amigas de Feliche era una joven morena que vivía en el Medio Mundo y salía en Carnaval, conocida como Rosa Luna. Ella actuaba en un cabaret al costado del Victoria Plaza y casi al amanecer llegaba a departir con los bohemios y músicos de tango y candombe que le tenían mucho aprecio. Por tener una actitud valiente, fue que una fatídica noche Rosa Luna, en defensa de una compañera que era agredida entre las mesas del Antequera, protagonizó un famoso hecho de sangre en el que perdió la vida un hombre. El afiche de La Gran Ilusión fue testigo de la bohemia, la timba, las barras de amigos y también de una sangrienta tragedia. En tiempos de la dictadura no era extraño ver bajar de un coche Maverick a un par de tiras que, con el pretexto de tomar un café, miraban a todos los parroquianos. Aunque la gente los conocía, nadie se inmutaba y desde el fondo seguía sonando el seco y fuerte golpe del vaso con los dados de La Generala. El Antequera luego se fue diluyendo en varios dueños y, al retirarse la terminal de ómnibus de la plaza, fue su golpe de gracia y tuvo que cerrar sus puertas. Con más recuerdos y música los esperamos todos los domingos, a las 18.00 horas en CX40 Radio Fénix.
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