SANA MENTE

La prueba de las vacaciones

Caso:

Alicia está contenta, por fin le tocó salir de licencia en enero. Hace años que este privilegio le era negado y ya casi se había resignado a tomar la licencia cuando al jefe se le ocurriera. Bueno, en realidad no era estrictamente así, todo dependía del trabajo en la planta, pero en definitiva la elección del mes de licencia era algo que no estaba en discusión. Por eso este año una licencia en enero era casi como la lotería y como de milagro además Juan también consiguió diez días libres. Eran las vacaciones soñadas: en enero y juntos. Al fin unos días en la playa. Los niños están radiantes y desde hace quince días no hay otro tema de comentario: la casita que se alquiló cerca de la playa, los amigos que se invitarán y el equipaje con los «chiches» de Tornado, el pequeño salchicha que dejó Papá Noel en esta Navidad. En fin, parece que se prepara una mudanza y que esa licencia durará toda una vida.

Ha llegado la hora y el auto parece que va aplastado contra la carretera. Adentro todo el mundo habla al mismo tiempo y hasta los ladridos del cachorrito se suman a la algarabía.

A medida que transcurren las ansiadas vacaciones, el clima festivo ha pasado a ser un infierno de gritos, llantos, berrinches y ladridos. Alicia y Juan se enredan en un largo rosario de reproches:

­Claro, es tu culpa, solo consientes a los niños y luego no hacen caso.

­Pero, ¡estamos de vacaciones, no les vamos a poner límites, justo ahora…pobrecitos, tienen que disfrutar!

­Seguro, como siempre los defiendes y no es posible pasar unos minutos en paz. Me mato trabajando de sol a sol, y ni siquiera soy dueño de unos días de tranquilidad.

­Sólo te importa lo que te pasa a ti. Y yo que lo único que hago es correr del trabajo a casa y no paro nunca. Pero eso no se reconoce y lo único que haces es gritar. Nunca una palabra de cariño, un mimo, sólo gritos y caras largas. No puedo más…

Comentario:

Las vacaciones en familia son una prueba para el relacionamiento de sus integrantes. Es el momento en el que se descubren todas aquellas dificultades que durante el transcurso del año quedan disimuladas bajo el apuro y las corridas de las «obligaciones y horarios». Es como la basura que a la hora de barrer se oculta bajo la alfombra. Las vacaciones permiten mirar lo que hay bajo ese manto de «silencio» y entonces suceden situaciones como las del ejemplo.

El tiempo libre tiene como objetivo disfrutar y descansar sin obligaciones ni horarios rígidos a cumplir. En contrapartida, el alejarse del hogar y sus comodidades «obliga» a compartir las 24 horas del día con todos los integrantes de la familia, compatibilizando gustos, paseos, comidas, etc. No hay época del año, edad o rol, en que se pueda prescindir de marcar límites, como frontera de resguardo de la vida psíquica y encuadre de respeto para cada uno de los involucrados en una relación de convivencia.

Las vacaciones son una oportunidad única para marcar límites. Cada uno de los integrantes de la familia «coloniza» en conjunto un nuevo territorio, en este caso la casita en la playa. Cada miembro de la familia conquista «un pedacito» de ese territorio nuevo. Elige su cama, acomoda su ropa, etc. Y hasta Tornado busca marcar su espacio propio. Cada uno de estos territorios está sometido a reglas distintas a las del hogar. En las vacaciones la regla es no tener aquellas del resto del año, pero sin duda hay otras, que siempre deben ser respetuosas de las personas. Las nuevas reglas deben involucrar a toda la familia en la construcción del objetivo común: el disfrute del tiempo libre. Un paseo por la playa, por ejemplo, implica la colaboración para preparar lo necesario, armonizar horarios, llevar determinado equipo, etc, asumiendo todos los interesados en participar en esa actividad, la responsabilidad por el cumplimiento de lo pactado previamente. El logro del objetivo y por lo tanto el respeto de las reglas es así considerado no una imposición sino una satisfacción por el logro de lo deseado.

Poner límites es un proceso constructivo y no una imposición para nadie. Todos los participantes de este proceso contribuyen a armar un marco de respeto que aumenta su autoestima. De esta forma el respeto por las normas y la autoestima de las personas es un ejercicio nutritivo para todos. Los niños, pondrán sus reglas en su propio territorio ­por ejemplo, sus juguetes o su mascota­ y asumirán la responsabilidad para evitar respetuosamente que sus posesiones sean dañadas. Los padres pondrán las reglas en su territorio y evitarán verse superados por la lucha con hijos que irresponsablemente rompen, demandan, exigen sin responsabilizarse por sus actos.

En ausencia de reglas de respeto los niños manipulan para «obligar» a los padres a realizar sus caprichos y los padres manipulan a sus hijos para «obtener» obediencia. Todos sufren estrés, están insatisfechos y especialmente se pierden la posibilidad de disfrutar. Se inicia un juego de manipulación en el que unos culpan a otros de la insatisfacción propia, asumiendo roles de sobreprotección, víctima o victimario. Las vacaciones se tornan así un ring de boxeo psíquico en el que todos terminan lesionados en su autoestima. La capacidad de disfrute se aleja y el descanso soñado da paso a la insatisfacción, con la que se vuelve a la rutina del año con más estrés y con menos autoestima.

Esta columna y las anteriores están disponibles en www.prosalud.com.uy. Dra. Almendras. Informes y Seminarios 4099983

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