Atrapada en una máscara
Caso:
Celia acaba de ser trasladada a la emergencia de su mutualista. Pasó toda la noche pensando en la forma de poner fin a su tragedia. Su vida hace mucho que se convirtió en un infierno y esa noche sólo decidió no vivir más.
Desde muy pequeña la vida fue dura con ella. Su madre siempre le recordó su origen no deseado y la culpó infinitamente por eso. Celia, cuando lo comprendió, se sintió culpable por la desgracia que le había ocasionado. De todas formas allí estaba y su sufrimiento sólo empezaba. Tuvo que trabajar desde muy pequeña y en ocasiones soportar el manoseo de los clientes de su madre. Claro, ese sólo era un detalle, que no importaba a nadie, así que quedó en el archivo de su memoria como un episodio más, sin importancia…
Fue madre a los 15 años y sus penurias conformaron un largo rosario que no quería ni recordar. Así que decidió sobreponerse a sus miserias y convertir cada una de sus lágrimas en sonrisas. Desde entonces nunca más lloró y su rostro mostró en los momentos más difíciles una sonrisa que pasó a tener la rigidez de una máscara.
Los pocos integrantes de la familia con los que se relacionaba así como sus amigos conocían a una Celia, siempre sonriente, amable, dispuesta a ayudar y, especialmente imperturbable frente a las dificultades de la vida. Todo el mundo encontraba un hombro para llorar y el problema parecía quedar a cargo de ella, así que nadie en la oficina perdía la oportunidad de contarle sus penurias. Celia es ¡tan fuerte!… Nadie podía sospechar el volcán en erupción que se escondía tras esa sonrisa.
Comentario:
La vida suele ser más o menos benevolente con cada uno de nosotros. Pero, inevitablemente de una u otra forma, cada persona tiene un mundo lleno de pequeñas o grandes tragedias, frustraciones, disgustos, que deberá procesar. Es casi como digerir la comida de todos los días, siempre se aprovecha algo de ella y siempre queda un residuo que el cuerpo elimina.
Nuestra psiquis hace lo propio con cada uno de los hechos de la vida. Aquellas situaciones felices, las frustraciones y aún los desgracias, son oportunidades de nutrir en mayor o menor medida la autoestima y al mismo tiempo dejar algún residuo que debe ser expresado a modo de deshacerse de él. Obviamente, los hechos dolorosos dejan más residuos que reconocimiento o nutrición para nuestro yo. A la inversa las situaciones agradables o felices son más nutritivas y dejan menos «residuos tóxicos». De todas formas, depende de nuestra propia subjetividad interpretar cada situación de la vida como más o menos favorable, como más o menos nutritiva. Así que es posible «digerir» de forma personal cada circunstancia. Por ello quien es optimista encontrará más elementos nutritivos para su yo aún en momentos difíciles. En oposición, quien es pesimista encontrará más residuos a desechar aún en momentos neutros o favorables para sí. Lo que debe quedar claro es que cada situación de la vida independientemente de lo nutritivo o no con que haya sido «digerida» tiene algún «desecho a eliminar». Valga esta analogía para entender que las emociones y los afectos son de alguna manera esta expresión. Es decir que no es posible vivir con una máscara, aunque sea la de la más espléndida sonrisa. Frente al dolor no es posible sonreír al igual que frente a un reconocimiento. El ser humano tiene una amplia gama de emociones y sentimientos para expresarse. Asumir la vida con la rigidez de una sola emoción o una sola expresión bloquea la saludable capacidad de la psiquis a expresarse y mostrar el resultado de «digerir» cada una de las experiencias vitales.
Celia se cansó de llorar y decidió sólo sonreír. De esta forma, sin saberlo, pareció mostrarse fuerte e invencible. Por ello además se hizo depositaria de los problemas de quienes la rodeaban. Su sonrisa tapaba el dolor o cualquier otra emoción subyacente. Sólo una sonrisa era el aparente final del proceso. Celia no puso eliminar adecuadamente los «desechos» que se producen al vivir. No pudo auténticamente modificar la forma de encarar su vida. Sólo bloqueó el proceso final. En vez de llorar decidió sonreír. Pero esta sonrisa no era auténtica. Era una rígida máscara que encubría su dolor e impotencia. Debajo de esa sonrisa se acumularon años de dolor, tristeza y también alegrías. Sólo que bajo la rigidez de la máscara, perdieron su autenticidad. Sólo quedaron congeladas en un gesto sin contenido, que estalló mostrando finalmente dolor, angustia y desesperación.
No es necesario pintarse una sonrisa si no se la siente auténticamente. Se convertirá en otro esfuerzo más. Es más redituable empezar a mirar la vida con el sentido más optimista de valorar todo aquello que se ha podido superar a pesar de circunstancias desfavorables o penosas. Valorar esa fortaleza, proveerá un saldo positivo que se podrá traducir en una sonrisa auténtica. Para ello es necesario nutrir la autoestima todos los días, aún en pequeñas dosis. Sobreponerse al dolor tiene el valor de la superación y esto es nutritivo para el yo. El residuo de nutrir la autoestima es una sonrisa auténtica. Las sonrisas son entonces, el residuo saludable que se produce en el cotidiano desafío de vivir la vida con una mirada optimista.
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