"MI HIJO NO ES UNA PLANTA"
Elisa Rodríguez es la madre de Mateo, un niño con un trastorno del espectro autista «leve», según ella describe. Matías asiste a una escuela común y al taller de informática que se dicta en el centro 231. El proceso para descubrir que era un niño diferente al resto comenzó porque, a los tres años, «no hablaba con ductilidad, tenía un sueño irregular y se enojaba fácilmente», cuenta Elisa. La profesora Laura Viola lo atendió en la Clínica de Psiquiatría Infantil del Pereira Rossell y confirmó que Matías es un niño «autista de alto funcionamiento».
Acaba de terminar primero de escuela, aunque lo ampara la «tolerancia» curricular por la que los maestros adaptan ciertas tareas para sus capacidades. Según Elisa, es un niño «súpercariñoso que habla con mucha más coherencia que antes». «Busco que se quite el drama. Estos niños no son una plantita que se sientan hamacándose y babeándose», dice enérgica Elisa, que pide «una vida normal» para su hijo. En su opinión, una carencia de la educación actual es la falta de acompañantes pedagógicos en las escuelas comunes, cuando los niños con alguna dificultad se integran. Es probable que Matías necesite uno para cursar segundo año, pero «es una figura que no está instalada ni en el Estado, ni el BPS», explica, mientras concluye: «No voy a tener más remedio que contratar uno en 2010, porque quiero que aprenda, no que vaya a una guardería».
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